Este, 26 de abril de 2026, IV Domingo de Pascua, el Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En un planeta donde la violencia azota ciudades y fronteras, donde la desesperanza se ha convertido en pan cotidiano para millones de familias, el Papa León XIV nos invita a detenernos y mirar hacia dentro. No se trata de un llamado abstracto ni de una piedad de templos. Es un grito urgente, todos los bautizados estamos convocados a la santidad en medio del mundo, allí donde la vida duele, donde el trabajo agota y donde la injusticia parece invencible.
El mensaje del Santo Padre, publicado el 16 de marzo, rompe con cualquier idea cómoda de que la vocación sea asunto exclusivo de sacerdotes, religiosos o consagrados. “La vocación no obedece exclusivamente a esquemas fijos de una forma de vida”, afirma con claridad. Es mucho más profunda, nace del bautismo, que nos hace partícipes de la vida misma de Cristo. No se reduce a un estado civil ni a un hábito. Es un camino de belleza que transfigura la existencia ordinaria. “La ascética no hace al hombre ‘bueno’, sino al hombre ‘bello’”, recuerda León XIV citando a Pável Florenski. Y esa belleza solo se descubre en la interioridad: “Salir de sí para mirar al mundo no basta; hay que entrar en el propio corazón para encontrarse con el Buen Pastor que nos conoce por nombre”.
Este énfasis es revolucionario en tiempos de violencia y sangre. Mientras las noticias nos bombardean con masacres, éxodos y corrupción, el Papa nos recuerda que la verdadera transformación de la realidad no empieza con ideologías en parlamentos ni en las redes sociales, sino en el sí cotidiano del bautizado que decide vivir su fe con radicalidad. El padre de familia que educa a sus hijos en la verdad, la madre que acompaña a un enfermo, el político que rechaza la corrupción en su oficina, el joven que elige la honestidad en un mundo que premia el cinismo. La santidad no es un adorno espiritual, es levadura que fermenta la masa, luz que disipa tinieblas, la sal de la tierra.
León XIV lo dice con fuerza, la vocación nace del conocimiento mutuo entre Dios y el hombre. No es un destino impuesto, sino un diálogo de amor que madura en la confianza. Cada cristiano está llamado a pronunciar el suyo en las circunstancias concretas de su vida. Y esa confianza no debe compararse con una ingenua marcha sobre el mundo como si nada pasara, es la única arma eficaz contra la desesperanza que hoy parece pan de cada día porque el Resucitado, que da la vida por sus ovejas, no nos deja solos en la batalla.
La Jornada de este 26 de abril no es solo un día de oración por los seminarios y los noviciados. Es llamado a redescubrir que el bautismo nos hace misioneros de la santidad en el corazón del mundo. No hace falta huir del mundo para santificarlo. Al contrario, cuanto más oscuro se vuelve el escenario, más necesaria es la luz de hombres y mujeres que, desde su matrimonio, su profesión o su compromiso social, irradien la belleza de Cristo.
Que esta Jornada no pase inadvertida. Que las parroquias, las familias y las comunidades cristianas se conviertan en escuelas de interioridad y de discernimiento. Que cada bautizado se pregunte con honestidad: ¿estoy viviendo mi vocación con la radicalidad que el mundo herido necesita? Porque solo así, desde la santidad cotidiana, podremos transformar la realidad, es nuestra vocación universal. Solo así la violencia perderá su última palabra y la desesperanza dejará de ser el amargo cáliz que seguimos bebiendo.

