¿Cuántas veces te has sentido débil en tu fe? ¿Cuántas veces has pensado que, si tu fe fuera un poco más grande, podrías afrontar con paz los problemas, los miedos y las incertidumbres de la vida? Todos en algún momento hemos deseado gritar con los discípulos, ¡Señor, aumenta mi fe! El Evangelio de hoy nos muestra a los discípulos pidiendo más fe y Jesús responde con una imagen fuerte: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a ese árbol, ‘arráncate de raíz y plántate en el mar’ y les obedecería”.
Jesús no habla de una fe gigante, sino de una fe auténtica, confiada, viva. Nos enseña que la fe no se mide en cantidad, sino en intensidad. Basta un pequeño grano de verdadera fe para transformar tu vida, porque la fuerza no está en ti, sino en Dios que actúa en ti.
Personalmente, me da mucha pena las personas que dicen que no tienen fe y me pregunto, ¿a quién acuden cuando sufren y tienen problemas? ¿De quién se agarran cuando caen en la desesperación? ¿A quién claman en sus necesidades más apremiantes? ¿En quién hallan consuelo ante esas penas y sufrimientos que ninguna persona puede remediar? ¿Qué sienten cuando piensan en su muerte y la de sus seres queridos, si no tienen la esperanza de la vida futura y de la comunión de los santos?
No hay duda, la mayor riqueza es tener fe, la mayor pobreza es carecer de ella, pero ¡atención! La fe no es solo decir que creemos en Dios. El apóstol Santiago dice que la fe sin obras está muerta. La fe se tiene que ver en tu forma de vivir, de pensar, de actuar. La fe debe inundar tu vida. Debes experimentar que Dios es como un inmenso mar en el que estás sumergido, que te inunda con las aguas limpias, azules y puras de su amor, su ternura y su cuidado.
El que cree se sabe amado y acompañado, sabe que está destinado a la inmortalidad. Ya lo decía un poeta: “Decirle a alguien te amo es decirle que no morirá jamás”. Y eso es justamente lo que Dios te dice y en lo que nosotros creemos.
Hoy, el Señor te invita a dejar de vivir una fe superficial, adormecida y a pedirle con humildad, ‘Señor aumenta mi fe’. No te conformes con creer de palabra, deja que tu fe transforme tus decisiones, tus prioridades, tu manera de tratar a tu familia, tu manera de trabajar. Renuncia a la desesperanza, a la queja, al miedo y confía en el Dios que todo lo puede. Él te pide que des un paso, no sigas viviendo como si dependieras solamente de ti.
Esta semana te invito a dos cosas concretas. Cada mañana antes de comenzar el día, haz una breve oración diciendo: ‘Señor creo, pero aumenta mi fe’ y además enfrenta un problema concreto de tu vida con una mirada de fe. En vez de angustiarte, entrégalo con confianza a Dios y del paso que él te inspire.
Tú también suplícale a Jesús: “Señor aumenta mi fe. Tú sabes que la tengo, me la diste en el bautismo, pero no la he cultivado’. Apenas si la fe vive en mi interior sin que se haga ver por las obras. Ayúdame a estar seguro de que me amas y me cuidas, de que quieres que viva contigo en la eternidad. Ayúdame a que la fe se convierta en servicio alegre, en caridad gozosa, en confianza y paz para mi vida y que la pueda transmitir a los que me rodean”.
Feliz domingo, Dios te bendiga.

