Por intercesión de María pongo en tus manos, Señor, lo que no puedo cargar solo

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Desde que tuvo en brazos a su Hijo fue una mujer marcada por el sufrimiento. De ahí que los santos no dejan de reconocer el misterio del dolor en la Santísima Virgen María, aunque señalan cómo su fe, así como el amor por su Hijo y por todos los hombres hicieron posible que no fuera consumida por el sufrimiento.

Se habían dicho maravillas de su hijo y el mundo aguardaba con expectación el momento de la encarnación. En una hermosa homilía, El mundo espera la respuesta de María, San Bernardo, en su predicación, va aumentando el suspenso mientras llega el momento de la respuesta de la Santísima Virgen María al anuncio del ángel.

Recorriendo la historia de la salvación, desde Adán hasta nuestros días, sitúa la respuesta de María al punto de pedirle -casi de exigirle- que responda, que no se tarde más para que la redención y el consuelo lleguen a los justos que esperaron en el Señor:

“Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió… Te lo pide Abrahán, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies. Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza. Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna. ¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza” (Sobre las excelencias de la Virgen Madre, Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense 4 [1966], 53-54).

La emoción que transmite esta reflexión y la expectación que prevalece, vuelven a aparecer con el tratamiento poético y la belleza de los versos de Lope de Vega que así se refiere a la respuesta de María:

“Dijo un sí que remedió
un no de cuatro mil años,
con que todos nuestros daños
para siempre reparó”.

Esta era la expectación que generaba la llegada del Mesías, la cual producía gozo y esperanza. Pero los santos fueron entendiendo que se trataba de una alegría pascual, de una victoria escatológica, en la que se asomaban las resistencias a la luz y las maquinaciones del enemigo que siempre intenta destruir los planes de Dios.

María, en primera persona, comenzaba a entender e intuir el camino de su hijo. “¡Y a ti, una espada te atravesará el alma!”, le había dicho el anciano Simeón a María Santísima en ese encuentro que tuvo lugar en el templo, a los cuarenta días del nacimiento de nuestro Salvador. Es como si en los momentos gozosos se comenzara a divisar el dramatismo de los misterios dolorosos en la vida de nuestro Salvador.

Así comenzó a vivir la Santísima Virgen María su misión de madre del redentor, sintiendo la espada del sufrimiento, de la incertidumbre y de la angustia.

En efecto, cuando duele el cuerpo se localiza exactamente la parte o las partes dañadas. Pero cuando duele el alma, prácticamente duele todo, se experimenta un sufrimiento superior que afecta por completo a las personas. Aquí es donde cobran sentido las palabras del anciano Simeón, cuando habla de la espada que atravesará el alma de María.

Las mamás sufren no sólo por lo que les pasa a sus hijos, sino por lo que les puede pasar. A María, por eso, le dolía el alma, porque las palabras del anciano Simeón, que la acompañaron durante su vida, así como los distintos momentos que vivía al lado de Jesús, iban completando su visión sobre la misión de su Hijo, desde que el ángel se presentó delante de ella en el acontecimiento de la Anunciación.

Pero la llena de gracia asumió con alegría y esperanza su misión como madre del Salvador, sin permitir que esos anuncios eclipsaran su mirada y paralizaran su vida. Eso explica que haya sido una madre amorosa y sonriente, que le ofreció a su Hijo un hogar donde se respiraba el amor, la fe y la alegría, como lo confirman las referencias del evangelio acerca de Jesús, el cual tenía una personalidad impactante. Jesús, además de ser un hombre de oración, se gozaba al ver a los lirios del campo y escuchar a las aves del cielo.

Sin dejar de constatar este aspecto, la Iglesia no deja de celebrar y reconocer el misterio de dolor en María Santísima, no porque se quede eclipsada en el sufrimiento, al acentuar únicamente este aspecto de la fe, sino porque quiere animar a todas las personas que sufren para que nunca pierdan la esperanza y logren recuperarse de sus tribulaciones, acudiendo a la Virgen María.

La madre de Jesús es conocedora de todas las espadas porque experimentó el dolor del alma, como lo señala el P. José Luis Martín Descalzo al referirse a María como: “Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir, conocedora de todas las espadas”.

De manera especial la Virgen de Lourdes quiso asociarse a todos nuestros hermanos enfermos que al reconocer el amor y la bondad de María no solo piden un milagro ante sus tribulaciones, sino que quieren estar cerca de la madre, quieren mirarla y ser mirados por ella para salir animados y fortalecidos en su lucha diaria.

Al acercarse a la Virgen María, los enfermos llegan a experimentar la solicitud de nuestra madre del cielo, como decía el papa Juan Pablo I: “Los hijos, si acaso están enfermos, tienen un título más para ser amados por la madre. Y también nosotros, si acaso estamos enfermos por malicia, por andar fuera de camino, tenemos un título más para ser amados del Señor”.

De suyo la enfermedad y el pecado se encargan de llevarnos a la desconfianza y de hacernos pensar que Dios está lejos de nosotros y no se fija en nuestra tribulación. Pero la Santísima Virgen nos recuerda el mensaje central de su Hijo Jesús, el cual vino no por los sanos, sino por los enfermos, no por los justos, sino por los pecadores.

Dicen que Dios preguntó a una madre: “¿A cuál de tus hijos quieres más?” Y ella respondió: “Señor, al ausente, hasta que vuelva; al enfermo, hasta que sane; al triste, hasta que de nuevo esté alegre; al preso, hasta que recobre la libertad; al que sufre, hasta que se sienta consolado; al malo, hasta que otra vez sea bueno; al que le falta todo, hasta que no le falte nada; al descarriado, hasta que retorne al buen camino; al que está solo, hasta que no padezca de su soledad”.

Confiando en la intercesión de María le decimos al Señor: aquí están mis llagas, mis heridas, dolores, padecimientos, enfermedades, el diagnóstico que me ha dado el médico, la lucha de todos los días, la incertidumbre sobre lo que va pasar. Esta es mi realidad, mi pena, aflicción y tristeza, y la pongo, Señor, en tus manos.

Pongo en tus manos esto que no puedo cargar solo. Y por la intercesión de la Virgen María, te suplicamos, Señor, nos asistas para seguir luchando, para recuperar la salud y para no perder la fe.

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