Somos peregrinos en este mundo

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

En este domingo nos ha tocado celebrar la conmemoración de todos los fieles difuntos; recordar y orar de manera especial por aquellos hermanos nuestros que se nos han adelantado al encuentro con nuestro Padre Dios.

Esta conmemoración nos recuerda a aquellos que nos han precedido, nos han dejado una herencia vivida en el amor y en la fe, en el sacrificio y en el trabajo. Por eso, celebrar hoy la conmemoración de los fieles difuntos es la manifestación fraterna de nuestra solicitud cristiana y de nuestro agradecimiento por nuestros seres queridos. El sacrificio de Cristo en la cruz, nos alcanza la salvación, abre a ellos y a nosotros la esperanza de la vida eterna. Para un cristiano la muerte no puede ser el final, sino el comienzo de una vida nueva, pues tenemos la absoluta certeza de que Dios nos concede participar de la muerte de Jesús para resucitar victoriosos con Él. Debe hacernos reflexionar que nuestra vida aquí en este mundo es breve; que somos peregrinos y vamos de paso. El recuerdo de los difuntos lo tenemos en todas las culturas y queda plasmado en la forma de dar culto a los muertos; esto nos indica el sentido que el ser humano tiene del más allá; quiere decir, que somos conscientes que aquí no termina todo, existe vida después de la muerte biológica. Como diría John Henry Newman: ‘Que triste sería la vida si aquí terminara todo’.

Hermanos, no es que estemos festejando el dominio de la muerte en nuestras vidas, la vida es el destino de la humanidad, pues ese es el querer de Dios, es el proyecto que Jesús vivió y proclamó: que todos y todas tuviéramos vida abundante y digna. Los que presenciaban la agonía de Jesús en la cruz, creían que era la derrota de un hombre y de un proyecto, no la donación de una vida a favor de la humanidad; el único que confiesa la acción salvífica de Dios efectuada en Jesús es el centurión romano: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”, dijo. Esta confesión nos lleva a afirmar que la muerte, y con ella todos los sistemas que ciegan la vida, antes de nacer con el aborto o después con la violencia y el crimen, es derrotada. Por lo tanto, la fe que confesamos debe estar apoyada por verdaderas acciones que defiendan la vida, tal como lo hizo Jesús de Nazaret.

Hermanos, formamos parte de una Iglesia que tiene tres fases:

1ª. Iglesia peregrina, somos todos los bautizados que aún estamos en este mundo como peregrinos de esperanza y podemos orar por las almas que están en el purgatorio; podemos orar por nosotros mismos o por otras personas en vida. Ojalá que las rogativas las hagamos todos los días.

2ª. Iglesia purgante, son aquellas almas que están en el purgatorio; decimos que están en un periodo de purificación para participar de la gloria de Dios.

Les recordamos y oramos con esperanza por ellos que murieron y aún se purifican en el amor de Dios. Estas almas están en una fase donde no pueden orar por nadie, sólo reciben oraciones.

3ª. Iglesia triunfante, son todas aquellas almas que participan ya de la presencia de Dios. Estas almas ya no necesitan de nuestras oraciones, pero sí pueden ellas interceder por nosotros; son a quienes llamamos santos y hacia ese estado nos dirigimos.

La Iglesia celebra este día tan importante y de manera especial se pide por los difuntos. Pedimos por ellos, ya que somos conscientes que la vida sigue en la presencia de Dios; pedimos por esa Iglesia purgante, ese momento donde se purifica para participar plenamente de la gloria de Dios.

Deseo hacer una reflexión sobre esta memoria tan esperada por todos nosotros y que muchas veces puede quedarse sólo en lo externo, en barrer las tumbas, llevar coronas y en pasar el día en el camposanto comiendo lo que a nuestro difunto le gustaba; una fiesta que se ha comercializado, por no decir, que puede paganizarse. Pareciera que es el día de barrer sus tumbas. ¿Qué observamos en los panteones? A personas que se aglomeran para visitar las tumbas de sus seres queridos; hay comida, bebida, música y en algunas personas la tristeza las lleva al llanto. Las coronas adornan las tumbas, adornos que pronto se convierten en basura. Muchas veces es tanta la premura por limpiar las tumbas que no asistimos a Misa, aunque se celebra en el panteón; nos olvidamos de rezar un Rosario en aquella tumba. Quizá vamos a los panteones sólo por costumbre.

Les invito en este día:

1°- Visita el panteón. Visitar los panteones nos sirve para reflexionar en que la vida es breve y que si Dios lo permite tendremos un lugar donde descansarán nuestros restos. El tener presente que la vida es breve, nos debe conducir a disfrutar de cada momento con nuestros seres queridos; a menudo escuchamos: “la vida es corta, disfrútala”, pero con qué frecuencia nos olvidamos de que “la eternidad es para siempre y hay que prepararnos para ella”.

2°- Camina entre las tumbas. En ese recorrido, fíjate en nombres y fechas de los que están allí sepultados. Existen sin duda alguna, personas que vivieron menos años que tú, otras vivieron más; muchos de ellos fueron mejores cristianos y quizá otros no. Quiero decir, que todos, buenos y no tan buenos, tenemos ese destino, somos peregrinos en este mundo, vamos de paso. Valoremos el tiempo que Dios nos está dando y valoremos a nuestros semejantes. No es que vivamos angustiados porque un día vamos a morir, sino que sepamos aprovechar y agradecer el tiempo que Dios nos concede.

3°- Observa las tumbas abandonadas. Sin duda, te encontrarás alguna tumba sin flores o coronas, podemos decir, tumbas abandonadas. Quiere decir, que sus familiares no pudieron asistir o ha pasado tanto tiempo que sus seres queridos ya han partido también a la casa del Padre. Bastan algunas generaciones para que nadie nos recuerde. Piensa: ¿Cómo quieres ser recordado? ¿Ya eres esa persona como te gustaría que te recuerden tus hijos o tus nietos?, si no, aún estás a tiempo de trabajar en tu persona para lograrlo. ¿Cómo resumirías tu vida? ¿Qué epitafio te gustaría que se plasmara en tu tumba?

4°- Gana la Indulgencia Plenaria ese día. Visitando el cementerio y ofreciendo la Misa y la Comunión por el alma de un difunto.

El día de nuestros difuntos es para agradecer y valorar la vida, para orar por ellos, para no olvidarnos que la vida es breve. Hermanos, el día que partamos a la presencia de Dios, sólo nos acompañarán las obras que hayamos hecho; las cosas materiales y acumuladas aquí se quedarán.

Como cristianos celebramos con fe este día, sabiendo que aquí no termina todo; elevando oraciones de intercesión por nuestros seres queridos y deseando que ya estén contemplando a Dios cara a cara. Consolémonos hermanos porque no los hemos perdido, allí están y volveremos a estar con ellos cuando lleguemos también nosotros a esa meta final de contemplar a Dios cara a cara.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan