¿Alguna vez alguien te hizo ver algo que estabas haciendo mal y aunque al principio te molestó, después comprendiste que tenía la razón? El Evangelio de hoy toca una realidad profundamente humana.
Jesús sabe que entre nosotros habrá errores, pecados y heridas. Por eso dice, “Si tu hermano hace mal, ve y habla con él a solas, no para humillarlo ni exhibirlo, sino para ayudarlo”. Y añade una frase bellísima, “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Ahí está el corazón del Evangelio. No se trata de ganar una discusión, sino de ganar al hermano.
Y esto vale cuando alguien te ha herido y necesitas buscar la reconciliación. A veces quieres demostrar que tenías razón, que el otro reconozca su culpa, que todos sepan lo que te hizo.
Jesús te propone otro camino. Acércate primero a solas. Habla desde el amor porque la persona vale más que la victoria. Hoy Jesús va todavía más lejos. Te habla de algo que hemos olvidado, la corrección fraterna.
Hoy tenemos tanto miedo de meternos en la vida de los demás, de invadir su intimidad o traspasar ciertos límites, que podemos terminar dejando al otro solo frente a su mal y eso no es amor. Si ves que alguien que tienes cerca está tomando un camino que puede destruirlo, equivocándose gravemente o haciendo daño, quizá una palabra dicha a tiempo puede salvarlo de mucho sufrimiento porque también tú necesitas que alguna vez te corrijan.
Hay cosas que haces mal y quizá ni siquiera te das cuenta. Entonces alguien reúne valor, se acerca y te lo dice con respeto. Probablemente no te guste. A nadie le gusta que le señalen sus errores, pero después, cuando pasa el enojo y lo piensas serenamente, puedes descubrir, tenía razón. Y quizá cambias algo que nunca lo habrías hecho si nadie hubiera tenido el valor suficiente para hacértelo ver.
Por eso corregir no es sentirse superior, no es juzgar ni controlar la vida del otro. La verdadera corrección nace del amor. Te digo la verdad porque me importas. Y también necesitas humildad cuando eres tú quien recibe la corrección. Antes de defenderte, inmediatamente pregúntate, Señor, ¿habrá algo de verdad en lo que me están diciendo?
Esta semana dos cosas. Primero, si necesitas corregir a alguien, hazlo a solas, con respeto y cariño, buscando su bien y no para demostrar tu superioridad.
Segundo, si alguien te hace una observación, no lo rechaces inmediatamente. Llévala a la oración y pregúntate sinceramente si Dios puede estar hablándote a través de esa persona porque amar significa tener el valor de decir la verdad y la humildad de escucharla.
“Señor Jesús, dame un corazón humilde para aceptar cuando necesito cambiar, y un corazón lleno de amor para corregir sin herir. Que mis palabras nunca condenen, sino que ayuden, levanten y acerquen a mis hermanos a ti”.
¡Feliz domingo! Dios te bendiga.

