¿Quién quitará los miedos a los cristianos?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el Domingo de Pentecostés

Hoy en esta fiesta de Pentecostés, a 50 días de que Jesús resucitó, celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Decimos y con toda razón, es la fiesta de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad; el Espíritu que da vida, ese Espíritu que quita los miedos, un Espíritu que personifica el poder de Dios, ya que todo lo que hace es en unidad con la Trinidad.

Culminamos hoy el tiempo litúrgico de la Pascua, con el compromiso de hacer de ella una experiencia permanente en nuestra vida de cristianos. Resurrección, Ascensión, irrupción del Espíritu Santo y misión aparecen articuladas, no momentos aislados sino progresivos y dinamizadores en la comunidad creyente.

Hemos escuchado el Evangelio de San Juan, el cual pone la efusión del Espíritu Santo el mismo día de la Resurrección y su contexto es el siguiente: Los Apóstoles estaban a puerta cerrada por miedo a los judíos; la muerte en cruz de su Maestro los ha desorientado, han perdido las esperanzas, sus ilusiones, como el humo se han desvanecido; por sus acciones se percibe que al menos quieren conservar la vida. Están viviendo un tiempo de confusión.

Reflexionemos en estos dos pensamientos:

1°- El deseo de paz de Jesús, produce alegría en los Apóstoles.

Aterrados por la crucifixión de Jesús, los Discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar, les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?. Está anocheciendo en Jerusalén y también en sus corazones. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco el miedo se va apoderando de todos, pero no tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es cerrar las puertas. Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el Reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?.

El Maestro se aparece en medio de ellos, y fue tal el desconcierto; lo primero que les desea es: “La paz esté con ustedes”, una paz que los une a su presencia. Sin paz en el corazón no pueden comprender un acontecimiento tan grande como es la Resurrección. Les tiene que mostrar las manos y el costado, aquellas huellas de la tortura en su cuerpo resucitado; desea decirles que es el mismo pero diferente. Esa paz que les desea produce un gran cambio en aquellos corazones temerosos: “se llenaron de alegría”. El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad. Así ha de ser para siempre. Con Él todo es posible: liberarse del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Hermanos, Jesús ha resucitado y su victoria sobre la muerte debe llenarnos de alegría; una alegría que debemos mostrar como cristianos. Da pena que esa alegría se esté evaporando con el pasar del tiempo; vemos una comunidad eclesial a veces tan cansada, tan seria en sus asuntos doctrinales, que ha olvidado la sonrisa; una comunidad con poco humor y humildad. Pareciera que vivimos en una Iglesia llena de miedos; tan preocupada por resolver sus propios problemas, que ha olvidado la misión encomendada. Analicemos nuestras homilías o catequesis y veremos que muchas veces rayan en el aburrimiento y son monótonas; pareciera que nos alejamos de la alegría de vivir en Cristo. Homilías moralizantes y acusadoras. Nos quejamos del abandono de muchas personas de la Iglesia, pero hemos olvidado reflexionar: ¿A quién puede atraer una Iglesia triste, cansada, monótona, aburrida? Esa no es la Iglesia que Cristo quiso fundar. El Espíritu Santo hizo que salieran de su encierro aquellos Apóstoles asustadizos.

2°- “Reciban el Espíritu Santo”.

Les anuncia la misión, pero lo que más sobresale es que “sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. El Espíritu Santo es su propio Espíritu. Les deja lo más íntimo, lo más profundo y lo más grande. Si se queda el Espíritu Santo se queda Jesús y se queda el Padre. Con esto, da un nuevo dinamismo a las vidas de aquellos que estaban encerrados. De allí en adelante los miedos desaparecen, se centran en la misión que Jesús les ha encomendado. Si damos una vista a las comunidades de los primeros siglos, nos daremos cuenta que su fe les daba una actitud distinta; enfrentaban la persecución con una actitud de confianza en Dios. Sin el Espíritu de Jesús, podemos vivir en una Iglesia encerrada en sus principios, impidiendo toda renovación; evitando soñar en grandes novedades; nos convertiremos en una comunidad estática y controlada con puertas cerradas.

La fiesta de Pentecostés es la oportunidad para analizar nuestra Iglesia y ver si estamos viviendo las actitudes de la primera comunidad antes de Pentecostés, o nuestra Iglesia muestra que el Espíritu Santo ha sido derramado sobre nosotros los bautizados.

Como hombres y mujeres de Iglesia, tenemos un gran compromiso con la humanidad y es que, a través de nosotros el Espíritu Santo ha de seguir infundiendo vida; lo he dicho bien, ante esta cultura de pérdida de valores, de violencia, de muerte, debemos permitir que Jesús nos sople su aliento de vida; todos los bautizados debemos ser signo de vida en un mundo marcado por la cultura de la muerte.

Hermanos, la primera lectura nos narraba dos elementes que caracterizan Pentecostés, viento y fuego. Dos elementos que caracterizan al Espíritu y no debemos retenerlos, dominarlos, administrarlos. Permitamos que ese fuego queme, pulverice, lo que esté mal en nosotros. Seamos hombres y mujeres nuevos en este mundo alejado de Dios. Mostremos que el Espíritu nos sigue asistiendo.

Los discípulos de Jesús poseídos por el Espíritu Santo, salen a predicar, dejan su encerramiento; es su hora de llevar el Evangelio a los demás. No hay miedos, sólo un deseo, cumplir el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva”. Permitamos que el Espíritu que hemos recibido transforme nuestras vidas; no tengamos miedo de comprometernos con el Señor; sigamos predicando su Evangelio no importando que se tenga que ir contracorriente.

Cuántas veces nos pasa que la violencia, la injusticia, la miseria y la corrupción en todos los ámbitos de la sociedad, nos llenan de miedo, de desaliento y desesperanza. No vemos salidas y preferimos encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros asuntos individuales y nos olvidamos del gran asunto de Jesús. Aquellas palabras: “La paz esté con ustedes”, hoy también nos las dirige a nosotros en medio de guerras, enfrentamientos, polarización y violencia, que anidan en el corazón humano.

¿Quién va a quitar los miedos de la Iglesia? Los miedos a defender los derechos humanos, miedos a las tensiones y conflictos que implica ser fieles al Evangelio: nos callamos cuando no debíamos, hablamos para defendernos y vivimos una adhesión rutinaria y cómoda. ¿Quién nos va a quitar los miedos del hombre de hoy? Ocasionados por la falta de trabajo, la pobreza, la vejez, la enfermedad, la soledad, el sufrimiento, el fracaso, el desamor. ¿Quién quitará los miedos a los cristianos? Porque donde crece el miedo, se pierde de vista a Dios, se ahoga la bondad que hay en las personas y la vida se apaga y se entristece. Sólo el Dios de Jesús nos quitará el miedo, sólo el Espíritu del Resucitado, aclarará nuestra confusión, falta de entendimiento, comunicación y entrega. El Espíritu nos dará valor para testimoniar a Jesús, para no silenciarle, valor para acompañar, tocar y curar las llagas de nuestros entornos, escuchar los gemidos de los hermanos. Dejemos que el Espíritu Santo llegue con toda su fuerza.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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