Te presentamos, María, a quienes les duele el corazón

En mi vida cristiana he llegado a tomar conciencia de que soy creatura y de que soy hijo de Dios. Por eso, he llegado a sentirlo y tratarlo como mi Padre, como el Buen Pastor y como el Todopoderoso. La fe cristiana me ha hecho madurar en esta conciencia de que soy creatura y de que soy hijo.

Esto me permite acudir a Él como mi Padre, porque uno como hijo necesita el abrazo del Padre, la protección y la fuerza del Padre. Bajo esta conciencia solemos pedir y exponerle al Señor las necesidades propias y las situaciones que vamos pasando en la vida.

Pero hay una segunda parte que es fascinante en la identidad cristiana porque en la relación con el Señor uno va madurando la conciencia de que Dios es amigo, de que es alguien muy cercano, que es nuestro confidente y nuestro hermano. Tenemos la dicha de decirlo y experimentar a Jesús como amigo, como nuestro confidente y nuestro hermano. Por eso podemos platicar con Él más allá de las necesidades y situaciones personales que vamos pasando en la vida.

Así, podemos decirle a Jesús como le llegaron a decir los apóstoles en el santo evangelio: “Señor, te andan buscando” (Mc 1, 36-39). De hecho, esa ha sido mi oración constante prácticamente durante toda la vida. También le he expuesto a Dios mis necesidades y problemas, pero la mayor parte de mis oraciones han sido para decirle a Jesús, como le dijeron en el evangelio: “Señor, te andan buscando”. Yo no soy el único que tiene necesidades, el único que padece. Y muchas veces las necesidades de los demás me llevan a Jesús para hablarle de mis hermanos.

Tenemos que aprovechar la cercanía e intimidad con Jesús para decirle: “Te andan buscando”. “Muchos enfermos te andan buscando; muchas personas que no pueden con su dolor, te andan buscando; muchos hermanos que no se sienten amados, te andan buscando; muchas personas desesperadas, te andan buscando; muchos niños sin padres, te andan buscando; muchas mujeres abandonadas, te andan buscando; muchos hermanos esclavizados en los vicios y en las drogas, te andan buscando; muchos hermanos que huyen de amenazas, violencia y persecuciones, te andan buscando”.

Así resumo mi vida espiritual. Eso le he estado diciendo al Señor durante toda mi vida: “Mira, Señor, esta familia; mira estos enfermos; mira estos vecinos; mira a todas estas personas; mira a los pobres, a los encarcelados; mira a los médicos y a los que se esfuerza para que estemos bien”.

Estoy seguro que esas han sido también las oraciones de muchas personas que ponen en segundo plano sus propias necesidades personales – viendo los problemas, las tragedias y las necesidades que pasan tantas personas-, para decirle a Jesús: “Te andan buscando. Mira la situación de estas personas que están hundidas en su sufrimiento por la muerte de sus seres queridos; mira cómo les cuesta salir adelante por la crisis económica; mira cómo estas familias no se recuperan de los asesinatos de sus seres queridos”. Tantas situaciones verdaderamente desgarradoras que le compartimos al Señor.

Por esta familiaridad y confianza que tenemos con Jesús también nos ha dado una respuesta. Nosotros no le decimos a Jesús: “Te andan buscando”, en un tono de reclamo, como si no se hiciera presente y se estuviera olvidando de la humanidad. No se lo decimos a Jesús en un tono reclamatorio.

Tampoco se lo decimos sin implicarnos en la respuesta, como si le dejáramos al Señor toda la responsabilidad, como si quisiéramos que se resolviera todo por medio de la oración, sin comprometernos a ayudar a las personas por las cuales pedimos.

Más bien, al hablar así a Jesús hemos obtenido una respuesta en la misma línea del evangelio. También a nosotros Jesús nos dice: “Vamos para allá; vamos a los pueblos, vamos con las personas, con las familias, pues para eso he venido”. Qué hermoso saber que Jesús tiene una respuesta a las oraciones que le presentamos en este tiempo, cuando le hacemos saber acerca del sufrimiento de muchas personas.

Pero en su respuesta nosotros estamos incluidos: a nosotros nos toca llevar a Jesús. Así como le decimos: “Mira, Señor, estas personas, estos vecinos, estas familias, estos amigos”, nos toca llevar a Jesús como los apóstoles lo llevaron con los enfermos y los más necesitados. Nos toca llevarlo y hacerlo presente en la vida de las personas para que recobren la esperanza y sientan la cercanía consoladora del Señor.

Nos toca llevar a Jesús y muchas veces él nos envía primero por donde va a pasar. De ahí que debemos acentuar esta oración para sabernos enviados, teniendo en cuenta que el Señor pasará y encontrará a las personas:

“Padre celestial que siempre me escuchas, hoy te pido por todos aquellos que no conocen de ti, llévame a esos lugares y déjame mostrarles quién eres, pero no con mis palabras sino con las tuyas. Dame la sabiduría para anunciar el evangelio; para ayudar a las pobres almas que se niegan a reconocer el amor que tienes hacia ellas, déjame preparar el camino para cuando venga Nuestro Señor Jesucristo, como aquellos setenta y dos discípulos” (Cryshill).

¿Qué podemos hacer ante el sufrimiento de tantos hermanos? Decirle a Jesús que lo andan buscando y en la medida que se lo decimos estar disponibles, porque Dios nos toma la palabra y nos dice: “vamos”; nos permite ir con Él y nos envía primero como a esos setenta y dos discípulos. Así refuerza en nosotros esa identidad porque estamos llamados a anunciar el evangelio y hacerlo presente en este tiempo de tribulación.

Qué hermoso saber que en este ministerio de sanación y consolación también se hace presente la Santísima Virgen María. El 11 de febrero, en el marco litúrgico de la festividad de la Virgen de Lourdes, celebraremos en la Iglesia la Jornada Mundial del enfermo.

Recurramos a María y pidamos su intercesión por nuestros hermanos enfermos. No olvidemos, como dice San Alfonso María de Ligorio que: “Ante Dios, los ruegos de los santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre”.

Reconociéndonos necesitados de paz, fortaleza y consuelo en este tiempo de tribulación, acudamos a Ella para que afiance nuestro amor por su Hijo Jesús. Si tu corazón tiembla ponlo en las manos de María y Ella, que es la Madre del Amor Hermoso, te descubrirá la alegría de fiarte del Señor y caminar con Él, llenando de paz y fortaleza tu vida.

Nuestras penas y dolores pierden su amargura cuando se elevan hasta el Cielo. Poenae sunt pennae: las penas son alas, dice una antigua expresión latina. Una enfermedad puede ser, en algunas ocasiones, alas que nos levanten hasta Dios.

Como compartimos con Jesús la preocupación por nuestros hermanos que sufren, también se lo podemos decir a María al celebrar a la Virgen de la Candelaria:

Acuérdate, Madre Santísima,
especialmente, de aquellos que viven
en la tribulación y el sufrimiento,
de los que padecen hambre
o cualquier otra necesidad fundamental
para vivir dignamente,
de los que padecen enfermedad,
de los que no tienen trabajo,
de los migrantes,
sobre todo los que viven entre nosotros,
de los que son perseguidos por su fe,
de los que les duele el corazón,
de los que están en las cárceles…
para todos ellos Virgen Piadosa y Clemente
solicita el don de la fortaleza
para sobrellevar su cruz
y acelera con tu intercesión
el ansiado día en que puedan verse libres de todo mal.

Y, a todos, Virgen Santísima,
concédenos un corazón sensible
para que no seamos indiferentes,
ni pasemos de largo,
ante el sufrimiento de los demás,
sino que, como el Buen Samaritano,
tendamos nuestras manos
y seamos siempre médico para los enfermos,
pan para los hambrientos,
agua para los sedientos,
compañía para los que están solos,
abrigo para los que tienen frío…
en fin ayúdanos a mostrarnos disponibles
ante quien se siente explotado y deprimido. Amén.

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