Tenemos una gran misión…

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el V Domingo del tiempo Ordinario

Mons. Cristobal Ascencio García
Mons. Cristobal Ascencio García

A Jesús lo sigue escuchando una multitud en el Sermón de la Montaña, pero sus discípulos están cerca de Él, así que después de las bienaventuranzas, les deja claro que no es sólo doctrina o un mensaje que quedará en el viento, es un compromiso de vida y ellos serán los que a través de su vida van a ser fermento para que ese mensaje se viva. Podemos decir que está dando los lineamientos del perfil de todo cristiano, y define de forma atractiva con dos imágenes, la identidad de sus seguidores. De allí que les diga: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”. Escuchemos bien, dijo: “son la sal”, no les dice: “un día llegarán a ser sal”, no les pregunta: “¿quieren ser sal?”, por lo tanto, es un imperativo… ya son sal… ya son luz… su misión en la tierra ya ha iniciado.

La sal es un elemento indispensable para la vida: Sazona los alimentos, purifica y preserva de la corrupción; la comida sin sal no tiene sabor; la sal tiene sentido si da sabor a las cosas. Jesús ve a sus discípulos, hombres y mujeres, que son la sal de la tierra; personas capaces de darle sabor a la vida, a la comunidad, pero no al modo que se les ocurra, sino como Él mismo lo ha expresado, en las bienaventuranzas. El Evangelio que nos trae Jesús es para vivir con alegría en cada circunstancia, por difícil que parezca. Pero al pasar los años, pareciera que nuestro cristianismo ha ido perdiendo el sabor, como lo dirá un teólogo ortodoxo ruso: “Los cristianos han hecho todo lo posible para esterilizar el Evangelio; se dirá que lo han sumergido en un líquido neutralizante. Se amortigua todo lo que impresiona. Convertida así en algo inofensivo, esta religión aplanada, prudente y razonable, el hombre no puede sino vomitarla, ¿de dónde procede este cristianismo?”. Este teólogo nos dice en pocas palabras que nuestro cristianismo ha dejado de ser sal, no es capaz de dar sabor a nuestra cultura, a nuestro mundo, no da sentido a nuestras vidas.

Echemos un vistazo a nuestra manera de ser cristianos y veremos que es verdad lo que dice Marcel More: “Los cristianos han encontrado la manera de sentarse, no sabemos cómo, de forma confortable en la cruz”. Parece que nuestro cristianismo fuera sólo una doctrina y nos olvidamos que es sobre todo un modo de vida.

Hermanos, por salvaguardar la doctrina, nos hemos desgastado en la elaboración de catecismos, buscamos cristianos bien formados que comprendan la doctrina como es, lo cual está bien, pero nos olvidamos de que lo que necesita. el mundo son testigos vivientes del Evangelio, hombres y mujeres que le den sabor a la vida rutinaria en la que hemos caído. Recordemos que somos sal de la tierra, esa sal que preserva y no permite que las cosas se corrompan. Este Evangelio es un llamado para mantenernos libres frente a la idolatría del dinero y frente al bienestar material. La cultura en la cual estamos insertos como cristianos, cada vez más nos conduce a esa lucha por las cosas materiales, pero cuando las buscamos sin tener en el horizonte a Dios, esos bienes materiales suelen esclavizarnos, corrompernos y producen marginación. Jesús nos llama a producir o generar solidaridad responsable con los más necesitados. Es allí donde la sal del Evangelio adquiere toda su riqueza; es allí donde los cristianos muestran ser luz del mundo.

Hermanos, el llamado de Jesús es apremiante en nuestros días y valdría la pena que nos preguntemos: como cristianos ¿qué estamos haciendo para ponerle sabor a la vida? esa sal del Evangelio verdaderamente preserva de la corrupción cuando lo vivimos.

No debemos olvidar que siendo cristianos debemos ser esa sal que da sabor, que sazona; esa sal que para dar sabor debe desgastarse y diluirse; esa sal debe desaparecer cumpliendo el cometido para lo cual fue hecha. Así todo cristiano si realmente quiere ser sal, no debe olvidar que desgastará su vida hasta entregarla por completo, pero estará cumpliendo así con su cometido, con su misión aquí en la tierra. Así lo hizo Jesús, pasó haciendo el bien y su entrega total fue en la cruz.

Para ser sal de la tierra, lo importante no es el activismo, la agitación, el protagonismo superficial, sino sobre todo, las buenas obras que nacen del amor a Dios que actúa en nosotros.

Hermanos, en el mundo en el cual nos ha tocado vivir, tenemos una gran misión, debemos ser sal y luz, así pues reflexionemos: La manera de vivir de nosotros los cristianos: ¿Realmente es luz que ilumina a los que no creen? ¿Cómo iluminamos esas realidades de pobreza, de insolidaridad, de marginación, de inseguridad y violencia que siguen existiendo? Recordemos: Somos luz en la medida que Jesús alumbra dentro de nosotros; somos luz en la medida en que como Jesús caminamos al lado de los hombres; somos luz en la medida en que como Jesús somos capaces de tocar a los leprosos, a los contagiados, sin miedo a contagiarnos; somos luz en la medida en que como Jesús somos capaces de abrir la esperanza a los desesperanzados; somos luz cuando nuestras vidas trasmiten e irradian la alegría de la fe y de la vida, somos luz cuando nuestras vidas cuestionan la vida de los demás. Hermanos, si nos llega a suceder que no tengamos nada de luz dentro de nosotros, ojalá no la busquemos en los juegos artificiales de las evasiones, sencillamente pongámonos de rodillas y digámosle a

Dios: “Señor, sé Tú mi luz, para que yo pueda ser tu luz”.

Hermanos, les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu. Santo. ¡Feliz domingo para todos!

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan