Las personas desean escuchar a maestros de vida

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el IV Domingo del Tiempo Ordinario

Mons. Cristobal Ascencio García
Mons. Cristobal Ascencio García

El Evangelista Marcos nos recuerda hoy que Jesús puso su residencia en Cafarnaúm, desde donde partirá su enseñanza. Cafarnaúm contaba con una sinagoga, que era el lugar de oración y de instrucción religiosa, para quienes no podían acudir al templo de Jerusalén por su distancia. Las sinagogas contaban con un pequeño armario donde guardaban los rollos de las Escrituras; contaban con una cátedra, desde donde se proclamaba la Palabra. El jefe de la sinagoga era escogido entre los respetables del pueblo, su misión era conservar los objetos de culto y mantener el orden durante la asamblea. Las reuniones se desarrollaban los sábados y días festivos.

Un sábado, como todo judío practicante, Jesús acude a la sinagoga como tantas veces lo haría, sólo que ahora le permiten leer y dar una explicación de lo leído. Su enseñanza es distinta y los presentes se sorprenden, quedan admirados y son capaces de expresar: “Habla como quien tiene autoridad y no como los escribas. Los escribas eran personas que estudiaban la Torá y se apoyaban en explicaciones que otros habían dado. Jesús es distinto en su enseñanza, su autoridad brota desde el corazón, esa Palabra la ha meditado y reflexionado, la está haciendo vida, no sólo son palabras.

Jesús no enseña como los letrados, Jesús no es un vendedor de ideas, de ideologías, ni un repetidor de lecciones aprendidas de memoria, es un maestro de vida, es un profeta que enseña a vivir. La Palabra de Dios que predica Jesús, va acompañada de signos y desea mostrar que Dios quiere el bien de todos. Aquella Palabra molesta al endemoniado que está presente en la sinagoga; al parecer, escuchaba las explicaciones de los escribas sin inmutarse, no le eran molestas, pero ahora, se siente ofendido por las palabras de Jesús. Se revela a sí mismo y revela. ‘Se revela’ ya que no quiere dejar aquella comodidad de habitar en una persona; entiende que ha llegado el tiempo de su ruina y dice: ¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿has venido a acabar con nosotros?”, y ‘además revela’ la identidad de Jesús: “Ya sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús tiene autoridad, no sólo para enseñar, sino también para liberar, para expulsar demonios: “¡Cállate y sal de Él!”, le ordenó.

Hermanos, así como el pueblo judío se reunía en la sinagoga para escuchar la Torá, así nos seguimos reuniendo para escuchar la Palabra de Dios en los templos y las capillas los domingos. Lo triste será que tengamos la actitud de

aquel endemoniado, acude, está con los demás, escucha, pero sigue igual. Tal vez, está con la ilusión de ser un cumplidor de la ley. Las palabras de aquellos escribas no le molestan, quizá las escucha con devoción y llega a emocionarse, parece que sólo tocan sus oídos, pero no hacen ruido en su interior. Podemos decir que es cuando estamos de acuerdo con la doctrina, pero no la vivimos; cuando estamos de acuerdo en que mentir es un pecado, pero vivimos en la mentira; cuando reprobamos el asesinato, pero estamos a favor del aborto.

Este Evangelio debe cuestionarnos como predicadores de la Palabra: ¿Cómo es nuestra enseñanza? Ya lo decía Bernhard Haring: ‘La Iglesia ha de recuperar su misión sanadora si quiere enseñar el camino de la salvación’. Es una invitación para unir enseñanza doctrinal y vida: No basta ser motivadores de ayuda para los demás, si no ayudamos; no basta señalar el pecado, si nosotros no lo arrancamos de nuestra vida. La enseñanza que Jesús nos dejó es para vivirse; su palabra debe sanar nuestras vidas. No nos quedemos con la enseñanza del perdón, si no somos capaces de perdonar.

Hermanos todos, en este mundo materializado y donde la verdad está marcada por el relativismo, es un deber nuestro, de los Agentes de Pastoral, no quedarnos en la enseñanza, en la doctrina, se necesitan hoy maestros de vida. En nuestra cultura son muchas voces las que se dejan escuchar por los distintos medios de comunicación. Voces buenas y acertadas, pero las personas desean escuchar a maestros de vida; personas que muestren con su vida que la Palabra predicada se puede vivir en el aquí y el ahora.

Como Obispos, sacerdotes, debemos motivarnos con el Evangelio y preguntarnos: ¿Cómo es nuestra predicación? ¿somos sólo repetidores de doctrinas? ¿somos maestros que sólo enseñan? Recordemos que estamos en un mundo donde se ha perdido la credibilidad en la palabra. Recordemos, ¿qué autoridad tienen las palabras de la gran mayoría de los políticos? Cuando se habla de honestidad y responsabilidad en las campañas políticas ¿a cuántos se les cree?

Preguntémonos: ¿Será posible hablar del Reino de Dios con autoridad? ¡Claro que sí! cuando se tiene el propósito de que no puede existir divorcio entre la fe celebrada y la fe vivida; cuando se tiene la convicción de que el asombro, no lo producen los medios que ponemos al servicio de la evangelización, sino la experiencia que tenemos de Dios; cuando tenemos el cuidado de que nuestro corazón esté en Dios; entonces hablaremos con autoridad.

Preguntémonos: ¿Con qué autoridad hablo al predicar la Palabra del Señor? Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

¡Feliz domingo para todos!

Comparte:
Obispo de la Diócesis de Apatzingan