La presencia del arzobispo Paul Gallagher, secretario para las Relaciones de los Estados de la Santa Sede, fue el primer “toque” directo en el pontificado de León XIV de un alto funcionario de la curia romana a México, en una visita que quiso enlazar la cercanía y la disposición de la Iglesia por las relaciones de paz y buena voluntad.
La gira no oficial del prelado despertó de nuevo las especulaciones que quieren ver a este país como privilegiado de una visita papal; en conferencia de medios, la presidenta de México definió al pontífice americano como un “hombre de paz” y que, aunque en México hay diversidad religiosa, la mayor parte de la población practica el catolicismo, lo que sería viable para que León XIV venga a México, cosa que se ha puesto en boca de la clase política y de medios de comunicación como un tema tan expectante como oportunista.
No sería la primera vez que la figura del Papa se use para justificar y servir de “recurso paliativo” para maquillar el rostro y como placebo para confortar el estado de un país herido; sin embargo, pocos momentos en la historia reciente resultan tan delicados, tan poco propicios y cínicamente calculados como el actual.
México arde bajo la violencia, la corrupción y la instalación de una clase política soberbia y descarada. A diario, los asesinatos colman las noticias y pronto un caso es olvidado por otros más escandalosos, la impunidad es la mejor regla del quebrado y fracturado estado de derecho y el dolor de miles de familias, la descomposición social y la erosión moral son una llaga abierta que ningún discurso logra ocultar. ¿Invitar al Papa? ¿Para bendecir la miseria institucional, consagrar la simulación o ungir con la supuesta esperanza cristiana a un régimen que nos está llevando al abismo sin remedio?
Las visitas papales nunca han sido, ni deben ser, moneda de cambio ni espectáculo político. Menos aún, remedio exprés para la decadencia. Una visita del Papa exige algo más que protocolo y vallas de seguridad: exige verdad, exige coherencia y exige una mínima dignidad nacional. La pregunta es dura, pero necesaria ¿De verdad México merece hoy el privilegio de una visita papal? ¿En este sexenio que ha acuñado la violencia como anverso y a la narco política como reverso de la moneda de curso corriente de un país en crisis?
Hoy, una visita papal sería apenas una fotografía fugaz, una ilusión mediática para un país que, en el fondo, necesita mucho más que la presencia de Pedro: necesita arrepentimiento, verdad y justicia. El Papa vendrá, sí, pero no a justificar a quienes quieren lavarse la cara, ni a legitimar la farsa de un sistema que aún no ha entendido lo sagrado del perdón ni el peso de la responsabilidad. Pero los tiempos de Roma no son los tiempos de un sexenio agobiado y necesitado de un recurso para darle aire.
La entereza y salud del Papa León XIV le dan para que un momento sea el mas adecuado para una visita dentro de seis años. El 2031 se perfila para celebrar algo por el cual la Iglesia de México se prepara: los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, un momento histórico que puede y debe ser un verdadero parteaguas para la conversión, la justicia y la reconciliación de un México capaz, entonces sí, de mirarse a los ojos sin vergüenza y lejos del oportunismo político que busca colgarse de la sotana papal.

