Si bien las críticas suelen centrarse en Barbara Butch o en la alcaldía de París, la verdadera cuestión reside en otro lugar: ¿por qué las autoridades eclesiáticas accedieron a que las iglesias se incluyeran en dicho programa?
Ante las numerosas preguntas que suscitó esta Noche en Blanco de 2026, quisimos comprender.
- Visitamos varias iglesias parisinas abiertas para la ocasión para ver qué sucedía realmente.
- Entre instalaciones inspiradas en el vudú, atmósferas inquietantes y dispositivos sonoros desorientadores ocultos incluso en los confesionarios, una pregunta se volvió fundamental: ¿cómo pudieron las autoridades eclesiásticas autorizar esto?
Cabe recordar que la polémica en torno a la Noche en Blanco de 2026 se centró principalmente en Barbara Butch. Sin embargo, tras visitar varios lugares de París, algo quedó claro: el problema principal no es Barbara Butch.
La verdadera cuestión reside
en la responsabilidad
de las autoridades eclesiásticas.
Sin su aprobación,
ninguna de las exhibiciones
habría podido realizarse.
Por ejemplo, en la capilla del Hospital Tenon, los visitantes descubrieron la instalación de Stéphane Blanquet, «La jungla sin aliento ».
- Detrás de vitrinas se exhibían numerosos objetos y máscaras inspirados en el vudú.
- Bajo las bóvedas de la capilla resonaban respiraciones, susurros, crujidos y sonidos metálicos.
- El propio artista describe una «percepción inestable de la realidad» dentro de una dinámica «casi hipnótica» .
La pregunta es sencilla:
¿cómo pudo un universo
que se inspira tan abiertamente
en la imaginación vudú…
encontrar su lugar en una capilla católica?
En la iglesia de Saint-Laurent, la instalación «Bajo la piel del cielo» fue uno de los momentos culminantes de esta Noche en Blanco.
- El edificio se encontraba sumido en la penumbra.
- Se habían colocado altavoces por todas las capillas, alrededor de los altares, el baptisterio e incluso en los confesionarios.
- Al recorrer la iglesia, las voces se superponían en una cacofonía constante.
- Algunas de las palabras, transmitidas en el corazón mismo de un espacio sagrado, expresaban fantasías tan absurdas como incomprensibles: «Me gustaría conducir a 100 kilómetros por hora » , «Quiero un reloj inteligente con todos los manuales de instrucciones ».
- El efecto general era una atmósfera extraña, a veces incluso inquietante.
- A nuestro lado, un visitante exclamó de repente: «Estamos en una iglesia, no lo entiendo…».
- Un comentario espontáneo que resumía el sentir de muchos participantes.
- Porque sí, estábamos en una iglesia católica, un lugar donde habitualmente se adora el Santísimo Sacramento, donde se celebra la Misa y donde los fieles acuden en busca de paz, contemplación y un encuentro con Dios.
Sin embargo, a medida que uno avanzaba por la estructura, emergía un universo que parecía buscar lo opuesto:
- Caos en lugar de serenidad,
- Confusión en lugar de claridad,
- Pensamientos oscuros en lugar de esperanza.
- Los efectos de sonido,
- Las voces incorpóreas,
- La oscuridad omnipresente
- y¿Y los mensajes transmitidos…crearon, en definitiva, una experiencia inmersiva cuyo significado resultaba difícil de discernir
En estos lugares dedicados a la luz de Cristo y a la proclamación de la verdad, muchos se esforzaban por comprender qué pretendían transmitir realmente estos dispositivos. Hasta el momento, la Diócesis de París no ha ofrecido respuestas claras a estas preguntas.
¿Qué criterios se utilizaron para autorizar estas instalaciones?
¿Qué discernimiento se aplicó?
¿Qué medidas de seguridad se implementaron
para garantizar
el respeto al propósito espiritual de las iglesias?
¿Cómo se explica que se permitieran
dispositivos inspirados en mundos esotéricos
o diseñados deliberadamente
para generar inquietud en lugares dedicados al culto católico?
Estas preguntas resultan aún más legítimas si se tiene en cuenta que la Noche en Blanco contó con un presupuesto de 1,3 millones de euros y que las instalaciones más controvertidas jamás podrían haberse presentado en estos edificios sin el consentimiento explícito de las autoridades diocesanas.
Los defensores del evento invocarán, sin duda, la «apertura» de la Iglesia al mundo contemporáneo y su «diálogo» con la cultura.
Pero este diálogo no debe ir en detrimento del carácter sagrado del lugar. U
na iglesia puede acoger arte; siempre lo ha hecho a lo largo de su historia. Sin embargo, este arte debe elevar el espíritu, respetar la finalidad del lugar o, como mínimo, no contribuir a oscurecer su profundo significado.
En definitiva,
no es Barbara Butch quien genera
mayor confusión
entre muchos católicos hoy en día.
Ella jamás ocultó sus convicciones
ni su visión de la cultura.
La incomprensión se dirige,
más bien,
a quienes tenían la responsabilidad
de proteger estas iglesias.
A quienes tenían el poder de decir no.
Y a quienes optaron por decir sí.
Por GABRIEL LARRADE.
PARÍS, FRANCIA.
DOMINGO 7 DE JUNIO DE 2026.
TCH.

