«Tenemos un Padre que nos ama, pero quiere nuestra conversión». Homilía dominical del arzobispo de Tlalnepantla, José Antonio Fernández Hurtado

Guillermo Gazanini Espinoza
Guillermo Gazanini Espinoza

Tenemos un Padre que nos ama, pero que quiere nuestra conversión

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús. 

Los saludo con efecto este domingo a todos los que se han reunido hoy aquí en nuestra Catedral de Corpus Christi, de una manera especial a los que han venido, a los catequistas y las catequistas de las diferentes zonas que forman las diferentes zonas de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla, también saludo a las Hermanas Catequistas Misioneras de los Pobres que acompañan estos procesos catequísticos; también a las personas que a través de los medios digitales, por Facebook live y YouTube live, llega a sus hogares dentro del territorio de nuestra Iglesia particular, pero también en otros lugares de la República mexicana, así como en el extranjero; a todos les deseo que experimentemos el amor y la misericordia de Dios.  

Este domingo, queridos hermanos y hermanas, vemos cómo Jesús -que tiene ahí algunos interlocutores ahí en el evangelio- estaba con publicanos y pecadores, pero también había escribas y fariseos, pero a Él le interesa que quede bien clara la imagen de Dios, no como un Dios “rey”, ni  como un Dios “juez”, sino que quede la imagen de un Dios misericordioso. 

Jesús, sabemos, viene a la tierra enviado por el Padre, es el Misionero del Padre, y viene a salvarnos como aprendemos en el catecismo, pero viene a revelar el rostro de su Padre y por eso podemos decir que la mejor definición de Dios es que Dios es amor, pero no es un amor por las nubes sino que es un amor que todos nosotros -los cristianos- estamos llamados a experimentar y una expresión del amor es la misericordia. Hoy las tres lecturas que escuchamos nos hablan de un Dios misericordioso, y es misericordioso precisamente porque nos ama.

En la primera lectura del libro del Éxodo vemos cómo el pueblo se desvía de los caminos de Dios y cuando van caminando hacia la tierra prometida hacen un becerro de metal y Dios se molesta porque han quebrantado la alianza, sin embargo Moisés intercede ante Dios para que no castiga su pueblo y, por su infinita misericordia, los perdona; lo mismo también en la segunda lectura de la carta de San Pablo a Timoteo, Pablo nos platica su propia vivencia, su experiencia, él que había sido una persona que había sido muy violento, y había perseguido a los cristianos, sin embargo sabemos nosotros la vida de Saulo de su conversión y cómo él reconoce que, por la misericordia de Dios, lo perdona y él se siente salvado; el Evangelio nos plática tres parábolas: una de un animalito, de un becerrito, de un borreguito, otra de una moneda y otra de una persona de un hijo. 

Las tres figuras anteriores se pierden, pero son recobrados y, como alguien que tiene 100 ovejas y pierde una, se preocupa, deja las 99, va a buscar a la oveja perdida, la encuentra, la carga sobre sus hombros  -es imagen del Buen Pastor-  y la trae al redil; o aquella mujer que pierde una moneda de plata y que barre muy bien hasta encontrarla, después se alegra y dice a sus vecinos que encontró la moneda; pero la  parábola estrella, que todos conocemos y que Lucas la presenta, es la parábola del hijo pródigo, que debería llamarse la parábola del padre bueno, o del padre bondadoso, o del padre misericordioso, la hemos escuchado, pero siempre nos ayuda a reflexionarla y ver a quién nos parecemos nosotros, si nos parecemos al Padre misericordioso un poquito, si nos al hijo pródigo, o nos parecemos al hijo mayor que se enojó, qué se molestó, porque el padre hizo una fiesta.

Vemos en la escena de esta parábola cómo el hijo le pide al padre de la parte de la herencia que le toca -algunos dicen que le faltó ser más duro al papá y no no darle la parte de herencia, o llamarle la atención-, y nosotros vemos que Dios siempre respeta la libertad y entonces le da al hijo lo que le pide, sin embargo sabemos lo que le pasó al hijo en tierras lejanas y cómo tiene el valor de reconocer su error y de regresar a casa; seguramente el discurso que le iba a decir a su papá lo iba repitiendo, pero el padre siempre estaba esperando al hijo perdido y cuando lo ve sale corriendo a abrazarlo, no a reclamarle, no a decirle porqué hizo eso, sino a llenarlo de abrazos y de besos, el hijo ya después le dice lo que pensaba, pero el papá casi ni escucha, sino que dice “traigan el anillo, maten el becerro gordo, porque tenía ese hijo perdido y lo recobrado”, así empezó la fiesta, pero después el hijo mayor, que siempre había sido una persona muy cumplida, muy disciplinada, pero que le faltaba amor y, en vez de darle gusto porque había llegado a su hermano, se molesta y le reclama todavía al padre y le dice “yo siempre he estado aquí y tú nunca me has hecho una fiesta” y el padre le dice “todo lo mío es tuyo,  así es que todo lo tienes, es tuyo”, así lo invita a pasar a la fiesta. La parábola queda en puntos suspensivos, en interrogación: ¿el hijo mayor entró a la fiesta?, el Padre, nuestro Padre Dios misericordioso, bondadoso, es feliz cuando hay comunión, cuando hay fraternidad, cuando, a pesar de los diferentes temperamentos, diferentes caracteres, diferentes maneras de ser, conviven todos en la misma mesa con el pan de la fraternidad. 

Hoy tenemos una lección para todos nosotros de saber que tenemos un Padre que nos ama, pero que quiere nuestra conversión, que quiere que nos reconozcamos, que no tengamos el corazón duro, de cemento, como para no perdonar al que nos ha ofendido, para no alegrarnos con el regreso del hermano.

Debemos sentirnos muy felices porque tenemos este Dios que no lo vemos como un rey, que no lo vemos como un juez, sino como un Padre que nos ama y que es misericordioso, que quiere nuestro bien y que nos pide que caminemos como hermanos.

Ojalá que nosotros, al ir viendo, descubramos que tenemos actitudes de los tres pues nos equivocamos, a veces lo reconocemos, a veces somos jueces con los demás o también, a veces, queremos ser como el Padre, misericordiosos.

Que el Señor nos bendiga a todos y nos dé un corazón amoroso y misericordioso. Así sea.

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla 

https://www.tierradeenmedio.org.mx/homilias/63/homilia-en-el-domingo-xxiv-de-tiempo-ordinario

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