«Solo el perdón libera y devuelve la luz»: desarmemos el resentimiento

ACN
Papa L.

Durante el rezo del Ángelus este domingo 13 de septiembre en la Plaza de San Pedro, León XIV dedicó su meditación al perdón, presentado como un requisito fundamental de la vida cristiana. Dos días después del 25 aniversario del 11-S, sus palabras adquirieron una resonancia especial.

«Solo el perdón libera y devuelve la luz». La frase que pronunció este domingo León XIV resume una parte esencial de la antropología cristiana. ¿Cómo puede funcionar una sociedad cuando todos llevan la cuenta de lo que el otro les debe, de las heridas recibidas, las humillaciones sufridas y las faltas cometidas? Al comentar el Evangelio según San Mateo (18:21-35), el Papa comenzó con la pregunta de Pedro: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Pedro ya piensa con generosidad. En las Escrituras, como nos recuerda León XIV, el siete expresa plenitud. Pero Cristo rompe con esta concepción moral: «No os digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». El perdón cristiano, por lo tanto, no es una cuestión de una cuota de clemencia concedida a otros. Proviene de una realidad más profunda: la humanidad perdona porque es un ser que ha recibido.

Este es el sentido de la parábola del siervo despiadado. Un hombre consigue que su amo le condone una deuda enorme, pero luego se niega a perdonar una deuda infinitamente menor a su compañero de trabajo.

De esto, León XIV extrajo la siguiente conclusión: «Dar y perdonar son el fundamento de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor». La teología cristiana del perdón comienza aquí. No consiste en negar la justicia ni en afirmar que no se cometió el mal. Comienza reconociendo que nadie se otorga a sí mismo la existencia, la gracia ni la salvación. Los seres humanos son primero deudores antes de convertirse en acreedores.

Esta verdad introduce un límite esencial a la lógica de las exigencias en las relaciones humanas. Quienes saben que han sido perdonados no pueden hacer de la falta ajena su identidad definitiva. El cristianismo distingue precisamente a la persona de su pecado: la falta debe poder ser nombrada, juzgada y reparada sin que el culpable quede atrapado para siempre por sus acciones.

Esta es también la razón por la que el perdón cristiano no significa impunidad, olvido forzado ni supresión de la justicia.

Una sociedad que confunde el perdón con la ausencia de castigo se vuelve injusta con las víctimas. Pero una sociedad que solo conoce el castigo, la denuncia y el recuerdo perpetuo de las ofensas se vuelve, a su vez, inhabitable. León XIV extiende su argumento a las consecuencias colectivas de la negativa a perdonar: «Tarde o temprano, en los corazones y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, resentimientos y actos de venganza que destruyen relaciones, dividen familias y desencadenan guerras». Esta observación tiene una considerable relevancia sociológica. Toda comunidad humana convive necesariamente con la imperfección de sus miembros. Las familias, las instituciones, los pueblos y las naciones no pueden sobrevivir si cada agravio se vuelve imprescriptible en la conciencia y si cada deuda moral exige una nueva.

Una sociedad organizada únicamente en torno al recuerdo de las ofensas termina transmitiendo resentimientos de generación en generación. La víctima de ayer puede convertirse en el vengador de hoy; este último, a su vez, crea nuevas víctimas. La venganza, por lo tanto, posee una lógica acumulativa. Nunca salda cuentas por completo: las multiplica.

El perdón, por el contrario, introduce una ruptura en este mecanismo. No porque declare insignificante el mal, sino porque se niega a otorgarle el poder de determinar eternamente el futuro.

«Solo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral de la humanidad […] ha oscurecido el horizonte», declaró León XIV. El Papa citó entonces el ejemplo de San Pedro. Él, que había prometido seguir a Cristo hasta la muerte, lo negó en el momento de la Pasión. Sin embargo, a orillas del mar de Galilea, Cristo resucitado no lo abrumó con el recuerdo de su traición. Le preguntó: «Simón […], ¿me amas?», antes de decirle de nuevo: «¡Sígueme!».

Esta escena es teológicamente decisiva. El perdón de Cristo no altera el pasado de Pedro: su negación realmente ocurrió. Pero impide que su pasado se convierta en su destino.

Es precisamente a este hombre perdonado a quien se le encomendará la misión de confirmar a sus hermanos. El perdón cristiano se revela entonces por lo que realmente es: no la anulación artificial de la verdad, sino la posibilidad que se le ofrece al hombre de no ser reducido a su pecado.

Tras el Ángelus, León XIV recordó el vigésimo quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y oró por las víctimas y por quienes «siguen sufriendo las heridas de aquel trágico día». Este paralelismo ilumina con fuerza su reflexión. Veinticinco años después de un acontecimiento que se ha convertido en uno de los símbolos contemporáneos de la violencia ideológica, el Papa no nos pide que olvidemos el mal. Nos recuerda que la paz exige más que la mera ausencia temporal de la guerra.

La justicia puede contener el mal y castigar el crimen. Es indispensable. Pero no puede, por sí sola, sanar los recuerdos. Es precisamente aquí donde comienza el poder único del perdón cristiano: impedir que el daño cometido ayer dicte indefinidamente las relaciones del mañana.

Por QUENTIN FINELLI.

CIUDAD DEL VATICANO.

DOMINGO 13 DE SEPTIEMBRE DE 2026.

TCH.

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