«Un tesoro que hay que custodiar, no perseguir»: la Misa tradicional

ACN

En el corazón de la Iglesia católica, una de las expresiones más nobles de la fe y del culto —la Misa en latín según el Misal de 1962— se ha convertido en los últimos años en objeto de severas restricciones y de una creciente marginación.


Lo atestiguan no sólo documentos oficiales, como el Motu Proprio Traditionis custodes promulgado por el Papa Francisco en 2021, sino también las voces de dolor de cardenales como Raymond Leo Burke y Gerhard Müller, figuras eminentes que denuncian sin rodeos una auténtica «persecución» contra los fieles apegados a la liturgia tradicional.


El cardenal Burke, en un discurso público reciente, reveló que había expresado al papa León XIV la esperanza de que esta persecución finalmente cesara.

Palabras contundentes, que resuenan como un grito de dolor de toda una porción del pueblo de Dios que solo pide poder adorar al Señor en la forma más antigua y solemne del rito romano. El propio cardenal Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, esperaba que el nuevo pontífice tuviera un gesto simbólico y reparador que restituyera la plena ciudadanía eclesial a quienes se nutren espiritualmente de la liturgia tradicional.

Un tesoro litúrgico y espiritual

La Misa Tridentina no es una moda pasajera ni una regurgitación nostálgica.

Es un patrimonio vivo de la Iglesia universal, fuente de belleza teológica, sacralidad y profunda adoración.

  • El latín,
  • la orientación hacia Dios (ad orientem),
  • los silencios contemplativos,
  • la música gregoriana:

Todo en ella contribuye a sumergir el alma en un misterio que trasciende el tiempo, arraigando la celebración en el corazón bimilenario de la tradición cristiana.

No es casualidad que la peregrinación tradicionalista a Chartres, Francia, siga experimentando un crecimiento constante de jóvenes participantes: de 13.000 en 2020 a 18.000 en 2024. En una época en la que los jóvenes parecen cada vez más alejados de la fe, este fenómeno representa una señal contracorriente y profética. El deseo de una liturgia más elevada, más sagrada y más centrada en Dios no es un capricho reaccionario: es una profunda cuestión de verdad y belleza, a la que la Iglesia está llamada a responder con amor y escucha.

Durante el pontificado del papa Francisco, la misa en latín fue sujeta a restricciones sin precedentes. No solo se han cerrado muchas comunidades, sino que en algunos casos incluso se han revocado beneficios materiales y se ha destituido a obispos y cardenales vinculados a este mundo.

Burke, por ejemplo, fue despojado de la Placa Cardenalicia, mientras que otros prelados han sido sistemáticamente marginados por haber expresado posturas teológicas coherentes con el Magisterio de todos los tiempos.

El Motu Proprio Traditionis custodes, lejos de sanar las divisiones, ha acabado polarizando aún más el tejido eclesial. No es raro que en muchas diócesis los fieles apegados al rito antiguo sean tratados con recelo, o incluso con abierta hostilidad. Y todo esto en nombre de una presunta unidad que, en lugar de acoger la legítima diversidad litúrgica, ha impuesto una uniformidad rígida e ideológica.

Con la elección del Papa León XIV, muchos esperan un cambio de rumbo. El nuevo Pontífice ya ha enviado un mensaje de cercanía a los peregrinos de Chartres, recordando que «el Papa León reza por cada peregrino que experimenta un encuentro personal con Cristo». Palabras sencillas, pero llenas de significado, que nos permiten vislumbrar la posibilidad de un nuevo diálogo y una reapertura al mundo tradicional.

Esto no sería solo un acto pastoral, sino profundamente eclesial: reconocer que en la liturgia tradicional no hay un peligro que neutralizar, sino un don que valorar; no un enemigo ideológico, sino hijos de la Iglesia que merecen respeto, escucha y espacio. Benedicto XVI, con Summorum Pontificum, ya había indicado este camino, al hablar de la «forma extraordinaria» como una riqueza para toda la Iglesia.

El futuro de la Iglesia no se juega en la represión de sus raíces, sino en su fructífera integración en el presente.

Una Iglesia que teme su propio pasado, que cierra las puertas a la Tradición viva, corre el riesgo de volverse estéril y autorreferencial.

Por el contrario, una Iglesia que sabe custodiar sus fuentes, como una madre con sus hijos mayores, se abre a la gracia de la continuidad, sin renunciar a la verdad.

La misa en latín no es una carga, sino una fuente de la que beber.

En ella resuena la voz de los santos, los mártires, los Padres de la Iglesia. Es hora de que vuelva al lugar que le corresponde: no como una excepción tolerada, sino como una forma legítima y fructífera de culto católico.

Que León XIV tenga la valentía de reparar, con justicia y caridad, la herida que ha herido a tantos fieles. Y que la Iglesia recupere la fuerza de sus pulmones. Incluso los de la Tradición.

Por ANGÉLICA LA ROSA.

INFORMACIÓN CATÓLICA.

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