La paz está siendo destruida por la violencia

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Nos estamos acercando al final del ciclo litúrgico C, y con él, al final del Evangelio de San Lucas. Se nos presenta el Evangelio con un tinte apocalíptico, se ha llamado el discurso escatológico sobre el final de los tiempos; nos narra aquello que antecederá al final. No es con la finalidad de causarnos temor, sino con el propósito de que aprovechemos el tiempo de conversión que se nos presenta; todo por firme y duradero que parezca, llegará el momento de la decadencia y destrucción.

La majestuosidad del Templo de Jerusalén causaba admiración en todos los que lo visitaban, su belleza ornamental, su estructura que mostraba grandeza. Jesús al contemplar el templo siente algo muy diferente, ya que sus ojos de profeta ven con una mirada más profunda; se da cuenta que todo es superficial, es un templo que no admite al Dios de la justicia; es un templo que está centrado en los sacrificios rituales; aquella religión no daba acogida a la justicia de Dios, tampoco escuchaba el clamor de los que sufren; es una religión engañosa y perecedera.

Jesús en su última visita a Jerusalén, contempla aquel templo y la ciudad y se siente triste por lo que va acontecer: “Al acercarse a Jerusalén, Jesús vio la ciudad delante de Él y comenzó a llorar” Lc. 19,41. Las palabras que pronuncia Jesús y que hoy escuchamos: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”. Estas palabras que escuchamos de Jesús, no brotan de un corazón resentido, son palabras proféticas que conducen a Jesús a llorar. Llora porque ama la ciudad más que nadie; llora porque la religión se ha apartado de Dios; sus lágrimas expresan la solidaridad con el sufrimiento de su pueblo. Jesús afirma que el templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias.

Jesús sabe que se avecina la crisis y los dirigentes políticos y religiosos andan inquietos, preocupados y ocupados en otros asuntos: el poder y la avaricia les preocupa y les ocupa. Aún no llega la catástrofe, pero Jesús expresa sus manifestaciones, aunque deja claro que aún no es el fin.

Este texto que escuchamos hoy, ha sido interpretado a lo largo de la historia como la profecía de los últimos tiempos. Las primeras comunidades cristianas vivieron siempre alertas a la segunda venida de Jesús, pues pensaban que sería muy pronto. Soportaban con valentía y perseverancia el odio y el asedio de sus perseguidores y entendían en esos signos las palabras del Señor, por eso creían que estaba cerca su llegada.

El hombre se empeña en querer saber: ¿Cuándo será el fin de los tiempos? ¿Cuándo será el día de la segunda venida de Jesús? ¿Cómo será? De allí, que toda crisis social la interprete como el final. Pero el Señor aclara que todas esas señales ocurrirán, pero nos alienta a permanecer firmes: “Si se mantienen firmes en la fe, conseguirán la vida”. Jesús nos deja muy claro que la historia se prolongará y será una historia llena de problemas y dificultades en las que no faltarán momentos de crisis, violencias y enfrentamientos. Por último, Jesús nos habla de la persecución por causa del Evangelio, que será un hecho corriente en esta etapa final de la historia. Cuando una comunidad se arriesga a vivir los valores evangélicos en medio de una sociedad corrupta e injusta, lo normal es que se desate contra ella oposición y persecución. La persecución, según Jesús, es un tiempo de gracia para el cristiano, una oportunidad para dar testimonio de Jesús, para dejar que Él hable con poder y sabiduría y para fortalecer la confianza en la providencia y misericordia del Señor.

En estos tiempos que estamos viviendo, vemos que la paz está siendo destruida por la violencia, la solidaridad está siendo vencida por el individualismo, el odio y la muerte están al orden del día; el universo mismo parece revelarse a seguir sosteniendo la vida de los seres humanos, somos testigos de temblores, huracanes, etc., y también somos testigos de que a quien predica y se esfuerza por vivir el Evangelio, se le trata de eliminar. Jesús es consciente de la violencia que desencadena su mensaje, a pesar de ser un mensaje de paz y de salvación. Las fuerzas del mal extienden sus tentáculos por todas partes, tratando de tocarlo y dominarlo todo, de acabar con la justicia, la verdad y el bien que hay en la humanidad. La injusticia no soporta la verdad, ni el bien ni el amor; la injusticia no descansa hasta destruir el bien. Sin vigilancia también toca el corazón de los discípulos, pero la presencia de Jesús es la fuerza de los suyos. La intención de Jesús no es que vivamos inmersos en el miedo y esperando el fin de los tiempos de forma pasiva o sumidos en la resignación; Jesús desea que enfrentemos las crisis con lucidez y responsabilidad. Él mismo subraya la actitud que debemos tener: La perseverancia. Ni la violencia, ni la resignación, sólo el trabajo constante y tenaz de las personas incansables puede conducirnos hacia un mejor futuro. No debemos cansarnos, como cristianos somos fermento de perseverancia ante las dificultades.

Somos testigos que en nuestra sociedad los problemas se han agrandado y enredado tanto, que no vemos por donde estaría la solución. Pero no debemos caer en la resignación y en una actitud derrotista o victimizarnos. Recordemos que en las crisis, las actitudes que deben sostener a todo cristiano, son: La perseverancia y la paciencia.

Hermanos, como sociedad es fácil saber que estamos ante una deshumanización; que nos encontramos en una crisis religiosa profunda y pareciera que nos encaminamos a la catástrofe. Pero Jesús nos invita para que pongamos nuestro aporte allí donde nos ha tocado vivir, en medio de nuestras dificultades y problemas, debemos ser personas de esperanza, que seguimos haciendo las cosas lo mejor que se puede y que no buscamos soluciones rápidas. Sabemos que somos fermento en la masa; quizá no somos la solución, pero si vivimos y anunciamos el Evangelio, sí aportaremos mucho a la solución de las crisis. No perdamos la sensibilidad ante la crisis, no caigamos en la resignación, y seamos capaces de aportar para bien de todos en la sociedad.

Ante esta crisis humanitaria o religiosa, pensemos: ¿Qué actitudes estamos fomentado como cristianos? ¿Estamos siendo fermento positivo ante las crisis que vivimos?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan