¿Será verdad que la vida no se acaba y que viven con Dios?

Seguramente has acompañado alguna vez a alguien hasta el cementerio. En ese momento el corazón se encoge, el silencio pesa y te preguntas, ¿dónde están ahora los difuntos? ¿Será verdad que la vida no se acaba y que viven con Dios?

Hoy la Iglesia, con su sabiduría de madre, te hace mirar la muerte sin miedo, no como una puerta cerrada, sino como una semilla que se entierra para florecer en la eternidad. Jesús te dice en el Evangelio de este domingo, que coincide con la celebración de los fieles difuntos, “Si el grano de trigo no muere, quede infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.

Estas palabras revelan el misterio de su propia muerte. Cristo murió, sí, pero también resucitó. Y este acontecimiento es el centro de la fe. La resurrección es lo que le da sentido a la vida del cristiano. Sin ella, todo esfuerzo es inútil. Con ella, todo dolor se convierte en camino hacia la gloria.

Jesús no huye de su hora de la muerte, aunque siente miedo. Te enseña que la muerte no es el final, sino el momento de la glorificación, cuando el amor vence definitivamente a la oscuridad. Pero atención, nadie se salva simplemente por el hecho de morir.

Hoy se difunde un engaño peligroso, pensar que viva como viva, al final Dios me salvará. Esa idea tan extendida es una mentira del maligno. La salvación no se da en automático en el momento de la muerte, sino que depende de cómo vives en esta vida y de si llegado el momento, mueres en la gracia de Dios.

Nadie que vive obstinado en el egoísmo o el pecado se salva. La salvación es un don gratuito, pero exige tu cooperación, hacer la voluntad de Dios, luchar contra el pecado y perseverar en el bien. Solo los santos, aquellos que murieron totalmente purificados y unidos a Cristo, entran directamente al cielo.

La inmensa mayoría de los difuntos necesita pasar por un proceso de purificación que la iglesia llama purgatorio, donde las almas se preparan para ver a Dios cara a cara. Por eso rezas por tus difuntos. Si todos al morirse salvarán automáticamente, ¿qué sentido tendría orar por ellos? Pero tú pide por tus seres queridos al Señor para que acorte su purificación y los lleve pronto a la gloria.

Y el mejor modo de ayudarles no es una tumba hermosa, ni flores, ni música, sino ofrecer la santa misa por ellos, porque en ella se ofrece el mismo sacrificio redentor de Cristo. La eucaristía y la oración son el verdadero amor que puedes seguir dando a tus seres queridos que ya partieron. Hoy, en la conmemoración de los fieles difuntos, el Señor te llama a preparar desde ahora tu eternidad.

La muerte no improvisa la salvación. Quien no ha querido amar, servir y perdonar en la vida no sabrá hacerlo en la hora final. Por eso es tiempo de conversión, de reconciliación con Dios, de dejar el pecado, de vivir en su gracia.

El Evangelio de hoy es una promesa. Lo que se entierra en Dios no se pierde, resucita. Tus difuntos son granos de trigo sembrados en la tierra del amor divino.

Su destino no es el olvido, sino la gloria. Y tú, mientras caminas en este mundo, sostienes su esperanza con tus oraciones. Hoy no es sólo un día para recordar, sino para renovar tu fe en Cristo muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

Reza hoy por tus fieles difuntos para que el Señor les conceda el descanso eterno. ¡Feliz domingo! Dios te bendiga.

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