¿Soy capaz de dar sin esperar agradecimientos, elogios ni recompensas?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXII Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio hoy nos narra que Jesús fue invitado a una comida con uno de los jefes de los fariseos; Jesús al ver la actitud de los invitados, se toma la libertad de dar dos exhortaciones al anfitrión: Una, sobre la humildad y la otra sobre el dar de manera desinteresada.

Todos sabemos que el buscar los mejores lugares, el sentirnos merecedores, pareciera que forma parte de la condición humana. En aquella cultura donde los escribas y fariseos creían ser merecedores de puestos de honor porque la posición social era signo de bendición y vida, Jesús se sorprende y nos sorprende redefiniendo esa jerarquía, señalando como favoritos del Reino, a los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos, ellos no tienen nada que ofrecer, pero son los preferidos de Dios. De allí que Jesús nos deja dos grandes enseñanzas:

1°- La humildad. La parábola de los primeros y de los últimos puestos en un banquete, le sirve a Jesús para poner de manifiesto la humildad. Allí Jesús observa el afán de los invitados por ocupar los primeros puestos; esos lugares cerca del anfitrión, esos lugares donde sirven primero, que dan importancia a nivel social. Esa actitud expresa soberbia, el sentirse más que los demás, esa importancia llena de orgullo y arrogancia, pareciera que conduce a la felicidad. Los cristianos estamos invitados a vivir la humildad, los oficios o puestos eclesiásticos no deben llevarnos a sentirnos más que los otros, más bien, exigen una mayor actitud de servicio humilde para los demás. Estemos atentos hermanos, quienes desempeñamos un servicio en la Iglesia, desde los consagrados hasta los laicos. A todo laico que se le pide un servicio en algún movimiento parroquial, es precisamente para servir, no para vanagloriarse u ordenar que los demás hagan las cosas. La humildad cristiana no puede entenderse únicamente como una virtud moral, ser humilde desde la mirada del Reino, tiene que ver más bien con el vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos de Dios.

2°- Dar de manera desinteresada. Jesús desea dejar en claro el amor de Dios que consiste en dar de manera desinteresada, sin esperar nada a cambio, recordemos que Dios “hace salir el sol sobre los buenos y los no tan buenos”, le queda muy bien la frase: “te amo, aunque no me ames”; un amor difícil de entender, ya que pareciera que los humanos en todas las épocas y culturas, hemos mostrado un amor interesado; esa actitud de intercambio: te amo si me amas; te doy para que me des. Esa actitud en nuestros días está remarcada y el lenguaje de la gratuidad resulta extraño e incomprensible.

El tema de la humildad, cristianamente hablando, se resuelve en la generosidad; el que es humilde es generoso, desinteresado, misericordioso con los demás; esa es la razón por la que la humildad cristiana es actitud sabia y principio de amor.

No podemos ignorar que vivimos en una sociedad marcada por el poseer, por el tener, donde nada hay gratuito; todo se intercambia, se compra, se presta, se debe, se exige. Sólo sabemos prestar servicios remunerados y deseamos cobrar intereses. De allí que, el dar sin esperar nada a cambio, parece un escándalo en nuestros días, hasta se corre el riesgo de ser tachados de tontos. Estamos en una sociedad donde nada es gratis, todo se compra o se debe. Recordemos que a nivel político se da un despilfarro en las campañas electorales y existen patrocinadores, personas sin nombre que apoyan

a los candidatos y esos apoyos un día se cobran y un día se tienen que pagar; ¿acaso serían nuestros políticos tan ingenuos para pensar que esos favores que les hacen son de manera desinteresada? Muchas veces, observamos cierta pasividad, como si no pasara nada para los encargados de proteger a los ciudadanos, cierta permisividad para los que ejercen el mal, pero nos cuesta comprender esos compromisos que se adquieren y que se tienen que pagar. Jesús, nos invita a imitar el amor de Dios, ese amar de manera desinteresada; ese dar sin esperar agradecimiento; esa entrega total al otro; ese amor lo debemos vivir como cristianos. Cabría el momento para reflexionar: ¿Cómo nos sentimos cuando un amigo o pariente organiza una fiesta y no nos invita? Cuando nosotros organizamos una fiesta o comida ¿a quién invitamos?

Hago una invitación a los padres de familia, allí en casa, desde ese lugar donde se vive el amor familiar y se desea que los hijos sean buenos ciudadanos, allí desde que el hijo empieza a crecer, deben enseñarle a dar, a compartir, desde algo material hasta el tiempo con los demás. Enséñenle a su hijo a que los respete por amor; lo digo porque, nos encontramos en una sociedad donde los jóvenes o adolescentes se sienten merecedores de todo y unos papás que desean cumplir todas las demandas de sus hijos; les quieren dar gusto dándoles lo que piden. Cuando una persona crece creyendo que lo merece todo y que sus padres se los tienen que conseguir, esa persona se incapacita para dar, incluso para apoyar a sus padres cuando son mayores. Es verdad que los papás lo dan todo por sus hijos sin esperar nada a cambio, pero eso les puede hacer mal a sus hijos, ya que son educados de manera errónea; crecen sintiéndose merecedores de todo y no son capaces de ayudar en las labores domésticas.

Reflexiona papá, mamá, ¿cómo estás educando a sus hijos? ¿son capaces de compartir sus juguetes con sus hermanos o con otros niños?

Hermanos, valga la redundancia, la humildad que propone el Evangelio, es una actitud interior fruto de saberse amado gratuitamente por Dios; es una forma de vivir, no de aparentar, es el fruto de una libertad interior que no necesita imponerse y demostrar su valor, porque se reconoce como hijo o hija de un padre que ama sin condiciones. Esta humildad no es pasividad ni conformismo, sino fortaleza y lucidez: quien es humilde, puede vivir sin depender de la aprobación ajena y puede ocupar cualquier lugar, incluso el más sencillo, con dignidad y paz.

Lo que Jesús propone, no es fácil, requiere una conversión profunda, una mirada distinta, una forma nueva de habitar el mundo; implica revisar nuestras intenciones más íntimas: ¿Por qué hago el bien? ¿Busco reconocimiento? ¿Me incomoda que no me agradezcan? ¿Puedo seguir dando cuando no soy valorado? Amar sin interés y servir sin ser visto, ocupar el último lugar con paz, sólo es posible cuando dejamos que Dios transforme nuestro corazón. Que no busquemos los primeros puestos, sino los lugares donde más se necesita amar. Que no demos para recibir, sino que demos por la alegría de compartir.

Preguntémonos: ¿Soy capaz de dar sin esperar agradecimientos, elogios ni recompensas? ¿Estoy dispuesto a vivir según la lógica del Reino, desde la humildad, la gratuidad y el servicio?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan