La «Iglesia del futuro», se muere: eutanasia religiosa

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En el desastre y la desbandada posconciliares, los religiosos fueron de los primeros en apuntarse a la moda secularizadora y modernista que sacudió la Iglesia y que, supuestamente, iba a crear la “Iglesia del futuro”. Los resultados están a la vista de todos:

  • la mayor pérdida de religiosos y vocaciones de la historia;
  • la heterodoxia generalizada en universidades, editoriales y colegios religiosos,
  • y la desaparición progresiva de decenas y decenas de congregaciones.

Una terrible tragedia para la Iglesia, que siempre ha encontrado en los consagrados un signo sensible de lo que es la vida celeste que todos esperamos alcanzar.

Cualquier persona racional se da cuenta inmediatamente de que detrás de todo esto hay un problema gravísimo que debe solucionarse: la sal se ha vuelto sosa y ya no vale más que para tirarla al suelo y que la pisen las gentes. La mayoría de las congregaciones y órdenes, sin embargo, han optado por sostenerla y no enmendarla. Es decir, continuar por el mismo camino que les ha llevado a esta caída en picado y secularizarse aún más hasta extremos ridículos.

Aun así, como ni siquiera la fantasía más desbordada puede ocultar ya su proceso acelerado de envejecimiento y progresiva irrelevancia, la mayoría de los religiosos se reúnen una y otra vez para hablar del tema (porque vocaciones no habrá, pero las reuniones se han centuplicado). Curiosamente, estas reuniones siempre parecen concluir afirmando, con una asombrosa capacidad de autoengaño, que son “menos pero mejores”, que la culpa de todo la tiene cualquiera menos ellos, y otras dulces patrañas semejantes.

En ese contexto, me ha llamado la atención una congregación norteamericana, las Hermanas de la Caridad de Nueva York, que ha preferido cortar por lo sano y anunciar que se van a extinguir y que ya no van a hacer nada por impedirlo. Parece que, al final, mantener la ilusión de que son menos pero mejores resulta ya imposible y lo único que pueden hacer es rendirse.

Después de “un largo proceso de discernimiento y oración”, la Asamblea General de las Hermanas de la Caridad de Nueva York de 2023 ha “votado unánimemente” por aceptar la recomendación del Consejo Ejecutivo de la Congregación de “no seguir trabajando por encontrar ni aceptar nuevos miembros para nuestra Congregación”. Aunque magnánimamente, si ocurriese el milagro y una chica se acercase por su cuenta a preguntar algo, “redirigirán sus muestras de interés” hacia otras congregaciones. Y eso lo harán porque creen “en el futuro de la vida religiosa”. Excepto la suya, claro.

Por otro lado, dicen que van a seguir viviendo “plenamente” su misión, pero reconociendo a la vez que están en “un camino hacia la finalización”. Es muy difícil no encontrar en estas afirmaciones de casi doscientas monjas desesperanzadas un claro eco del hastío del mundo apóstata y su gran conquista social del suicidio asistido. Nunca habíamos estado mejor y eso se demuestra en que nos suicidamos.¿Para qué dar esperanza cuando es mucho más fácil acabar con el que sufre?

Eso sí, a estas pobres hermanas que planean eutanasiar su congregación ni siquiera se les ha ocurrido la posibilidad de buscar la verdadera causa de lo que les sucede ni de retornar a lo que nunca debieron abandonar. Al contrario, continúan volviendo una y otra vez sobre su propio vómito: siguiendo a los más conocidos heterodoxos, como el padre jesuita Thomas Reese, afanándose por promover todas las causas progresistas, desde el ecologismo a la diversidad y, en general, procurando parecerse en todo a un grupo de solteronas progres acomodadas. Es decir, justamente las mismas cosas que provocaron esta muerte anunciada.

En fin, en todo esto se percibe un aire de tragedia griega, de desgracia necesaria y hado implacable. Y no es casual, porque el fatalismo era característico del mundo pagano. ¿Cómo no va a volver ese fatalismo asfixiante cuando se abandona la fe católica y se sustituye por sucedáneos?

Recemos por estas pobres hermanas y por que, a través de la conversión, vuelva la cordura a la vida religiosa y así nos muestre el camino al cielo.

Por Bruno M.

InfoCatólica.

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