Siguiendo el contexto del camino a Jerusalén, que es un camino de formación para los discípulos, Jesús nos da pautas para vivir como peregrinos en este mundo. Sí, como peregrinos, ya que no venimos a quedarnos, vamos de paso; es una verdad que tenemos que comprender e interiorizar para vivir teniendo siempre en el horizonte la vida eterna que Dios nos ofrece. El Evangelio de hoy está en continuidad con el del domingo pasado, recordemos: “¡Insensato!, esta misma noche vas a morir”. La vida es frágil y no nos pertenece, vamos de paso. Jesús quiere dejarnos claro que el tesoro que vale la pena tener es el que nos conduce a Dios; los tesoros humanos, se los come la polilla, pueden ser robados, atenazan nuestro corazón; nos hacen perder la mirada de Dios, y no olvidemos que aquello que atesoramos, son otros los que lo disfrutarán. Basta que abramos los ojos y podremos ver cómo la cultura actual centra la felicidad en el tener, en el acumular, de allí que exista una carrera por trabajar más y ganar más, con la finalidad de acumular. Recordemos el Evangelio del domingo pasado que hablaba de aquel rico insensato. Jesús conoció ricos en Séforis, en Tiberíades, que fueron capaces de acumular riquezas, de tener tesoros; pero conoció pobres que vivían al día, que soñaban con tener tesoros. Jesús desea dejar claro para ricos y pobres cuál es el verdadero tesoro. El Evangelio nos dice: “Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla”. Jesús nos dice esto, con la finalidad de que nadie sea seducido por el brillo de los tesoros del mundo; quiere que sepamos cuál es la manera más humana de “atesorar”.
Él explica que hay dos maneras de atesorar; algunos tratan de acumular cada vez más dinero, casas, tierras, etc., no piensan en los necesitados, no dan limosna a nadie, su única obsesión es acaparar más y más; pero existe otra manera de atesorar radicalmente diferente, y no consiste en acumular bienes, sino en compartir los bienes con los pobres para hacerse un tesoro en el cielo, es decir, ante Dios. Sólo este tesoro está bien protegido, de allí que Jesús lance el grito: “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”.
Hermanos, la vida es corta, no podemos gastar nuestro tiempo en acumular riquezas de este mundo y dejar de vivir con intensidad de cara a Dios. Démonos
cuenta que Dios nos ha puesto de administradores de los bienes, no somos dueños y menos los podremos llevar el día que nos llame a cuentas. A los bienes, debemos darles el lugar que merecen, pero jamás entregarles el corazón. No apegarnos a las riquezas, por eso hoy Jesús nos pide dos cosas: vigilancia y desprendimiento.
Existen muchas necesidades, por las que nosotros desde nuestra situación, podemos hacer algo; pidamos a Dios que abra nuestros ojos para ver la necesidad del otro y podamos descubrir que podemos hacer algo. Es tiempo que analicemos:
¿Cómo está nuestro tesoro frente a Dios? ¿Acumulamos haciendo obras de caridad? ¿Le abonamos ayudando al necesitado? ¿Estoy consciente de que soy peregrino, de que estoy de paso?, y más aún, el Papa Francisco, nos invitó en la bula «Spes non confundit», con la cual nos convocó a vivir el Jubileo Ordinario del año 2025; nos convocó a vivirlo siendo “peregrinos de esperanza”. Hermanos, estamos en un mundo de grave crisis de esperanza. La crisis de esperanza y la crisis de seguridad, que es su fundamento, sólo se solucionarán pasando de las expectativas humanas más o menos fundadas, a la confianza en el Dios del Reino. En el Evangelio, Jesús señala los modos y maneras de esta confianza: No dejarse llevar por la angustia de la escasez futura y, por lo tanto, no acumular. Somos peregrinos de esperanza, cuando compartimos nuestros bienes de la tierra con quienes los necesitan, porque estamos seguros que así acumulamos en el cielo un tesoro que no se acaba. Aunque se vive una crisis de esperanza, el ser humano es alguien que necesita constitutivamente vivir esperanzado, porque sin el horizonte de la esperanza, viviremos vagabundos, oprimidos por lo circunstancial.
Hermanos, Jesús en el Evangelio nos asegura que es posible la esperanza porque tenemos garantizada la meta, no por nuestros méritos o esfuerzo, sino por puro amor de Dios por nosotros: “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino”. Un Reino que es Él mismo, con todo lo que conlleva de plenitud y felicidad personal y universal; un Reino que nos hace reconocer el tesoro que son nuestros hermanos y procurar su bien, compartiendo lo que somos y tenemos. Las palabras de Jesús, son una invitación a la felicidad fundada en el amor verdadero, el amor laborioso que no conserva para sí lo que tiene, sino que lo comparte con los que menos tienen o no tienen absolutamente nada; y esta es la caridad, la verdadera riqueza que nos hace semejantes a nuestro Salvador, la única riqueza que no teme la usura y no se devalúa.
Preguntémonos hermanos: ¿Estoy realmente acumulando un tesoro en la presencia de Dios? ¿Cómo lo estoy acumulando? …
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Feliz domingo para todos.

