Duele la indiferencia y más duele el encubrimiento

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXVI Domingo del Tiempo Ordinario.

El problema de la pobreza y la injusticia social recorre como uno de los temas trasversales el Evangelio de Lucas, entre otras razones, porque le preocupaba el peligro que amenazaba a algunos cristianos de fines del siglo primero, si no adinerados, sí acomodados en los confortables estándares de una vida mundana holgada y despreocupada.

Hace ocho días Jesús nos invitaba a tomar una decisión, o Dios o el dinero, no se puede servir a dos amos. Hoy domingo, Jesús continúa su mensaje sobre la riqueza, escuchamos en una parábola lo que es capaz de hacer el dinero en el corazón del ser humano y el destino de éste después de la muerte biológica. Nos marca la indiferencia de un rico, la ceguera para ver la necesidad del otro y el desinterés ante los demás.

La narración evangélica no pretende describir el más allá, ni mucho menos decirnos la temperatura del infierno, quiere hacernos entender el cambio radical que necesitamos en el momento presente. Pretende la parábola abrirnos los ojos hacia los verdaderos valores que deben orientar nuestra vida aquí y ahora.

La parábola es muy clara y cuenta con dos escenas:

1ª.- Se centra en el plano terrenal. Su finalidad es mostrar la vida de una persona rica. Jesús tuvo que conocer personas que sabían banquetear y vestir con opulencia, sobre todo en Tiberíades o Séforis. Una actitud muy distante de los pobres y marginados de su tiempo; de aquellos oprimidos por los sistemas políticos y por la extrema pobreza. Jesús cuenta la vida de un hombre que al parecer tiene dinero, poder, y sabe darse la buena vida, por su forma de vestir y sus comilonas. Aquel hombre disfruta lo que Dios le ha concedido, no se dice si tiene sus riquezas de manera honesta o son mal habidas; no dice que haya ganado sus bienes oprimiendo a los trabajadores. No se critica a las riquezas, es una crítica a lo que las riquezas producen en el ser humano; una crítica a la ceguera ante las necesidades de los demás; es esa barrera que se crea e impide ver la necesidad del otro. Quizá aquel rico daba algunas limosnas al templo, pagaría sus diezmos y primicias, tal vez ayudaba a los de su clase, pero tenía una venda en los ojos para con el hermano necesitado, para con los marginados. Su disfrute y gozo es tal, que no se preocupa de la vida eterna, o tal vez se siente bueno cumpliendo las leyes. El hombre rico no tiene nombre, el hombre pobre sí lo tiene. El nombre en la cultura antigua era expresión de la persona, de su ser, en la parábola un hombre tiene nombre y el otro no. Tenemos que hacer una opción radical, una de dos, o “ser” o “tener”. Lázaro significa: “Dios me ayuda” y supone un desafío a nuestra comprensión, de cómo y cuándo Dios ayuda. El rico no necesita de nadie, ni de Dios, se siente seguro, es inconsecuente porque sus riquezas le han cegado y no ve. Junto a su casa está un hombre de nombre “Lázaro”; tan pobre que por vestidos cuenta con llagas; sus amigos son aquellos perros que lamen sus llagas; está atenazado por el hambre y tiene ansias de comer las migajas que caen de la mesa del rico. Lázaro experimenta la total deshumanización del rico, aliviado únicamente por la fidelidad de los perros; vive como si no existiera, pasa totalmente desapercibido, no cuenta para nada.

2ª.- Se centra en la vida eterna. Tras su muerte es conducido al seno de Abraham, expresión judía en tiempos de Jesús para significar la felicidad eterna; mientras que el rico es enterrado. Su destino en la vida eterna es diferente: Lázaro goza de la vida, de la felicidad, mientras que el rico sufre el castigo eterno. Aunque exista un abismo entre los dos, se da una conversación que nos plasma el centro de aquella condenación: “Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Las palabras “manda a Lázaro” nos indica la actitud que tenía en la tierra para con los demás. El abismo entre los ricos y los pobres, según Lucas quiere poner de manifiesto, puede y debe cambiarse en el presente, el futuro se hace en el presente y quien sabe cambiar su presente cambiará también el futuro. Pero los que usan las riquezas solo para sí, se están cerrando al futuro.

Hermanos, el Evangelio de este domingo nos deja una gran enseñanza para analizar nuestras actitudes frente a las necesidades de los demás; no podemos ser indiferentes ante lo que les pasa. Es una crítica fuerte ante nuestra vida satisfecha, ante nuestras comidas familiares donde se derrocha alimento, mientras el fantasma del hambre atenaza a muchas familias. La cultura en la cual vivimos nos induce a vivir en un individualismo, en un egoísmo, en vivir la frase: “que cada quien se rasque con sus uñas”; pero la Palabra de Dios nos recuerda la solidaridad que debemos tener para con los demás, recordemos las palabras que Dios dirigió a Caín: “¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de tu hermano?”. Jesús vivió preocupado y ocupado por atender las necesidades de los demás.

Estamos invitados a analizar nuestras vidas si contamos con alguna dosis de indiferencia, de despreocupación ante lo que sucede en las tragedias de los demás; de preocuparnos sólo por nuestro bienestar. Ante esta cultura del comprar pensemos: ¿Realmente necesitamos todo lo que compramos? ¿dónde termina nuestra necesidad y cuándo comienza nuestro afán por tener? ¿cómo podemos ayudar a los necesitados? No seamos indiferentes ante lo que sucede a nuestro alrededor.

La indiferencia duele, duele ver a algunos hermanos nuestros que oprimen a sus hermanos con extorciones, con cobros de piso; duele ver que a los limoneros, precisamente en esta semana, les quieren aumentar el doble de cuota, quienes extorsionan; duele ver a la sociedad y a muchas autoridades, con indiferencia, como si nada pasara. Las víctimas de la violencia se vuelven estadística y no preocupación y menos ocupación. Duele la indiferencia y más duele el encubrimiento o complicidad porque esto genera más violencia. Duele ver tantas familias sufriendo por la desaparición o muerte de sus seres queridos, en manos del crimen.

Analicemos, allí donde nos ha tocado vivir, existen Lázaros esperando una mirada de compasión, esperando unas migajas de pan, esperando que sus sufrimientos sean vistos como personas. Recordemos que existen muchas necesidades que muchas veces las ignoramos. No olvidemos, si creemos en Dios y en la vida eterna, aquí nos estamos jugando el futuro. Hoy el empobrecimiento por todo esto que sucede, el cobro de piso, la violencia, el desplazamiento, tiene un mayor alcance que en tiempos de Jesús, porque esta cultura ha convertido el dinero en su valor supremo que invade, condiciona y caracteriza toda nuestra vida.

El Evangelio de hoy nos invita a mirar más allá de las puertas cerradas de nuestras casas y corazones, a abrir los ojos y ver a aquellos que a veces elegimos no ver.

Hermanos, si la riqueza no sirve para construir puentes entre los seres humanos, se vuelve instrumento de perdición y una ofensa a Dios y a los hombres. No olvidemos hermanos, la persona que hemos sido en nuestra historia, engarza con lo que seremos más allá de la muerte. Preguntémonos: ¿Cómo podemos vivir una solidaridad más activa y comprometida? Porque los pobres, las víctimas, los que sufren, no son simplemente una categoría social, son “el rostro de Dios en medio de nosotros”.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan