Francia, hija mayor de la Iglesia, ¿qué hiciste de tu bautismo?

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Por lo menos hasta este momento no ha sido una nueva publicación, o una producción cinematográfica, o un programa sensacionalista el que genera controversia y enrarece el ambiente para intentar desacreditar y estropear la celebración de nuestra fe, como regularmente sucede en torno a la Navidad y la Semana Santa.

La liturgia de la Iglesia contiene una mistagogía y una pedagogía para preparar estas festividades, para llegar a percibir el misterio y para desear ardientemente la celebración de nuestra fe. Esta preparación cuidadosa, intensa y emotiva pone en nuestros labios las mismas palabras de Jesús: “Con ansia he deseado comer esta pascua con ustedes, antes de padecer” (Lc 22, 15).

Estos tiempos de preparación despiertan el hambre de Dios, la ilusión y la expectativa por llegar a recibirlo. De ahí que ese tipo de publicaciones o producciones, presentadas en vísperas de estas fiestas, lleven la aviesa intención de lastimar la sensibilidad religiosa de nuestros fieles y de desalentar la celebración de los misterios de nuestra fe.

Pero en esta ocasión ha sido dolorosa e ignominiosa la insensata decisión del Congreso nacional de Francia al incluir el “derecho” al aborto en su Constitución. A esas alturas se ha trepado esta mentalidad de muerte y destrucción, pervirtiendo todo a su paso.

No es que haya fechas más favorables para recibir una terrible noticia como ésta, pero en el momento que la celebración de nuestra fe se hace más necesaria, intensa y emotiva cómo duele enfrentar estas situaciones en las que el hombre se burla de Dios y lo sigue sentenciando a muerte.

En Veracruz hemos vivido episodios como este. El 20 de julio de 2021, mientras se celebraba la fiesta del Divino Niño, en un marco tan íntimo y sagrado como éste, los diputados despenalizaron el aborto en nuestro Estado.

Nos encontrábamos admirando y contemplando la bondad, ternura y belleza de la niñez, cuando los diputados de Veracruz impulsaron este mecanismo de muerte. Parece que no basta la violencia generalizada en nuestro Estado, sino que ahora, inauditamente, también se promueve desde nuestras leyes. En el momento en que la fe nos ponía delante la celebración del Niño Jesús, se orquestaba en el Congreso de Veracruz la eliminación de los niños.

Sufriendo y lamentando una jornada fatídica como esa, que ha impuesto el luto en la historia de un Estado que ama la vida -y donde a borbotones brota la vida-, quedaba sólo al alcance de los creyentes la constatación de las maquinaciones del maligno que se ensañó de esta manera contra el pueblo de Dios, haciendo coincidir la aprobación de una ley contra la niñez el día que celebrábamos la divina niñez de Nuestro Salvador. Así se urdía un escenario blasfemo que acentuaba el sufrimiento de los creyentes.

Este mismo sufrimiento se sobrelleva al constatar los niveles que ha escalado la mentalidad abortista y precisamente en Francia, “la hija mayor de la Iglesia católica”. En vísperas de la pascua, nuevamente Jesús ha sido sentenciado a muerte en la persona de los bebés que quedan cada vez más expuestos a la violencia, a las aberraciones y arbitrariedades del poder ideológico.

Como ha señalado el P. Winter: “Los acusadores de entonces están muertos -escribió un hebreo como conclusión de un apasionado libro sobre el proceso de Jesús-. Los testigos se fueron a casa. El juez dejó el tribunal. Pero el proceso de Jesús sigue todavía”.

El mal siempre espera su momento para arrebatar e imponerse. Se disfraza de cultura, progreso, racionalidad, legalidad y democracia para ir, poco a poco, escalando puestos e influencia. Como dice Mons. Charles Chaput: “El mal predica la tolerancia hasta que llega a ser dominante, entonces trata de silenciar al bien”.

Eso ha venido sucediendo con terribles consecuencias. Se comienza a exigir tolerancia hasta que el mal sigue escalando puestos, influencias, poder y privilegios. Y una vez que está encumbrado se muestra implacable e intolerante contra el bien.

Hemos llegado a ser ingenuos al pactar con el mal. Eso ha pasado con los gobiernos, los movimientos culturales y las ideologías, al pensar que se pueden poner diques al mal, al que se le hacen concesiones. Pero el mal no tiene palabra de honor y llega el momento que se sale de control y ataca despiadadamente, desconociendo las negociaciones turbias, las formas democráticas, los protocolos y consensos.

Basta tolerar el mal, que no tiene palabra de honor, para que termine por eliminar el bien y por normalizar su conducta peligrosa, aberrante y destructiva. El padre Dwight Longenecker señala así el camino que ha seguido el mal que exige tolerancia hasta que encumbrado se hace intolerante, persiguiendo a sus contrarios:

“Primero ignoramos el mal.
Luego permitimos el mal.
Luego legalizamos el mal.
Luego promovimos el mal.
Luego celebramos el mal.
Y finalmente perseguimos a todos aquellos que todavía lo llaman mal”.

Algunos ilustrados llegan a reaccionar contra esta tiranía. De manera dramática y conmovedora Salvador Dalí i Cusí (padre del famoso pintor surrealista español) explica así su conversión, señalando los errores que Francia ha difundido y en cuya tradición se inspiran tantos “ilustrados” de ayer y de hoy:

“Toda mi concepción se me rompió. Llegó un momento en el que mi agobio fue tan gordo, mi desencanto tan indescriptible, mi estado de miseria tan enorme, que un día encontré a un amigo y le dije: ‘Si no estoy muerto, haz el favor de avisarme el día que abra al culto la iglesia parroquial de Figueras, y allá me encontrarás, en el primer banco delante del presbiterio y del altar’. Las bromas se han acabado. Tengo la impresión de haberme pasado la vida diciendo cuatro tonterías, demenciales, copiadas, literalmente, de Francia. (…) Todos estos tópicos (…) son absolutamente falsos”.

El connotado genetista francés Jérome Lejeune afirmaba que: “Una sociedad que mata a sus hijos pierde al mismo tiempo su alma y su esperanza”. Al referirse a otros totalitarismos, señalaba: “Todo lo que sucedía en los campos de concentración se basaba solo en una doctrina: ‘un prisionero no es un hombre’. Eso permitía todo. Lo mismo para un embrión si decimos: un embrión no es un hombre. Eso permitirá los crímenes más horrendos”.

Como sucedió con la revolución francesa, cuyos errores se difundieron en el mundo, se puede esperar que este nuevo episodio tiránico, sangriento y totalitario vaya logrando simpatía en los países que quieren estar a la vanguardia, de acuerdo a los parámetros del pensamiento políticamente correcto.

Delante de esta adversidad habrá que recordar con esperanza que, en el país de la revolución, del terror y del positivismo de Comte, así como de las ambiciones expansionistas de Napoleón, no se eliminó la fe como se pretendía, sino que la Providencia fue suscitando sin alboroto almas pequeñas que engrandecieron y embellecieron la fe.

A esta época pertenecieron el bondadoso Cura de Ars, la encantadora Teresita de Lisieux, la cándida Bernardette Soubirous, el apasionado profesor Ozanam comprometido con los pobres y la religiosa Catalina Labouré que nos entregó la Medalla Milagrosa.

Asimismo, una pléyade de escritores como Georges Bernanos, Léon Bloy, Paul Claudel, Charles Péguy, entre muchos otros, que mostraron la belleza y profundidad del evangelio en sus obras literarias.

Hay que apropiarnos la oración de la mística francesa Marthe Robin para pedir por Francia y por los países que normalizan la violencia hacia los bebés: “Oh Padre, oh Dios mío, libera y salva a tu Francia ahora; prepara los corazones de sus hijos para la misión que tendrán que cumplir por ella, por todas las demás naciones, por toda la Iglesia”.

Que, delante de esta atrocidad, planteemos la pregunta profética de Juan Pablo II: “Francia, hija mayor de la Iglesia, ¿qué hiciste de tu bautismo?”

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