¿Te has preguntado alguna vez si tu vida realmente cambia algo? ¿O si tu fe se ha vuelto discreta, silenciosa, casi invisible? Puedes ir a misa, rezar, cumplir con tus deberes y, sin embargo, vivir de tal manera que nadie note que Cristo habita en ti.
Y entonces el Evangelio de hoy irrumpe con una frase que no admite evasivas. Jesús te dice, “Tú eres la sal de la tierra, tú eres la luz del mundo”.
Muchas veces piensas que ser cristiano es simplemente ser una persona honrada, correcta, que no hace mal a nadie, pero y el Evangelio te sacude, eso no basta. Puedes ser correcto y no transformar nada. Puedes no hacer daño y tampoco hacer el bien que Dios espera.
Jesús no te dice, sé buena persona. Te dice algo mucho más exigente, tú eres la sal de la tierra, tú eres la luz del mundo. No dice deberías ser, dice eres. Es identidad, no sugerencia. La sal no existe para sí misma, existe para dar sabor. Si pierdes su fuerza, no sirve para nada.
Así también tu fe. No está hecha para quedarse encerrada en tu interior. Está hecha para dar sabor a la vida familiar, al trabajo, a la sociedad.
La luz tampoco se enciende para ocultarse, se pone en alto para que alumbre. Y Jesús añade la clave, que vean tus buenas obras y den gloria a Dios. No se trata de que te admiren, se trata de que al ver tu vida descubran al Padre.
El profeta Isaías lo concreta aún más, dice: ‘renuncia a oprimir, destierra la palabra ofensiva, comparte tu pan con el hambriento, sacia al humillado.’ Entonces dice, ‘tu luz brillará en medio de las tinieblas’. Aquí está la verdadera espiritualidad, no es teoría, es una vida concreta.
Piensa en tu casa, tu manera de hablar ilumina o oscurece. Tu paciencia conserva la unidad o la erosiona. Piensa en tu trabajo, eres al que preserva la honestidad o te acomodas para no complicarte.
Cada acto coherente con tu fe fortalece en ti circuitos de virtud. Cada concesión al miedo fortalece circuitos de tibieza. La atención es limitada, aquello en lo que te enfocas modela tu carácter.
Si te enfocas sólo en sobrevivir, te vuelves gris. Si te enfocas en amar como Cristo, te vuelves luz y sal. El mundo no necesita cristianos ruidosos, necesita cristianos luminosos.
Mira a los santos, no fueron personas tibias, fueron hombres y mujeres que dejaron que Cristo los encendiera por dentro. Pídele hoy al Señor que no permita que tu sal se vuelva insípida, ni que tu luz se apague.
La conversión concreta podría comenzar así esta semana. Decide un acto visible de caridad. Corrige con serenidad una injusticia. Habla con verdad donde antes callabas.
Perdona sin esperar que el otro lo merezca. Pequeños actos repetidos transforman tu interior y tu entorno. La luz no necesita ser grande, necesita ser constante. Sin Jesús, la vida pierde sabor. Sin Él, caminas en penumbra. Acércate a Cristo, déjate iluminar.
Y entonces, sin necesidad de discursos, tu vida misma hablará. Que esta semana, donde tú estés, haya más claridad, más justicia y más amor. Porque tú no estás llamado sólo a ser bueno, estás llamado a dar sabor, estás llamado a ser luz.
Feliz domingo. Dios te bendiga.


