«Quiero un bebé.» Planear un bebé es un error

ACN

La frase «Quiero un hijo» suena natural.

Sin embargo, vale la pena preguntarse qué hay detrás.

El «yo» presente en ella —centrado en el propio plan y la propia felicidad— desplaza cada vez más el lenguaje de la aceptación y la responsabilidad.

En esta narrativa, nuestras ideas sobre la paternidad empiezan a desplazar el plan de Dios, y el hijo se convierte en parte de un escenario, no en una persona.

 Lenguaje que revela la forma de pensar

La forma en que hablamos de los hijos revela nuestra percepción de la relación con ellos y el papel que queremos desempeñar en sus vidas. Hoy en día, un hijo a menudo no aparece como un regalo, una bendición o el fruto del amor entre dos personas, sino como parte de un meticuloso plan de vida.

«Quiero un hijo», decimos, igual que deseamos una casa, un trabajo estable, un perro y un gato.

Un hijo
aparece en esta secuencia
como un elemento más de una lista,
una pieza
de un rompecabezas privado
destinado a completar
el cuadro de la felicidad.

Este lenguaje no es neutral. Dice mucho sobre cómo entendemos las relaciones.

«Tener» significa posesión, la satisfacción de una necesidad, el logro de una meta. Por otro lado, un hijo no es algo que se posee. Es alguien a quien se acepta, o no. Alguien que, desde el primer momento, desafía la lógica de la propiedad.

El Libro de los Salmos nos recuerda:

He aquí, los hijos son una herencia del Señor, y el fruto del vientre una recompensa» (Sal 127:3).

Un don no puede planificarse ni apropiarse.

La crianza bajo control

En la narrativa actual, la paternidad comienza con la frase:

Es el momento adecuado».

Buenas condiciones, el momento adecuado, estabilidad, preparación. Todo suma, y ​​la prudencia en sí misma no es mala.

El problema surge
cuando la pregunta más importante
queda sin respuesta:
¿estamos preparados
no para el hijo de nuestra imaginación,
sino para una vida
que podría cambiar por completo
nuestros planes?

+

Queremos el control:

  • La paternidad «debería» estar hecha a nuestra medida, no nosotros a ella.
  • «Debería» encajar con el trabajo, las pasiones, el descanso y nuestro estilo de vida actual.

Mientras tanto,
la nueva vida,
por su propia naturaleza,
no negocia condiciones.

No exige un horario.
No se ajusta a un calendario.
Llega y exige prioridad.

Esta tensión entre el control y la realidad no es nueva.

Ya en el Evangelio, Jesús trastoca la lógica de la planificación cuando dice:

No os preocupéis por el mañana» (Mt 6,34).

No porque el mañana carezca de importancia, sino porque la vida no es un proyecto que asegurar, sino un camino que recorrer.

 El niño como elemento de la imagen

Cada vez más, el niño también forma parte de la imagen estética que proyectamos al mundo y a nosotros mismos.

La visión ideal:

  • Una niña con vestidos pastel,
  • Un niño con conjuntos cuidadosamente seleccionados,
  • Una sesión de fotos de recién nacidos y fotos cuidadosamente elaboradas.

¡Mira qué bonito es!».

Esto todavía no es un problema:

  • El problema empieza cuando la imagen se vuelve más importante que la realidad.
  • Cuando el niño empieza a ser utilizado como confirmación de que nuestras vidas son perfectas,
  • Cuando queremos que encaje en una visión cuidadosamente elaborada de una familia feliz.

Desde esta perspectiva,
es fácil olvidar
que un hijo
no es una adición a nuestra historia.

Es una historia aparte,
que apenas comienza,
y no tiene por qué desarrollarse
como la imaginamos.  

Otro plan

  • ¿Qué pasa si las cosas no salen según lo planeado?
  • ¿Qué pasa si se enferma?
  • ¿Qué pasa si el desarrollo es más lento, más difícil, más exigente?
  • ¿Qué pasa si el niño no es lo que imaginábamos, ni física ni mentalmente, ni en su comportamiento ni en sus reacciones?

De repente, el proyecto empieza a desmoronarse:

  • La frustración, la rebelión y la amargura se apoderan de nosotros.
  • «Se suponía que iba a ser diferente».
  • Y aquí se hace evidente el problema fundamental: no estábamos preparados para la realidad, solo para el guion.

Desde sus inicios,
el cristianismo ha enseñado
que la vida es un misterio,
no un guion.

Mis pensamientos no son vuestros pensamientos», dice Dios por medio del profeta Isaías (Isaías 55:8).

Aceptar esta verdad es uno de los actos de fe más difíciles.

¿Dónde está Dios en todo esto?

En la crianza entendida de esta manera, a menudo no hay espacio para el plan de Dios.

  • Solo está mi plan, mi «yo quiero», mi visión de la felicidad.
  • La confianza en la Divina Providencia es reemplazada por una sutil forma de control: una forma moderna y racionalmente justificada.

Sin embargo,
confiar
no significa
que todo salga como queremos.

Se trata de aceptar
que la vida puede ser diferente.

Y que, aun así, sigue teniendo sentido.

María no sabía
adónde la llevarían las palabras
«Hágase en mí».
Solo sabía en quién confiaba.

 «Yo» en el centro

El lenguaje revela algo aún más: un cambio de enfoque, de niño a adulto.

  • Mi plan.
  • Mi crianza.
  • Mi hijo.
  • Amueblaré la habitación, elegiré el estilo, decidiré, porque me hace feliz, porque lo necesito.

Mientras tanto, la pregunta fundamental que debería organizar nuestro pensamiento es: ¿qué necesita este niño? ¿Y qué le hará bien?

Ciertamente no es un escenario perfecto. Más bien, aceptación incondicional. Ternura que no depende de las circunstancias.

 Preparación en lugar de significado

Prepararse para el nacimiento puede eclipsar la esencia de la decisión:

  • Elegir un nombre, una cuna, el papel pintado, los accesorios: todo es importante, pero secundario.
  • Un hijo se convierte para muchos en un capítulo más en la historia de nuestras vidas, no en una persona que llega con su propio misterio, libertad y fragilidad.

La paternidad, desde el primer día, es una lección de renuncia al control.

  • Quienes intentan vivirla como un proyecto experimentan frustración rápidamente.
  • Quienes la aceptan como una relación aprenden humildad.

 Cuando el «quiero» no se hace realidad

La verdadera prueba llega cuando nuestro «yo quiero» no se cumple.

  • Cuando el niño no está.
  • O cuando sí está, pero es diferente de lo que esperábamos.
  • ¿Hay entonces consentimiento, o más bien rebelión? ¿Somos capaces de aceptar la realidad, o nos sentimos ofendidos por Dios?

El amor basado en un plan,
termina cuando este se desmorona.

El amor basado en una decisión,
perdura incluso cuando la realidad duele.

 De “quiero tener” a “quiero dar”

Por eso es tan importante un cambio de perspectiva.

Y esto empieza con una reflexión sobre mí mismo.

  • «Quiero un hijo» me centra en mí.
  • La perspectiva cristiana dice más bien: Quiero dar vida. Quiero aceptar el regalo, no en mis términos, sino como será.

Acompaño. Apoyo. Pero no poseo. El niño no me pertenece. Es una persona, no la solución a mis defectos.

Juan Pablo II escribió en Evangelium vitae :

La procreación es […] tratada como un ‘enemigo’ que hay que evitar en las relaciones sexuales: si se acepta, es sólo porque expresa el deseo o incluso la voluntad de tener un hijo ‘a toda costa’, y no en absoluto porque signifique aceptación incondicional de otro ser humano y, por tanto, también apertura a la riqueza de vida que un hijo trae consigo».

«Acepto» – la palabra clave

«Acepto» es una palabra de relación, no de control.

  • Significa estar preparada para lo que me supera: cansancio, miedo, pérdida, sufrimiento.
  • Que un hijo pueda exigir más de lo planeado y cambiar mi vida más de lo que quisiera.

El cristianismo habla de una vocación a la paternidad.

Y una vocación siempre implica:

  • servicio,
  • fidelidad
  • y disposición al sufrimiento.

Es en este sacrificio cotidiano, a menudo invisible, donde la paternidad revela su significado más profundo.

Amor que madura

El amor verdadero no se basa en el deseo de poseer.

Es la decisión de apegarse a alguien que me trasciende. Precisamente por eso la paternidad expone tan despiadadamente la verdad sobre el amor:

  • O es sacrificado, capaz de autosacrificio,
  • O resulta frágil y condicional, dependiendo de que la vida cumpla nuestras expectativas.

Un hijo
no viene para hacerme feliz,
ni para llenar un vacío
que no puedo soportar sola.

No es la solución a mis defectos.

Viene a llamarme
a un amor más maduro,
uno que no se pregunte:
«¿Qué gano yo con esto?»,
sino más bien:
«¿Cómo puedo ser un apoyo en esta vida?».

Un amor que enseña responsabilidad, paciencia y fidelidad, incluso cuando no trae satisfacción inmediata.

 La esencia de la perspectiva cristiana

La paternidad
no es solo un camino
hacia la autorrealización.

Es una vocación,
y cada vocación implica

aceptar que no todo se alineará
con mi plan personal.

Que la vida que abrazo
no es mía
y que no existe
para cumplir mis expectativas.

El cristianismo no promete que la paternidad será cómoda ni gratuita.

Al contrario, lo deja claro: una vida abrazada con confianza nos desarrolla más que una vida confiada a un proyecto por realizar.

Y es precisamente allí, donde aprendemos a renunciar a la primacía del yo, donde nace el verdadero amor.

Por ANNA DUBANIOWSKA.

VARSOVIA, POLONIA.

SÁBADO 28 DE FEBRERO DE 2026.

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