No reina dominando, reina entregándose…

Hoy concluimos el año litúrgico con esta solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. La Iglesia coloca esta fiesta al final del camino para recordarte que toda la historia, toda la creación y toda tu vida tienen un punto de llegada, Cristo reinando desde la cruz, no desde el poder humano. Por eso esta fiesta corona el año porque nos muestra hacia dónde camina todo lo que creemos, celebramos y esperamos, hacia el amor que es lo único que salva.

¿Alguna vez has sentido que Dios debería actuar más rápido, más fuerte o más a tu manera? Esa tentación aparece cuando la vida aprieta, cuando algo duele, cuando algo falta o cuando algo no se entiende. Queremos un Dios que arregle, no un Dios que acompañe, un Dios que baje de la cruz, no un Dios que permanezca en ella. Y sin darnos cuenta pedimos exactamente lo que sus enemigos le gritaban a Cristo, ¡sálvate a ti mismo!

En el Evangelio de hoy, Jesús reina desde donde nadie imaginaría, desde la cruz, humillado, herido y burlado. Las autoridades, los soldados y uno de los malhechores se mofan de él porque no usa el poder como ellos esperan. Todos repiten la misma lógica, demuestra que eres rey bajando de la cruz. Pero Jesús no gobierna imponiéndose, gobierna amando.

No reina dominando, reina entregándose. No salva evitando la cruz, salva quedándose en ella. Y mientras el mundo lo rechaza, sólo una voz se abre, la de ladrón arrepentido. En él ocurre un milagro interior, lo que podríamos llamar un cambio súbito de visión. Reconoce su verdad, reconoce la inocencia de Jesús y se abandona su misericordia. “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y Cristo, desde su trono de madera, pronuncia la frase más compasiva del Evangelio, “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ese es nuestro rey, uno que abre el paraíso a un hombre que lo único que puede ofrecerle es su miseria y su confianza.

Tú y yo cargamos también nuestras propias cruces diarias, decisiones difíciles, culpas antiguas, cansacios que no expresamos, heridas que arrastramos. Y en esos momentos aparecen las dos voces del Evangelio, la del malhechor orgulloso que exige, Señor, resuélvelo ya a mi modo, y la del ladrón humilde que suplica, acuérdate de mí.

Tú no necesitas un Dios que te dé soluciones instantáneas. Necesitas un Dios que te dé presencia, perdón, paz y un rumbo. Eso se encuentra únicamente cuando, como el buen ladrón, te atreves a decir, Señor, acuérdate de mí. Esta solemnidad que cierra el año litúrgico te invita a revisar desde dónde buscas a Cristo. ¿Lo quieres como rey o como una varita mágica? ¿Le permites gobernar tu vida o sólo te acuerdas de Él cuando necesitas que resuelva algo?

Conviértete hoy. Eso significa reconocer tu verdad sin máscaras y decir, “Señor, yo sí necesito que me salves”. Reconocer su inocencia porque Él no es culpable de tu dolor, sino quien lo carga contigo, y hacer una súplica humilde que abre puertas que parecían cerradas. Jesús, acuérdate de mí.

Esa frase cambia destinos, abre el paraíso y restaura el corazón. Hoy, ante Cristo Rey, no mire solamente la corona de espinas. Mira al Rey que la lleva por ti.

Mira al Rey que no conquista territorios, sino corazones, que no impone fuerza, sino misericordia, que no gobierna desde un trono imponente, sino desde una cruz que se convierte en puerta abierta al paraíso. Y dile desde lo más profundo, Señor, no quiero que bajes de la cruz. Quédate ahí porque es de ahí desde donde tú me salvas.

Feliz domingo. Dios te bendiga.

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