Sergio Obeso supo integrar: la santidad de Rafael Guízar, la bondad de Manuel Pío y la inteligencia de don Emilio Abascal

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Xalapa no ha terminado de reconocer y celebrar la grandeza intelectual de Don Sergio Obeso Rivera: un humanista cristiano. Algunos periodistas y académicos captaban y se emocionaban con la profundidad intelectual de Don Sergio, y sostuvieron con él tertulias donde se destacaba su bondad y amabilidad, así como la agudeza de su pensamiento para iluminar desde la fe cristiana los acontecimientos eclesiales, políticos y sociales.

Disfruté mucho las entrevistas que Miguel Ángel Sánchez de Armas le hacía a don Sergio. Su elocuencia y profundidad discurrían en conferencias, catequesis, entrevistas, escritos y homilías, donde revelaba todo su perfil humanista. Era un deleite escucharlo.

Conocedor de la literatura universal, de la filosofía, de la teología, de la espiritualidad cristiana, de la música clásica, de la historia de México y del acontecimiento guadalupano. Le escuché en varias de sus conferencias, sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe, citar de memoria textos de los cronistas de indias. Por ejemplo, de Fray Toribio de Benavente, “Motolinía”, sobre el carácter religioso de nuestros antepasados: “Difícilmente se puede encontrar un pueblo tan aparejado para recibir la verdad del evangelio como el de estos naturales”.

Y la frase de Jaime Torres Bodet que se encuentra en el monolito de la Plaza de las tres culturas en Tlatelolco, la cual recitaba con énfasis para destacar su carácter paradójico: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

La belleza de su alma estaba labrada de estas fuentes clásicas. Era una persona querida, reconocida y admirada por obispos y sacerdotes que destacaban cómo en su persona convivían su capacidad intelectual, su sencillez y exquisita bondad. Su sólida formación cristiana y humanista le permitió ser un pastor visionario que condujo a la Iglesia en las transiciones que vivió en su momento histórico.

Condujo a la Iglesia de Xalapa a la renovación del Concilio Vaticano II, organizando a la diócesis, impulsando la evangelización y realizando dos Sínodos diocesanos, durante sus 28 años pastoreando esta arquidiócesis.

Siendo por tres períodos Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y responsable de otras comisiones episcopales, dejó su impronta y su buena reputación a nivel nacional, especialmente impulsando el reconocimiento y la personalidad jurídica de las Iglesias y las asociaciones religiosas, en 1992.

Acompañó y preparó a la Iglesia de Xalapa para transitar al III milenio, el cual tuvo un comienzo providente y esperanzador con la creación de las diócesis de Córdoba y Orizaba que él mismo había impulsado, para asegurar una mejor atención pastoral en estas regiones de Veracruz. Platicaba que, en uno de sus viajes, cuando fue a Roma para supervisar el avance de este proyecto, los funcionarios del Vaticano pensaban que iba a defenderse, por lo que se sorprendieron del interés que él ponía en el nacimiento de las nuevas diócesis.

A nivel nacional fue uno de los principales promotores y autores de la Carta pastoral del Episcopado mexicano del año 2000, “Del encuentro con Jesucristo, a la solidaridad con todos”, documento que ponía a la Iglesia en la ruta de la renovación, así como del compromiso y la solidaridad con los más necesitados.

Su legado humanista, pastoral y magisterial fue reconocido, en 2012, por la Universidad Pontificia de México que le otorgó el doctorado honoris causa. De hecho, como Presidente del Episcopado Mexicano había sido Gran Canciller de esta Universidad.

Sin embargo, don Sergio fue ante todo un pastor. Tenía todo el potencial para haber sido un académico, un escritor, un diplomático, un funcionario eclesiástico, pero en vez de la cátedra, prefirió el ambón; en vez de las aulas, eligió las almas; en vez de las oficinas, escogió los caminos montañosos, sinuosos y calurosos de su diócesis, los cuales recorrió de manera maratónica, con espíritu paulino.

Por supuesto, fue un humanista, una persona culta y un hombre intelectual, pero sobre todo fue un pastor que salía al encuentro de su pueblo, abrazándolo en el valle, en la montaña, en la sierra, en la costa y en la ciudad.

Nunca dejó su actividad intelectual porque era constantemente invitado en México y el extranjero para predicar a los sacerdotes y religiosas, para disertar sobre temas teológicos y sociales en distintos foros de cultura y para escribir en revistas calificadas. Me tocó escucharlo en varios foros de alta cultura.

Recuerdo sobre todo su participación como conferencista en el Primer Congreso Internacional Iglesias, Estado laico y sociedad, en 2005, en la Ciudad de México, organizado por la Konrad Adenauer Stiftung, el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, el Departamento para las Relaciones Iglesia-Estado de la Conferencia del Episcopado Mexicano y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México.

En este Congreso compartió la cátedra con académicos, políticos, eclesiásticos e investigadores de España, Francia, Estados Unidos y México, y dictó la conferencia: Aportes de la Iglesia a la cultura y desarrollo de los pueblos.

Pero, así como se destacaba en estos foros, regresaba presuroso, como María, a su diócesis para estar en Zongolica, Tezonapa, Huatusco, Paso del Macho, Altotonga, Actopan, Temimilco, etc. Fue una persona virtuosa y ecuánime. Sólo en un aspecto era extremista: en sus giras pastorales. Por la mañana estaba en Xometla y por la tarde en Palma Sola.

Su refinada cultura, así como su capacidad de disertación y oratoria, que se le reconocían en foros culturales y universitarios, nunca fueron un obstáculo para que se comunicara con su pueblo, a quien distinguió con un trato amable y caballeroso y a quien formó y catequizó con la belleza de su lenguaje que llegaba al corazón.

Su predicación nos llevaba al depósito de la fe para fascinarnos con la doctrina cristiana y la tradición de la Iglesia. Nos conectó con las fuentes de la revelación y también con los autores modernos que recomendaba para que consolidáramos una formación auténticamente católica.

Recuerdo que citaba a autores franceses e ingleses, especialmente las obras de Georges Bernanos: Bajo el sol de Satán y Diario de un cura rural, y Bruce Marshall, A cada uno un denario. Se emocionaba citando la obra enciclopédica Historia de la Iglesia de Cristo, de Daniel Rops, y Los otros días, apuntes de un médico de pueblo, de Rubén Marín.

En su persona llegaron a conjugarse preparación y piedad mariana, erudición y devoción guadalupana. Por eso, siempre tenía palabras para provocar la admiración y encender en el amor a la Madre de Jesús, cada vez que predicaba sobre Ella en la catequesis y en la liturgia.

Pero su devoción iba más allá de la piedad y el fervor que visiblemente manifestaba, llevándolo a la investigación y a la lectura del misterio mariano y, especialmente, del fenómeno guadalupano. En una de sus conferencias expresaba casi de manera profética: “María de Guadalupe está vinculada con México en el sentido religioso católico y en otros sentidos que difícilmente se pueden separar, lo cual nos da unidad, y que explica cómo en la historia azarosa de México y en los momentos delicados no hemos desaparecido por la presencia de la Guadalupana”.

Don Sergio fue un pastor intelectual y mariano que promovió la santidad. El poeta Fray Jerónimo Verduzco, ofm, resumió perfectamente la personalidad del cardenal veracruzano: “Don Sergio supo integrar en su persona la santidad de Rafael Guízar, la bondad de Manuel Pío y la inteligencia de don Emilio Abascal”.

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