En medio de un mundo que nos invita constantemente a correr, producir y responder a las expectativas de los demás, pocas veces nos detenemos para preguntarnos: ¿Qué está pasando en nuestro interior?
Cuidar nuestra salud mental también significa aprender a mirarnos con amor, reconocernos, valorarnos y comprender que nuestra vida tiene un profundo sentido.
Amarse a uno mismo no es egoísmo. Es reconocer la dignidad que tenemos como personas, aceptar nuestras fortalezas y fragilidades, respetar nuestros límites y aprender a tratarnos con la misma comprensión con la que tratamos a quienes amamos. Quien aprende a valorarse también aprende a valorar a los demás.
Cuando no nos escuchamos, cuando vivimos buscando aprobación o cargamos con aquello que no nos corresponde, nuestro interior comienza a agotarse. Por eso necesitamos hacer pausas, guardar silencio, escuchar nuestro corazón y permitirnos descubrir qué necesitamos realmente.
La interioridad nos conduce a ese encuentro profundo con nosotros mismos, pero también puede convertirse en un espacio privilegiado para encontrarnos con Dios. En la oración podemos depositar nuestros temores, heridas, preocupaciones y sueños; podemos recordar que nuestro valor no depende de nuestros éxitos, de la opinión de los demás ni de las circunstancias que atravesamos.
Aprender a amarnos también significa confiar. Confiar en que Dios camina con nosotros, incluso cuando no entendemos el camino. Significa soltar aquello que no podemos controlar y poner nuestra vida en sus manos.
Porque cuando aprendemos a recibir el amor de Dios y a reconocer cuánto valemos ante sus ojos, nuestro corazón se transforma. Entonces podemos amar con mayor libertad, perdonar, servir, acompañar y dar a los demás un amor que no nace de la necesidad, sino de la plenitud.
Ámate, valórate, respétate y cuida tu interior. Y cuando no sepas hacia dónde caminar, vuelve al silencio; quizá ahí, en lo más profundo de tu corazón, Dios esté esperando encontrarse contigo.
Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en él su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente. –Jeremías 17, 7-8

