¿Qué es lo que ocupa realmente el primer lugar en tu corazón? No lo descubres por lo que dices, sino por aquello que determina tus decisiones, tus miedos y tus prioridades. Ahí está tu verdadero Dios.
Y Jesús con una sinceridad que desconcierta te dice hoy en el Evangelio, “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”.
Estas palabras pueden parecer duras, pero Jesús no te pide que ames menos a tu familia, te pide que lo ames más a él, porque sólo cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su verdadera medida. Quien pone a Cristo en el centro, ama mejor a su esposo, a su esposa, a sus hijos, a sus padres y hasta es capaz de amar a sus enemigos. En cambio, cuando Dios deja de ser el primero, incluso los amores más nobles terminan esclavizando el corazón.
Por eso, el Señor añade, el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. La cruz no es buscar el sufrimiento, sino aceptar con amor las exigencias del Evangelio. Es renunciar al orgullo para pedir perdón, vencer el egoísmo para servir, permanecer fiel cuando hacerlo cuesta, decir la verdad aunque tenga consecuencias, elegir la voluntad de Dios antes que la propia comodidad y aceptar por amor a Dios todas las pruebas y dificultades que se nos presentan en la vida.
Y después pronuncia una de las grandes paradojas del cristianismo, el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí la salvará. El mundo te invita a ti mismo, Cristo te invita a entregarte. El mundo promete felicidad acumulando, Jesús la ofrece donándose.
La experiencia demuestra que quien solo vive para sí termina vacío, mientras que quien vive para Dios y para los demás vive una vida plena, descubre una alegría que nadie puede quitarle. Finalmente, el Evangelio concluye con un detalle conmovedor, un simple vaso de agua dado por amor a Cristo tiene un valor eterno. Dios no mide la grandeza de tus obras, sino el amor con que las realizas, por pequeñas que éstas sean.
Ningún gesto de caridad, ninguna palabra de consuelo, ninguna visita a un enfermo, ninguna ayuda silenciosa queda olvidada delante de Él. Esta semana, pregúntate con sinceridad, ¿quién ocupa el primer lugar en mi corazón? ¿Qué cruce estoy evitando cargar? ¿Qué pequeño acto de amor puedo ofrecer cada día por Cristo?
Si respondes con generosidad, descubrirás que seguir a Jesús nunca empobrece, al contrario, Él es el único camino que llena plenamente la vida. Antes de comenzar cada día, dedico un minuto para decirle al Señor, Jesús, hoy quiero que tú ocupes el primer lugar en mi corazón, que ninguna persona, preocupación o interés esté por encima de ti.
Realiza conscientemente esta semana un acto de amor oculto, visita a un enfermo, ayuda a alguien que lo necesite, perdona una ofensa u ofrece un pequeño sacrificio por amor a Cristo sin esperar reconocimiento de nadie.
“Señor Jesús, ocupa el primer lugar en mi corazón, dame la valentía de seguirte, la fortaleza para abrazar mi cruz y un corazón generoso para servirte en los pequeños y en los pobres, que nunca prefiera nada ni a nadie antes que a ti, porque sólo en tu amor encuentro la verdadera vida. Amén”.
Feliz domingo, Dios te bendiga.

