¿Tú nunca te cansas de Dios? Mirando al burrito

Qué necesidad de fijarse en el burro cuando hay tantas cosas que se pueden señalar y tantas enseñanzas que se pueden resaltar en el relato de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que se proclama solemnemente al inicio de la Semana Santa.

No quisiera que reaccionaran de manera puritana, como si yo estuviera banalizando estas fiestas y poniendo en segundo plano lo más esencial de la fe cristiana que se celebra estos días de pascua.

Sin embargo, en medio del ambiente de tensión y confrontación aparece un detalle que refleja, una vez más, el señorío, la serenidad y la humildad de Jesucristo al preparar su entrada en Jerusalén, pidiendo a sus discípulos que traigan un burrito.

Las palabras que utilizan los discípulos enviados no son para tranquilizar al dueño, eventualmente sorprendido cuando ve que están desatando al pollino, pero sí son para inquietar a todos los que sentimos el llamado de Dios: “El Señor lo necesita”. Así aparece en el evangelio y es Palabra de Dios que nos ubica no solamente en un momento concreto de la vida de Jesús, sino delante de la pedagogía del Señor.

Ese sigue siendo el misterio de la Providencia divina que pudiendo hacer las cosas de manera determinante porque tiene el poder, que pudiendo resolver el problema del hombre de un carpetazo, sin embargo, sigue necesitando de nosotros para construir su reino.

El Señor nos necesita y eso redimensiona el valor de nuestra vida. Cómo un Dios nos necesita, cómo Dios que todo lo puede pide nuestra colaboración. Pero nos necesita de manera humilde y comprometida. En el reino de Dios no hay que buscar el protagonismo ni los reflectores, sino hacer lo que nos toca para que el que se vea sea Jesús, el que brille sea Jesús; para que el Señor sea conocido, amado y alabado.

Aprender, por tanto, a aceptar nuestro papel reconociendo que ya es un privilegio saber que Dios nos llama y nos necesita. Como decía el Cardenal Albino Luciani: «Cuando me hacen un cumplido, tengo necesidad de compararme con el jumento que llevaba a Cristo el día de ramos. Y me digo: “¡Cómo se habrían reído del burro si, al escuchar los aplausos de la muchedumbre, se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado –asno como era– a dar las gracias a diestra y siniestra!… ¡No vayas tú a hacer un ridículo semejante…!”»

Algo parecido plantea San Josemaría Escrivá: “La soberbia concede una gloria muy efímera. Necesita motivos para destacar sobre los demás. Nunca da paz ni sacia. Conozco un borrico de tan mala condición que, si hubiera estado en Belén junto al buey, en lugar de adorar, sumiso, al Creador, se hubiera comido la paja del pesebre…”

Si hay borricos de mala condición los hay también de buena ralea, como el que se menciona en el capítulo 22 del libro de los Números. Balaam, del que nos habla este libro del Pentateuco, es un profeta contratado por los enemigos de Israel para que maldiga a este pueblo, y así poder vencerlo. Balaam en la Historia Sagrada representa el fruto del cálculo de los hombres para que no se realicen los planes de Dios. Pero, al mismo tiempo, Balaam es el triunfo de Dios sobre los cálculos de los hombres, sobre el modo en el cual los seres humanos consideramos las cosas.

Nos narra la Escritura que cuando Balaam maldice al pueblo de Israel, un ángel se le aparece, pero sólo la burra en la que él va montado lo puede ver. Y aunque el profeta intenta que la burra siga caminando, no lo logra pues la burra está muy asustada. De pronto Baalam también ve al ángel y dice: ¡Cómo es posible que un animal haya visto lo que yo no veía! Esto hace que él reflexione y cambie. Y en vez de hacer una profecía de maldición, hace una profecía de bendición: “Qué hermosas son tus tiendas, son como extensos valles, como jardines junto al río…” (Num 24, 5-9).

Por lo tanto, hay mucho que hacer de acuerdo a la necesidad que Dios tiene de nosotros. El Señor necesita nuestro servicio. Así comenta este pasaje evangélico Mons. Robert Barron: “Mi vida no me pertenece, en este acto rindo todo motivo de carrera y mis propios planes. Mi vida entera se trata del Señor y de lo que el Señor necesita, quiero ser un instrumento para los propósitos de Cristo”.

“Dios no necesita nada. Pero Cristo, Dios hecho hombre, ha querido hacerse pura necesidad, como nosotros. Y necesitó la leche de su madre para crecer, y los cuidados de José para sobrevivir, y el agua de la samaritana para beber, y el apoyo de un pollino para entrar en Jerusalén” (José F. Rey Ballesteros).

Por supuesto que Dios, en sentido estricto, no necesita nada, pero el privilegio de la vida cristiana consiste en reconocer que Dios nos permite cooperar con su providencia para atraernos a su gloria. Desde esta perspectiva, qué maravilloso poder decir que Dios nos necesita. Sigue comentando Mons. Barron:

“Los dones que tenemos no son cosas que he ganado o merecido, sino que Cristo los puede utilizar para sus propósitos”. La inteligencia, el coraje ante los desafíos, la compasión por los pobres, la capacidad para trabajar con los niños, el carácter sociable y popular de una persona, todo esto permite trabajar mejor para los propósitos de Dios, para realizar su difícil y peligrosa obra.

De esta forma Mons. Barron da un criterio para nuestra vida espiritual: “El modo en que miramos nuestra vida cambiará completamente si logramos absorber esta pequeña frase: El Señor lo necesita”. Se trata, por lo tanto, de identificarse con este burrito, mirar la vida entera y decir: El Señor lo necesita.

Para un cristiano siempre será un privilegio vivir para el Señor y dejar que nos utilice para sus propios propósitos, que siempre tienen que ver con el bien y la salvación de todos los hombres. Dejar que nos utilice para sus propósitos no es una especie de servidumbre o esclavitud, sino la manera más humana y perfecta de vernos realizados como personas.

En María Santísima tenemos un ejemplo de cómo se permite al Señor que nos use para sus propósitos, por eso ella se asume consciente, libre y alegremente: “Yo soy la esclava del Señor”.

San Josemaría Escrivá lo llegará a expresar de esta manera: “¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! No la verán entre las palmas de Jerusalén, ni -fuera de las primicias de Caná- a la hora de los grandes milagros. Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, ‘iuxta crucem Jesu’, junto a la cruz de Jesús, su Madre”.

Viendo al burrito, al inicio de la Semana Santa, caigamos en la cuenta que el Señor nos necesita para una misión que implica una entrega total y en la que no faltan cansancios y resistencias.

En alguna ocasión se le preguntó a un monje, ¿Tú nunca te cansas de Dios? Y contestó: “Nosotros somos como ese cortejo que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén el domingo de ramos. Hay quien canta, quien extiende sus mantos, quien está al frente del cortejo, quien está al final y le cuesta más, quien está más cerca de Jesús. Pero luego está el asno, quien se cansa más que todos porque lleva a Jesús. Y siente todo el peso de aquel camino, de aquel Dios y también él es el más cercano a Jesús. Cuando sintamos dificultad y cansancio o el peso de Dios, quizá somos como el burro del cortejo, el más cercano a Cristo: estamos llevando su peso. Y lo importante es continuar, porque justo después está Jerusalén”.

Como Santa Bernardita Soubirous hay que agradecerle al Señor que se haya fijado en nuestra pequeñez y que nos haya elegido para servirle. No tenemos que fijarnos si la misión asignada es grande o brillante: basta que Dios haya querido utilizarnos, servirse de nosotros, basta el hecho de que confíe en nuestra colaboración. Esto en sí mismo es tan inaudito, tan grandioso, que toda una vida dedicada al agradecimiento no bastaría para corresponder.

En cierta ocasión una hermana religiosa le enseñó a Bernadette una foto de los lugares de Lourdes y manifestaba la grandeza de haber sido elegida para tan gran don. Bernardita se limitó a sonreír y, con aparente ingenuidad, preguntó:

– Hermana, ¿para qué sirve una escoba?
– Para barrer.

Bernardita siguió preguntando:
– ¿Y después?
– Se guarda en su sitio, detrás de la puerta.
– Así ha hecho la Virgen conmigo. Me usó y me ha vuelto a poner en mi sitio. Y yo estoy muy bien así.

Con Santa Bernardita podemos decir: gracias Señor por llamarme, gracias por elegirme, gracias por asignarme una misión, gracias por utilizarme y por colocarme en el lugar que tú quieres.

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *