Unos dicen que es valiente. Pero no es solo valiente. ES COHERENTE. Es Carla Toscano @carla_eledh . Única. Y habla del pasto verde y del “orgullo”. #OrgulloFamilia Un repaso monumental a toda la izquierda (pp incluido).
— acTÚa FAMILIA (@ActuaFamilia) June 27, 2025
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Lo que Carla Toscano hizo en el Ayuntamiento de Madrid no fue solo una intervención política: fue un acto de rebeldía. Frente a un pleno rendido a los dogmas del lobby LGTB, Carla dijo lo que muy pocos se atreven a pronunciar en voz alta. Y lo dijo con la serenidad de quien sabe que tiene razón, y con la valentía de quien no teme al linchamiento. Porque ser toscanista hoy no es una simple posición ideológica: es un acto de necesidad.

Mientras otros aplauden, callan o se arrodillan ante la imposición de una ideología totalitaria que se disfraza de “inclusión”, Carla alza la voz. Con argumentos. Con datos. Con sentido común. Lo que vimos en su última intervención fue un ejemplo de lo que necesitamos más que nunca: representantes que no se plieguen al aplauso fácil, que no confundan respeto con sumisión, que no permitan que se borren mujeres, que se adoctrine a niños, o que se silencie a quienes piensan diferente.
Y no es algo nuevo. Carla lleva años sosteniendo una batalla que muchos abandonaron por miedo o por conveniencia. Desde su firme oposición a una ley de violencia de género profundamente injusta, hasta su incansable defensa de la mujer frente a las imposiciones del llamado “transfeminismo”. Lo suyo no es una pose ni una estrategia: es una convicción. Y eso, en estos tiempos de política líquida y principios de usar y tirar, es profundamente revolucionario.
Eso le ha llevado en estos días a ser amenazada, a tener que vivir con escolta, a estar a expensas de la furia de la izquierda más totalitaria. Pero también de esa derecha cobarde y de poca talla, que ya todos sabemos cuál es…
Por eso hoy más que nunca, afirmo sin matices: ser toscanista es de extrema necesidad. Porque hay que defender la verdad aunque escueza, aunque moleste, aunque duela. Porque no podemos seguir cediendo terreno al chantaje ideológico que pretende redefinir la realidad, corromper el lenguaje y manipular nuestras instituciones.
Ser toscanista es resistir. Es decir “basta” cuando todos asienten. Es no vender la conciencia por un titular amable ni por el silencio cómodo.
Conozco a Carla Toscano desde hace tiempo, y si algo me ha enseñado es lo que significa ser valiente. No es solo una voz en el Ayuntamiento de Madrid; Carla es un faro de verdad en un mundo que a veces parece perder el rumbo.
Recuerdo su intervención del otro día en el Ayuntamiento de Madrid, cuando se levantó y habló con una calma que desarmaba. Frente a un pleno rendido a los dogmas del lobby LGTB, Carla dijo lo que muchos pensamos, pero pocos se atreven a pronunciar. Habló de la imposición de una ideología que silencia a las mujeres y adoctrina a los niños, con datos, con argumentos, con corazón. Ese día no fue solo política; fue un acto de dignidad. Verla allí, firme, me hizo sentir un orgullo inmenso.
Pero Carla siempre ha defendido lo mismo: la verdad, la familia, la justicia. Su crítica a la Ley de Violencia de Género, que considera injusta, o su oposición al «transfeminismo», que ve como una amenaza a los derechos de las mujeres, no son poses. Son convicciones. Y aunque la ataquen, ella sigue, porque cree en lo que dice. La he visto prepararse, estudiar, sostener sus ideas con una fuerza que no se improvisa.
Ser toscanista no es solo seguir a Carla; es un grito del alma. Es elegir no callar, no rendirse, no vender tus principios. Para mí, Carla es un recordatorio de que la valentía importa, de que la verdad merece defenderse, aunque duela. Admiro su humanidad, su risa, su cansancio tras un día duro, su forma de no rendirse nunca.
En un mundo de políticos tibios, Carla es un faro. Gracias, amiga, por no doblegarte, por recordarme que la política puede ser el último refugio de la verdad. Ser toscanista es una necesidad, y yo, con orgullo, lo soy gracias a ti.


