Cuando no sé a quién confiarme, me confío a las manos de Dios

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Además de las cosas muy espontáneas que solemos decir a Dios cuando va aumentando nuestra confianza y nuestra necesidad de él, hay oraciones que encontramos en la Biblia o que recogemos de la tradición de la Iglesia con las que nos identificamos de manera inmediata, pues tienen el poder de mover sentimientos y ponen en nuestros labios las palabras justas para expresar al Señor lo que necesitamos decir y que no siempre logramos formular por nosotros mismos.

Se trata de oraciones que llegan al corazón y que acogemos de manera natural porque nos hacen disfrutar los momentos de intimidad con el Señor, iluminan lo que estamos viviendo y representan una respuesta directa a las preguntas que planteamos a Dios o a las cosas que le pedimos. Son tantas oraciones las que producen este efecto y nos llevan a profundizar la relación con el Señor.

Hemos venido confirmando, como lo atestiguan los santos, así como los hombres y mujeres de la Biblia, que el Señor jamás se aparta de nosotros, ni siquiera en los momentos en que no logramos percibirlo del todo. Por eso, solemos decir al Señor cuando lo buscamos en la oración: “Estoy en tus manos, Señor”. Más allá de grandes discursos, basta una oración como esta no solo para que se exprese una necesidad, sino también para que se reafirme nuestra fe. 

Una oración como esta no solo expresa una súplica, una petición, sino también una convicción, pues a pesar de lo que estemos pasando y de los peligros que estemos enfrentando, manifestamos nuestra seguridad y nuestra confianza incondicional en la cercanía del Señor. 

Por tanto, esta oración manifiesta la fe que tenemos en la protección del Señor, pero también habla del cariño que le tenemos al Señor pues anhelamos estar siempre en sus benditas manos. San Rafael Arnáiz lo expresa de esta manera: “No desear, no buscar, no pedir…, solamente amar a Dios y entregarse en sus manos como un niño pequeño”.

Dice el papa Francisco que: “La historia de la Iglesia es rica en ejemplos de personas que soportaron tribulaciones y sufrimientos terribles con serenidad, porque eran conscientes de estar fuertemente en las manos de Dios. Él es un padre fiel y atento que no abandona nunca a sus hijos. Nunca, y esta certeza debemos tenerla en nuestro corazón. Dios no nos abandona nunca”.

Al dimensionar los escenarios críticos que estamos pasando y las situaciones que generan incertidumbre reconocemos la actualidad de una oración como esta, para que frente a la desesperanza y el miedo que provocan diversos acontecimientos, no dejemos de creer que nuestra vida está precisamente en las manos de Dios. 

Sucede que, en la oración, además de nuestras palabras y de lo que alcanzamos a pedir al Señor, él nos lleva a intuir otros aspectos y a tener una visión más completa de las cosas para que se afiance nuestra fe. Al principio podemos visualizar la necesidad de consuelo y protección, cuando decimos en la oración: “Estoy en tus manos, Señor”. 

Pero en la medida que se va profundizando nuestra relación con Dios aparece otro aspecto muy importante, pues las manos del Señor, además de que nos protegen, son las manos que nos crearon y que nos siguen modelando, como las manos del alfarero.

Las manos de Dios, al modelarnos y recrearnos, van limpiando, reparando y definiendo la imagen que nos infundió al crearnos. En el camino se va desdibujando esta imagen, pero nuestro alfarero, el divino hacedor, va haciendo emerger esta imagen. Decía Evagrio Pontico: “Si quieres saber quién eres, no mires lo que has sido, sino la imagen que Dios tenía al crearte”.

Así como un árbol es podado, el alfarero tiene que hacer acciones que nos duelen, pero que son necesarias para que resurja la belleza con la que fuimos creados. Ahora que volvamos a decir: “Estoy en manos de Dios”, convencidos que el Señor nos protege, debemos considerar que hay algo más: nos tiene en sus manos porque es nuestro alfarero. “Como está la arcilla en manos del alfarero, así están ustedes en mis manos” (Jer 18, 6). Siempre estamos en manos de Dios, Él nos va creando y recreando con paciencia, incluso muchas veces a pesar de nuestras resistencias.

Habrá, por tanto, que decirle: “Tú eres, Señor, mi alfarero. Modélame según tu agrado. Termina en mí tu creación. Concédeme la gracia de creer que te sigues encargando de mí para que me deje modelar en tus benditas manos, sin quejarme cuando tengas que implicarte a fondo en la renovación de mi vida”. 

Acerca de este aspecto recomienda San Josemaría Escrivá: “No te quejes, si sufres. Se pule la piedra que se estima, la que vale. ¿Te duele? Déjate tallar, con agradecimiento, porque Dios te ha tomado en sus manos como un diamante… no se trabaja así un guijarro vulgar”.

Por lo tanto, ante las necesidades y peligros cuando digamos: “Estoy en tus manos, Señor”, no pensemos solo en la protección; pensemos que Dios es también nuestro alfarero, nuestro hacedor. Pensemos que Dios todavía, en este momento de nuestra existencia, sigue moldeando nuestra vida y hace posible que podamos superar las adversidades al volver a infundir sobre nosotros aliento de vida.

Dios no solo es un padre que protege, acoge y consuela, también es un alfarero que reconstruye, moldea y a veces tiene que arrancar algunas cosas que afectan nuestra dignidad de hijos suyos. Hay acciones del alfarero que pueden doler, pero estando en sus manos y reconociéndolo como alfarero, nos daremos cuenta que es lo que más conviene y regresará la paz y la belleza a nuestra vida porque Dios es nuestro hacedor.

Del barro de la tierra Dios formó a Adán. De la misma forma va moldeando al ser humano y no se desentiende de sus creaturas ni del mundo, aunque las situaciones se vayan tornando complicadas. Es creador y redentor, está pendiente e impulsando que la vida del hombre llegue a su plenitud.

Esto es algo maravilloso que podemos reafirmar en nuestra fe: estamos en las manos de Dios y en las de su santísima madre. Las pequeñas manos de Jesús también están sujetas a las de María, como una forma de recordarnos a nosotros que, así como en la tierra él se puso enteramente en sus manos buscando protección, así ahora en el cielo él nos confía a cada uno de nosotros en sus tiernos y amorosos cuidados.

Por medio de la Inmaculada hemos aprendido, como dice Benedicto XVI que: “El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien”.

Refiriéndose a las benditas manos de María, el santo cura de Ars señala que: “Cuando nuestras manos han tocado aromas, perfuman todo lo que tocan. Hagamos pasar nuestras oraciones a través de las manos de la Santa Virgen, las perfumará”.

Pongamos esta oración a la que nos hemos referido en las benditas manos de María para que en los momentos más complejos de nuestra vida no dejemos de sentirnos en las manos de Dios que no sólo protegen, sino que también nos van moldeando. Como reflexiona el papa Francisco:

“A mí me hace bien pensar: Jesús, Dios trajo consigo sus llagas. Las muestra al Padre. Éste es el precio: las manos de Dios son manos llagadas por amor. Y esto nos consuela mucho. Muchas veces hemos escuchado decir: no sé a quién confiarme, todas las puertas están cerradas, me confío a las manos de Dios. Y esto es hermoso porque allí estamos seguros”.

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