Un pecado lleva a otro: del adulterio al asesinato.

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Los judíos, el pueblo de la Antigua Alianza, sabían ya por el Decálogo que el adulterio era pecado gravísimo: «no cometerás adulterio» (Dt 5,18), mandamiento divino reiterado por Cristo (Rm 13,9). Por eso, cuando Jesús predicaba el Evangelio, que el Rey viviera en adulterio era un enorme escándalo, por todos conocido. Pero los grandes rabinos, los fariseos, saduceos y demás guardianes de la Ley divina, no se daban por enterados. Denunciaban, en cambio, «no lavarse las manos antes de comer», «no guardar el sábado» curando a un enfermo grave, «no pagar el diezmo de la menta, del eneldo y del comino», etc. o condenaban, sí, el adulterio, pero el cometido por una mujer del pueblo, dispuestos a apedrearla, según lo ordenado por Moisés.

¿Y del adulterio del Rey?… No se sabe de ninguna denuncia por parte de los principales rabinos judios, ni de las escuelas doctrinales y morales más prestigiosas en el pueblo, como lo eran los fariseos. Nadie se daba por enterado, aunque era un hecho público, no escondido. El temor a las posibles represalias del rey contra los denunciantes formaba una firmísima «conspiración del silencio». Sólo Juan el Bautizador escuchó la voz del Señor, comunicada por Jeremías:

«Tú, cíñete la cintura, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira, yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdote y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1,17-19).

Ya el lector conoce el fin glorioso del Bautista. La hija de Herodías baila y seduce, y logra una posición en la que puede exigirle al Rey: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». (Mc 6,17-29). Un pecado lleva a otro, en este caso el adulterio al asesinato. Y repito lo que hace poco dije: acerca del asesinato del Bautista no se sabe de ninguna denuncia por parte de los principales rabinos judios ni de las escuelas doctrinales y morales más prestigiosas en el pueblo, como lo eran los fariseos. La Conspiración del Silencio siguió manteniéndose con inquebrantable firmeza.

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Tampoco hoy son denunciados pecados gravísimos. Lo cual permite que perduren, es decir, que los pecadores no se conviertan, pues «muchos» los cometen, y «muy pocos» de los pastores los denuncian de modo suficiente. Esto da lugar de hecho a un Catálogo de pecados descatalogados, del que ya traté en este blog. Todos esos pecados –citaré sólo unos pocos– están amparados por la Conspiración del Silencio, fielmente mantenida por su miembros encubridores.

La Misa dominical es en el Nuevo Testamento el mandamiento IIIº del Decálogo, que ordena el culto de Dios al menos semanal. «El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa» (can. 1247; cf. 1246). «Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave» (Catecismo 2181). No hay, pues, vida cristiana sin Eucaristía.

Mis abnegados lectores –especialmente lo pregunto a los que son cristianos practicantes­–, ¿han oído alguna vez que este grave precepto sea inculcuado con firmeza en catequesis y homilías, en la confesión y los libros?  Los encubridores se encargan de que, ya que el mandato divino no es cumplido por la inmensa mayoría, es más prudente no predicarlo. Sería inútil, y sólo serviría para crear escrúpulos.

La anticoncepción es también un grave pecado, descatalogado por los mismas razones. Son muchas las familias cristianas adictas a este pecado, pero apenas les llega predicación alguna contra él, mostrándoles la maravilla del matrimonio-sacramento. Cristo ha vencido en la Cruz al pecado, pero éste, como también otros, sigue presente en la Iglesia, sin hallar apenas ninguna resistencia en catequistas, predicadores y pastorales. Es un pecado grave, que falsifica el matrimonio y la familia, y que amenaza acabar con ambas instituciones fundamentales de la Iglesia y la sociedad civil. De hecho, en uno o dos decenios, donde antes los matrimonios sacramentales eran 100, hoy son 10. O quizá 5.

San Juan Pablo II enseña que «Pablo VI, calificando el hecho de la anticoncepción como “intrínsecamente ilícito”, ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá convertir un acto así en un acto de por sí ordenado», lícito (12-XI-1988; cfCatecismo 2370). Pero los encubridores, persistiendo en su silencio –si Dios lo permite–, conseguirán que está situación pecaminosa se prolongue hasta la apostasía.

La homosexualidad activa –no la mera tendencia, por supuesto–, lleva también camino de ser un pecado descatalogado, al menos en ciertas Iglesias locales, en las que ya se dispone de rituales paralitúrgicos para bendecir parejas homosexuales. Un Obispo belga nos dice que 

«debemos buscar en el seno de la Iglesia un reconocimiento formal de la relación que también está presente en numerosas parejas bisexuales y homosexuales. Al igual que en la sociedad existe una diversidad de marcos jurídicos para las parejas, debería también haber una diversidad de formas de reconocimiento en el seno de la Iglesia». Incluso en la Relatio post disceptationem del Sínodo del 2014, al tratar de las uniones homosexuales se indicaba que «hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso suporte para la vida de las parejas» (n. 52).

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Descatalogación del pecado en general

Cualquier pecado que se generalice, gracias a la conspiración del silencio –muchos incurren en él, nadie predica a la contra–, puede llegar a ser descatalogado en sí mismo en cuanto pecado. Un buen número de teólogos y obispos podrían reclamar para sí la «gloria» de haber descubierto por fin un «cristianismo sin pecado».

El beato Pablo VI reconocía esta terrible realidad en una homilía: «No encontraréis ya en el lenguaje de la gente de bien actual, en los libros, en las cosas que hablan los hombres, la tremenda palabra que, por otro lado, es tan frecuente en el mundo religioso, en el nuestro, particularmente cercano a Dios: la palabra pecado. Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores. Son catalogados como sanos, enfermos, malos, buenos, fuertes, débiles, ricos, pobres, sabios, ignorantes; pero la palabra pecado no se encuentra jamás. Y no retorna porque, distanciado el intelecto humano de la sabiduría divina, se ha perdido el concepto del pecado. Una de las palabras más penetrantes y graves del Sumo Pontífice Pío XII, de venerable memoria, es ésta: “el mundo moderno ha perdido el sentido del pecado”; es decir, la ruptura de la relación con Dios, causada por el pecado» (20-IX-1964; cf. Juan Pablo II, Reconciliatio et poenitencia, 2-XII-1984).

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–La conspiración del silencio, dejando de lado a San Juan Bautista, puede hoy como ayer dejar sin denuncia pecados gravísimos, haciendo posible que perduren sacrílegamente durante deceniosNo problem. Incluso es posible que no impida la exaltación eclesial progresiva del pecador: sacerdote, obispo y cardenal. No problem.

El martirio es malo para la salud física y social.

Quedamos pocos y debemos cuidarnos mucho.

José María Iraburu, sacerdote.

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