La salud del Papa

Editorial ACN Nº219

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Las actuales noticias sobre la condición médica de León XIV han vuelto a demostrar que el cuerpo del sucesor de Pedro no es solo un dato médico, sino un factor de poder que la Iglesia sigue gestionando con una mezcla de reserva, ritual y cálculo.

El alta del 17 de octubre, apenas cuatro días después de la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho por un adenocarcinoma detectado en fase temprana, ha sido presentada como una recuperación “según lo previsto”. Sin embargo, la velocidad del alta y la insistencia en que el viaje a América Latina de noviembre sigue en pie no disipan la evidencia, estamos ante un pontificado de apenas diecisiete meses que ya carga con un diagnóstico oncológico que, por más precoz que sea, altera el ritmo de las decisiones que León XIV aún no ha tomado.

La historia reciente enseña que la enfermedad papal no se limita al quirófano o a meras estancias de rutina. Pablo VI agradeció el interés por su salud el 1 de noviembre de 1967, tres días antes de una prostatectomía realizada en el propio Palacio Apostólico; la operación fue benigna, pero bastó para alimentar especulaciones sobre su capacidad de gobierno en plena aplicación del Concilio.

Juan Pablo II convirtió el Gemelli en el “Vaticano número tres” tras el atentado del 13 de mayo de 1981, y después, diez internaciones y cerca de ciento cincuenta días de hospitalización a lo largo de veinticuatro años, desde la infección por citomegalovirus y la colostomía hasta la fractura de cadera, la resección colónica y la traqueotomía de 2005.

Francisco, más explícito, acumuló unos sesenta días en cuatro ingresos, incluida la larga estancia de 2025 por neumonía bilateral. En todos los casos, la fragilidad física activó de inmediato las conjeturas sobre renuncias, consistorios adelantados o vacíos de poder. León XIV, al anunciar él mismo el nódulo durante el Ángelus, ha elegido una transparencia mayor que sus predecesores inmediatos; no por ello ha eliminado la lógica según la cual cada parte médico se lee también como un indicador de cuánto tiempo queda para resolver lo pendiente.

Esa lógica es especialmente visible en el Colegio cardenalicio. México ilustra con crudeza el desequilibrio acumulado. Cuenta con varios cardenales eméritos, Rivera Carrera, Sandoval Íñiguez, Arizmendi Esquivel y Suárez Inda, que ya no votan, mientras que solo dos electores activos, Carlos Aguiar Retes y Francisco Robles Ortega, superan los setenta y cinco años y se acercan al umbral de los ochenta. Ambos presentaron en su momento la renuncia canónica y el Papa Francisco les pidió permanecer por su beneplácito.

El resultado es un colegio mexicano de electores reducido a dos figuras que, en cualquier escenario de salud deteriorada del Papa, verían acortado su margen de influencia. Un consistorio convocado por León XIV sería el mecanismo para corregir una representación que, de no renovarse a tiempo, dejará a una de las Iglesias locales más numerosas del mundo con un peso mínimo en el órgano que elige al próximo pontífice.

La recuperación favorable y la detección temprana ofrecen margen, pero también un plazo. Mientras el Vaticano informa de fisioterapia y radiografías normales, las sedes episcopales vacantes o en espera de relevo en múltiples países siguen sin titulares definitivos y el Colegio cardenalicio continúa envejeciendo. La salud del Papa es un dato que obliga a preguntar si las decisiones como nombramientos de obispos y creación de cardenales se tomarán con la prudente antelación o si se seguirán posponiendo bajo la esperanza de que el cuerpo del pontífice resista lo suficiente. La salud del Papa no es sólo una cuestión de interés en su bienestar, también es de impacto en la salud de la Iglesia universal.

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