Dios nos ha bendecido con toda clase de bienes

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXVII Domingo del tiempo Ordinario

Mons. Cristobal Ascencio García
Mons. Cristobal Ascencio García

Hoy escuchamos la segunda parábola que enmarca el rechazo del pueblo a Jesús. Jesús sigue en el atrio del templo, sus interlocutores son los dirigentes religiosos del pueblo judío, sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Les narra una parábola situada en el ambiente del campo, en ella les habla de un propietario que prepara su viña y la renta a unos trabajadores, ya que saldría de viaje.

La narración detalla todo lo que hace el propietario para con su viña: “La rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante”. Muestra todos los cuidados que Dios ha tenido para con su viña, que es el pueblo elegido a lo largo del Antiguo Testamento. Los arrendatarios son los dirigentes religiosos de aquel pueblo, unos arrendatarios que no cumplen con lo acordado, se niegan a entregar la cosecha. Aquellos desalmados son capaces de dar muerte a los que van a recoger lo convenido; el dueño no desiste, quiere recibir su parte y manda más emisarios, quienes corren con la misma suerte. Jesús no da un juicio, invita para que sus oyentes tomen parte en el relato y saquen sus conclusiones. Jesús sólo los cuestiona: Díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo ¿qué hará con esos viñadores?; los lleva a que ellos den un juicio. Al responder, ellos mismos están dando su propia condenación: “Los viñadores han cometido un crimen detestable y se han hecho merecedores del peor castigo”.

La parábola nos coloca en el punto más candente de relación entre Jesús y los dirigentes religiosos. Precisamente la crítica principal va dirigida a los dirigentes de la comunidad que habían hecho de la fe del pueblo, un instrumento para servir sus intereses y tener poder, además habían olvidado que los frutos de esta fe eran del Señor.

Nos queda claro, que Israel ya no será más el lugar exclusivo de la salvación, la salvación se abre a todo mundo, extranjeros y paganos, todo aquel que abre su corazón al mensaje de Jesús.

La causa de la inconformidad es clara: porque no entregan los frutos a su tiempo y además la actitud violenta que tienen con los enviados del dueño de la viña. Se apropian de la viña y de sus frutos, se creen dueños y no administradores. Ellos consideraban que fuera de Israel y de su particular religión, no había salvación para nadie; se consideraban propietarios del Reino de Dios. No podemos quedarnos en hacer una crítica a los dirigentes del pueblo judío y anclar la parábola en aquel tiempo. La parábola debe llevarnos a reflexionar si en nuestro cristianismo se está trabajando en la viña, de qué manera se trabaja y si está

dando frutos. Somos la misma viña del Señor y la exigencia es la misma: producir frutos; somos arrendatarios y no dueños.

En nuestro mundo marcado por el materialismo, centrado en adquirir bienes materiales, poco a poco le hemos ido dando la espalda a Dios. Se ha colocado al hombre en el centro y todo gira a su alrededor; se ha creado una verdad relativa y sólo cuenta lo que el hombre opina desde su individualidad. Pareciera que seguimos sin escuchar las voces que nos conducen a humanizarnos, a sentirnos parte de un todo, donde lo que hagamos nos afecta y afecta a los demás; “Hemos perdido la perspectiva de vernos como hermanos” (Fratelli Tutti).

Es tiempo de que analicemos nuestra vida cristiana y veamos si estamos dando frutos o es estéril, ya que, si no estamos dando fruto, debemos tener claro que Dios no tiene por qué identificarse con un cristianismo marcado por las incoherencias, desviado del proyecto de Jesús; un cristianismo centrado en sí mismo, más que en la fidelidad a Dios. Es clara la situación de la parábola, en la viña de Dios, no hay sitio para el que no aporta frutos. Tarde o temprano se nos pedirán cuentas.

Sí hermanos, analicemos nuestra vida como cristianos y veamos si nuestro modo de ser discípulos de Cristo, está produciendo los frutos que Dios espera de nosotros: ¿Nos sentimos dueños de una viña o una fe que se nos ha dado? ¿Qué actitud tenemos para aquellas voces que nos gritan pidiendo resultados? No debemos desanimarnos, en todos los tiempos y culturas, por muy complicadas que sean, como cristianos podemos dar frutos.

Papás, mamás, sus hijos son prestados, son la viña del Señor, su trabajo y su esfuerzo se verá reflejado en su educación y formación como personas; no se cansen de trabajar esa porción de viña que el Señor les ha concedido. Sus hijos les han sido puestos en sus manos para ser guiados hacia Dios y no para satisfacer sus necesidades de afecto. Todos tenemos una porción de la viña del Señor y a todos se nos pedirá cuentas.

Hermanos, Dios nos ha bendecido con toda clase de bienes: Su gracia, su amor, los dones del Espíritu Santo, bienes materiales y espirituales, ahora nos toca a nosotros regresarle a Dios su parte, entreguemos lo que Dios nos pida con alegría, con gratitud, ya sea nuestro tiempo, nuestro perdón, nuestro esfuerzo por mejorar alguna situación, nuestras ilusiones y nuestras habilidades; todo absolutamente todo lo que poseemos y somos, consagrémoslo al Señor, como siervos que reconocemos de quién nos ha venido lo que somos y tenemos.

Preguntémonos: ¿Qué frutos entregaré al Señor esta semana?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

¡Feliz domingo para todos!

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan