Si no eres capaz de pensar como Dios, déjalo actuar

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XXV Domingo del Tiempo Ordinario.

Hoy escuchamos una magnífica parábola, donde se muestra el amor generoso de Dios. El contexto de la misma debió ser la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como eran los publicanos, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Y es que además el sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios.

Jesús observó la pobreza de la gente de su tiempo, había personas que no contaban con tierras y vivían al día, trabajaban para sacar el sustento diario. En Galilea se vivía la vendimia de manera intensa. Los propietarios que tenían grandes viñedos, necesitaban mucha mano de obra y barata. Los trabajadores se reunían en las plazas para ser contratados, con la esperanza de ganarse un denario, que era el salario que un trabajador merecía por día en esa jornada de doce horas. Jesús desea mostrarles a aquellas personas que existía un Dios lleno de bondad, capaz de recibir en su presencia a todos y dar la misma paga; de allí que les narra una parábola.

La preocupación del patrón en dicha parábola es grande, sale en varias ocasiones en busca de trabajadores. Analicemos a las personas: El propietario, representa a Dios o a Cristo; los trabajadores, son los seguidores de Jesús que en momentos distintos de la vida responden al llamado de Dios; la viña, es el campo donde hay que trabajar, es el mundo donde el trabajo no falta y se debe realizar con urgencia; la jornada, es la imagen del transcurso de la vida de cada uno y la tarde es el momento del justo juicio de Dios.

Al caer la tarde, el propietario ordena pagar a todos un denario, empezando por los que llegaron al último. Pero lo trabajadores que llegaron primero, no pueden ocultar su desilusión, su inconformidad, aquello que parece una injusticia; se comparan con los demás. Pareciera que no importa el denario, lo que importaba es el trato de iguales que les dan; creen merecer más y esa dosis de envidia los corroe por dentro y sale a borbotones por sus labios. No son quejas de injusticia, son quejas contra la excesiva generosidad. No son quejas contra la justicia, sino quejas contra el amor. Dios no será nunca injusto con nadie, pero sí será infinitamente misericordioso con todos. Existe esa inclinación del ser humano a compararse con los demás y a sentirse mejores. El propietario le contesta al que hace de portavoz: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Esto puede seguir escandalizando a todos los que sentimos que estamos llenos de méritos frente a Dios y hasta podemos cuestionar: ¡Cómo! ¿Dios acepta a prostitutas y pecadores? ¿será posible que alguien que ha llevado una vida disoluta se salve el último día?

Hermanos, Dios es bueno con todos y lo muestra Jesús con esta parábola. Parecería que no le importara lo que hagamos, no es así, sino que nos quiere decir que es más importante su misericordia. La conducta del propietario de aquella viña es extraña: él mismo sale a contratar trabajadores; no quiere que aquella gente se quede sin trabajo; por eso, sale a última hora a contratar a todos aquellos que son los últimos de esta vida: “nadie nos ha contratado”. La imagen de ese Dios misericordioso escandaliza, ya que medimos según nuestra justicia y nos olvidamos de la misericordia.

Dios viene a nuestro encuentro con la misericordia en la mano, no importa cuánto hayamos trabajado o cuántos méritos tengamos, las cuentas de Dios son distintas, es un amor desbordante.

Podemos reflexionar: ¿qué está sugiriendo Jesús con esta parábola? ¿será que Dios no actúa conforme a los criterios de justicia e igualdad que nosotros tenemos? Es difícil creer en esa bondad de Dios; puede escandalizarnos que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean practicantes o le hayan dado la espalda a Dios. ¿Acaso cuesta aceptar que Dios perdone al que tanto mal ha causado como: a un sicario, a un extorsionador, a un violador, a un agiotista o a alguien que se ha enriquecido ilícitamente?. Parece que nos importa más un Dios que aplique la justicia, que dé a cada quien según sus obras, un “dios” a nuestra medida, que pague según se lo merezca cada quien; porque esa misericordia desbordada de Dios nos lastima y nos cuesta comprender desde nuestro mezquino amor.

Hermanos, Dios es infinita misericordia; Dios es así. Da un denario, no puede dar más, ni dar menos. Un denario es suficiente. Qué importante que dejemos a Dios ser Dios; evitemos creer en un “dios” a nuestra medida, que actúa de acuerdo a nuestros criterios, a nuestras ideas y esquemas. Muchas veces encerramos a Dios en nuestros esquemas y lo empequeñecemos, a veces hasta lo convertimos en una caricatura que nada tiene que ver con el Dios de Jesucristo Nuestro Señor. Con frecuencia hacemos un “dios” poco humano, como nosotros o a veces menos humano que nosotros.

Reflexionemos en la imagen que tenemos de Dios y veamos con tranquilidad si no está distorsionada. Analicemos si la imagen que tenemos de Dios, que aprendimos de niños en familia y que debió crecer con la catequesis parroquial, ¿sigue igual o ha crecido? No olvidemos hermanos que los que dedican toda su vida a acumular virtudes y a hacer obras buenas para ganar más cielo, están mercantilizando la virtud y eso no va con Dios. El que se dedique a hacer obras buenas, a hacer el bien, que lo haga por imitar a tan buen Padre que es bueno con todos y cariñoso con todas sus creaturas, que lo haga sintiéndose hijo de tan buen Padre, y no esperando recibir mayor herencia cuando el Padre vuelva.

Hermanos, Dios nos conceda la gracia de valorar el haber sido llamados a su Reino mediante la incorporación a la Iglesia y en un estado de vida o vocación específica. Si vivimos como un regalo estar en la viña desde primera hora, nos alegraremos de que Dios sea bueno y los últimos tengan su paga. Desgastarse por Dios es una dicha inmensa que nadie nos podrá arrebatar. No contemos las horas, ni hagamos cálculos según nuestros intereses, porque eso demostrará que estamos más pendientes de nosotros mismos que de Dios y del prójimo. Pasemos de esa lógica humana a una lógica divina, aquella que rebasa los límites y las estrecheces de nuestro corazón.

Hermana, hermano, si nadie te ha invitado a unirte al Reino, Dios ahora te dice: “Ve también tú a trabajar a mi viña”. Nadie al final de los tiempos podrá decir que no fue llamado por Dios.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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