Corrección fraterna

Ez 33,7-9; Sal 94; Rom 13, 8-10; Mt 18, 15-20 Domingo XXIII del tiempo ordinario. Ciclo “A”

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1. LA CORRECCIÓN FRATERNA

Lo primero que debemos de tener presente es que nadie es perfecto, toda persona por ser tal, tiene defectos, se equivoca y peca. Es importante que cada uno se analice y caiga en la cuenta de ello; sin embargo, esto no siempre sucede así. Por eso, es vital la presencia del otro, para que lo ayude, lo oriente, le haga ver sus errores fraternalmente y pueda crecer como persona, como profesional y como discípulo del Señor.

1.1 ¿Por qué debo corregir al otro?

a) Porque es mi hermano

Para tomar la iniciativa de corregir a otro, debes de tener presente que el otro no es un número, una estadística, un objeto, sino un ser humano, es una persona, es tu hermano. Anécdota: una vez un joven llevaba a su hermano más pequeño cargado durante una larga travesía, el cual se había lastimado. En ese trayecto también iban algunas otras personas, las cuales lo iban observando y estaban admirados por tal hazaña, pero uno de ellos le preguntó ¿no se te ha hecho pesado? El joven respondió con mucha serenidad: ¡No, porque es mi hermano! Efectivamente, la razón principal para tomar la iniciativa de corregir a otro es porque ese otro es tu hermano y desde el sacramento del bautismo esto se reafirma.

b) Para salvarlo:

Desde el ámbito de la fe sabemos que el fin nuestra vida cristiana es la salvación, la cual ha sido otorgada por Jesucristo, al morir por ti y por mí en la cruz. Por eso, el sacramento del bautismo está bajo ese orden (dar la salvación). Así que, cada uno tiene esa corresponsabilidad bautismal con el otro y le debe de ayudar para que adquiera la salvación. Bajo este precepto está enmarcada la corrección fraterna. El mismo texto evangélico lo señala: «si te escucha habrás salvado a tu hermano»

1.2. ¿Cómo debo de corregir?

a) Dialogando:

No es lo mismo platicar, que dialogar, ya que esto último consiste en tratar un asunto entre dos o más personas hasta llegar a un acuerdo. El diálogo puede estar acompañado de una postura amable o cordial, hasta llegar a una discusión acalorada. En el diálogo se revelan sentimientos, pensamientos, emociones, intenciones, estados de ánimo, etc. Es decir, se refleja la personalidad. Todos estos elementos influyen para llegar a un acuerdo (corrección), sin embargo, no hay diálogo con actitudes de prepotencia, arrogancia, altanería, cerrazón, etc.

b) Con caridad: la carta de San Pablo a los Romanos dice: no tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo. Por tanto, cuándo se requiere ayudar al hermano, se debe de corregir con mucha caridad, precisamente una de las obras de misericordia es “corregir al que se equivoca”.

c) Tomando en cuenta los siguientes elementos:

  • Las palabras: Hablando se entiende la gente; por eso las palabras juegan un papel preponderante en el diálogo y la corrección. Para corregir a alguien, le pensamos mucho, porque no sabemos cómo va a reaccionar o si sabemos cómo va a reaccionar. Por tanto, es vital no gritar, insultar, ofender, herir, lastimar con nuestras palabras; muy distinto es cuando se corrige con las palabras adecuadas y se requiere de la sabiduría e inteligencia y tacto para realizarlo.
  • Los lugares: no es lo mismo corregir en público que en privado. El texto mismo del Evangelio dice: «amonéstalo a solas», la discreción es parte fundamental para no desacreditar al hermano.
  • Las situaciones: cuando se está triste, alegre, enojado, alterado, intranquilo o no se está en un buen momento, lo más recomendable es no abordar los temas delicados, es mejor buscar la situación indicada para ello. Es necesario que la persona esté en otro estado de ánimo.
  • Los tiempos: siempre habrá un tiempo para cada cosa, no es bueno ni adelantarse ni dejar las cosas para otro día. El mismo adagio dice: no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, porque lo que al tiempo se le deja al tiempo se le queda.

2. EL ITINERARIO DE LA CORRECCIÓN

2.1 Sólo: la responsabilidad de cada uno es corregir al que yerra y por lo mismo el ofendido es el que debe dar el primer paso para ir a ver y dialogar con el agresor. Lo más fácil es divulgar lo que ha hecho, esta manera de proceder no soluciona el problema, al contrario, lo engrandece y lo entorpece. De lo que se trata es de salvar al hermano y no de perderlo, se trata de corregirlo y no de hundirlo.

2.2 Testigos: el santo Evangelio recomienda dos o tres testigos. Estos no van como testigos del pecado o para descalificar al pecador, sino para orientar en la situación errónea. El refrán dice: “dos cabezas piensan mejor que una”. Los testigos son necesarios porque el agresor debe comprender que está equivocado y que lo expresado a nivel individual no es un invento o algo personal, sino que se trata de la verdad y de su misma persona para que reoriente su caminar.

2.3 Comunidad: se trata de la familia, grupo de amigos, del grupo parroquial al cual pertenezco, etc. Esta comunidad es la Iglesia; ella debe de velar para que «ninguno se pierda», que ninguno siga viviendo en el pecado, que ninguno se aleje de Dios.

La Iglesia siempre se reúne en torno a la Palabra de Dios, acogiendo el mensaje de amor y de perdón de nuestro Padre Dios y, al ser depositaria de esta Buena Nueva, es la primera responsable de esta enseñanza. Ella es un recinto de amor y de perdón y, más que juez es madre, por ello debe estar dispuesta a dialogar con los hijos que se han equivocado, brindándoles espacios saludables para su reintegración.

Reflexión:

  • Ante el error o pecado de los demás ¿eres juez o hermano?
  • ¿Tu comunidad ha sabido brindar espacios de acompañamiento al que anda extraviado?
  • ¿Qué signos de amor muestras al hermano que ha caído en el pecado?

Pbro. Gilberto Lorenzana González
Diócesis de Tuxpan

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