No nos cansemos de pedir, de buscar, de tocar

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XVII Domingo del Tiempo Ordinario

En el Evangelio de hoy seguimos en el camino discipular: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos”. Los discípulos observaban que Jesús oraba sin cesar, así lo muestra San Lucas. Su modo de orar tuvo que impactar a sus discípulos, por eso, uno de ellos le pide: Enséñanos a orar”. Jesús motiva con su ejemplo orante y sus discípulos desean ser enseñados. Orar no era sólo una parte de la vida de Jesús, era la vida misma; la razón de su ser es el Padre. Por eso, mantiene una relación de amor constante, a través de una activa, confiada e íntima comunicación. Pedirle a Jesús que les enseñe a orar, es pedirle que les enseñe a vivir como Él vive, a amar al Padre como Él lo ama, a ser uno con el Padre. Curiosamente, no gasta tiempo, ni palabras, en hablar de técnicas, modos o posturas físicas en la oración. Creo que siempre existirá la necesidad de aprender a orar, a dirigirnos a Dios. Jesús pone la base principal, esta es, dirigirse a Dios como a un padre: “Cuando oren digan: “Padre”. Dios no es una entidad abstracta, un Dios lejano, es un Padre amoroso. Es esencial el concepto o imagen que tengamos de Dios, eso marcará la forma de dirigirnos a Él. Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación”. Ésta es una oración tan bella, y sin embargo muchas veces la rezamos sin darnos cuenta lo que pronuncian nuestros labios. Toda se desarrolla bajo el signo de la paternidad de Dios; paternidad que genera fraternidad.

En un mundo como el nuestro, marcado por las prisas, lleno de preocupaciones y ocupaciones; un mundo donde la oración parece no tener espacio, donde el tiempo no alcanza ya que estamos muy ocupados en las redes sociales. Jesús a través de su Evangelio, nos sigue invitando para que busquemos momentos para la oración, ya que la oración puede darnos esa paz interna que tanto nos hace falta. Además de enseñarnos a dirigirnos a Dios como a un Padre, nos enseña Jesús la actitud: El que ora ha de ser insistente, constante, perseverante, sin desanimarse, así nos dijo: “Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá…”. No podemos olvidar que, en nuestros días, deseamos las

cosas rápido, el tiempo es valioso y todo lo queremos aprisa. Es momento para valorar la paciencia en todas las cosas que emprendemos, así como en la oración; debemos ser pacientes, constantes, esa constancia irá formando hábitos en nuestra persona.

Les invito para que busquemos espacios para la oración; que tengamos momentos en medio de las preocupaciones y ocupaciones de la vida, demos un espacio para la oración y reflexión. Que tengamos esa actitud que escuchamos en el Evangelio, de ser “constantes”, que no nos desanimemos; si sentimos que Dios no nos escucha, quizá está probando nuestra constancia, está esperando que hagamos lo que nos toca. No nos cansemos de pedir, de buscar, de tocar. Dicha actitud, debe llevar un conocimiento, es decir, que sepamos pedir. Preguntémonos: ¿Lo que pido es para mi bien? ¿Lo que pido a Dios no está marcado por mi egoísmo o por comodidad? Es esencial en la vida saber qué buscamos, sólo así podremos encontrar lo buscado, ¿qué busco en la vida?; si sé pedir y sé lo que busco en la vida, será más fácil descubrir qué puertas tocar.

Hermanos, sé la importancia de la oración en la vida del cristiano. San Agustín decía: ‘La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él’. Una oración que se dirige a Dios Padre, pero que no queda en plegaria pasiva, en dejar que Dios haga todas las cosas; una oración activa, se dirige a Dios para que ilumine nuestra manera de actuar en la vida ordinaria, es allí donde nos toca poner nuestro granito de arena. Tengamos siempre la confianza en que Dios nos escucha, pero no siempre en los tiempos y en los modos que fijamos nosotros. Dios nos escucha siempre, pero a su “modo”. O sea, según su generosidad infinita de Padre, “no a nuestro modo” que siempre es reductivo respecto a los proyectos divinos.

La Eucaristía es la forma más elevada de oración comunitaria; cada vez que la celebramos, volvemos a hacer nuestras las palabras orantes que nos enseña Jesús: “Padre nuestro…” Que Él nos comunique su actitud de Hijo, nos enseñe a buscar siempre la voluntad del Padre.

Hermanos, que nuestra oración no sea sólo un quehacer, sino una actitud, la de vivir la propia vida en la presencia de Dios, una actitud humilde y sencilla en el orante. La oración cristiana es de alguna manera “un abrazo con Dios”.

¿Cómo es nuestra oración?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan