Resistencia espiritual

Editorial ACN Nº191

ACN

El 22 de febrero de 2026 quedará grabado en la memoria  de México como un día de infierno desatado. La muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), en un operativo federal en Tapalpa, Jalisco, no solo representó un golpe al crimen organizado, desencadenó una ola de violencia que paralizó al país. Bloqueos en carreteras, vehículos incendiados, ataques a civiles y fuerzas de seguridad se extendieron por al menos 20 estados, dejando un saldo preliminar de más de 60 fallecidos, incluyendo agentes de la Guardia Nacional.

Escuelas cerradas, vuelos cancelados, negocios saqueados y una población atrapada en el miedo. Michoacán, cuna de «El Mencho», tampoco escapó. En Aguililla, las calles se llenaron de autos calcinados y noches de tiroteos que sembraron el pánico. Este estallido fue clímax de una guerra interminable contra el narcotráfico que ha convertido a México en un campo de batalla.

Más allá de las cifras de muertos y los daños materiales, esta violencia revela un desgaste integral que corroe el tejido social, moral y espiritual de la nación. Comunidades enteras desplazadas, economías locales colapsadas por el cierre forzado de comercios y cientos de desplazados. Emocionalmente, el terror acumulado genera un síndrome colectivo de ansiedad y depresión; familias rotas por pérdidas irreparables, niños que crecen normalizando la muerte como parte del paisaje cotidiano.

Moralmente, la erosión es aún más profunda. La impunidad fomenta un cinismo generalizado, la corrupción permea desde el policía local hasta altos funcionarios, diluyendo la frontera entre ley y delito. Espiritualmente, el alma de muchos parace estar confundida, si no resquebrajada.

La fe en el prójimo se desvanece en un mar de desconfianza; el valor de la vida humana se devalúa ante ejecuciones arbitrarias y venganzas cíclicas. Este progresivo agotamiento es físico y ataca el espíritu, dejando a generaciones enteras en un vacío existencial donde la esperanza parece un lujo. La violencia no solo mata cuerpos; asesina sueños, erosiona valores y transforma sociedades que, alguna vez pacíficas, ahora son desiertos de resignación.

La estrategia de «abrazos, no balazos» ha mutado en operativos reactivos que, aunque celebrados como victorias, provocan reacciones que cuestionan su efectividad. La dependencia de inteligencia extranjera resalta la debilidad interna y expone a México a agendas ajenas sometiéndolo a presiones. Esta crítica no es derrotista, sino un llamado a reconocer que la violencia no se combate solo con balas, sino con justicia social, educación, reconstrucción moral y anticorrupción.

Uno de esos actores que insiste en construir la paz a toda costa es la Iglesia. Lejos de replegarse, ha convocado a la reconciliación y al perdón, recordando que la paz no es ausencia de conflicto y resistencia espiritual pacífica. Un ejemplo fue la procesión por la paz, el 27 de febrero en Aguililla, encabezada por el obispo de Apatzingán, Cristóbal Ascencio García.

Alrededor de 250 fieles, que demostraron ser una muchedumbre, vestidos de blanco, marcharon por las calles principales con el Santísimo Sacramento, acompañados por los sacerdotes de la diócesis. Ante bloqueos y tiroteos recientes, esta caminata no fue un acto simple, sino un acto de fe y esperanza. El obispo enfatizó que la paz inicia en el corazón: «evitar el daño, tolerar al otro, no ser indiferentes al sufrimiento».

Recordando el significado de la cuaresma, llamó a ayunar de conflictos y venganzas, optando por el perdón que libera y restaura la alegría. Citando el Evangelio, urgió a desarraigar las raíces de la violencia como el resentimiento y la ambición, priorizando la reconciliación sobre el culto vacío.

La Iglesia camina con el Pueblo Santo de Dios, ofreciendo a Cristo como camino para una patria de hermandad, sobre todo, vence el miedo. En Aguililla marcada por la aislamiento y el pánico, familias enteras –niños, ancianos– se unieron en oración pública, afirmando que la violencia no define el espíritu humano.

En última instancia, esta violencia del 22 de febrero nos confronta con una elección, sucumbir al desgaste o abrazar la esperanza que la Iglesia propone. México necesita más que operativos, requiere una regeneración que transforme corazones y estructuras. Y la procesión de Aguililla inspiró a eso, a una resistencia espiritual de la fe que disipa al miedo y la paz que, aunque frágil, se convierte en victoria.

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