En un informe reciente sobre los sacerdotes africanos de la diócesis de Bourges, La Croix presenta su llegada como un «enriquecimiento» pastoral y cultural, a la vez que enfatiza los necesarios ajustes entre misioneros y feligreses.
Pero tras las agradables anécdotas, el artículo se basa en una persistente confusión entre lo que son las diferencias culturales y las desviaciones litúrgicas.
Y es precisamente este punto el que requiere aclaración.
El artículo relata, en particular, que un sacerdote de Benín, celebrando misa en Francia, comenzó a aplaudir antes de que un feligrés le recordara que «eso no se hace aquí».
Esto se presenta como una simple, casi divertida, peculiaridad folclórica.
En realidad, el tema dista mucho de ser anecdótico: la liturgia no es un espacio para la improvisación cultural, ni un lugar donde cada sacerdote importe sus propias costumbres.
La Misa pertenece a Dios,
y la Iglesia es su garante.
No existe una «Misa beninesa»
ni una «Misa francesa»;
solo existe
la Misa de la Iglesia,
que debe seguir la forma
y el contenido
del Canon Romano.
Esta observación se hace eco de las serias palabras del cardenal Robert Sarah, pronunciadas en una entrevista con Tribune Chrétienne el 9 de octubre de 2025. El cardenal nos mostró varios videos filmados en África que mostraban a sacerdotes, a veces obispos, bailando ante el altar, improvisando coreografías o escenificando la liturgia como si fuera una representación. Al ver estas imágenes, el cardenal expresó su pesar, declarando: «Van a matar a la Iglesia con esto». De hecho, estas escenas revelan una auténtica confusión entre la expresión cultural y el lenguaje sagrado. Demuestran cómo la inculturación mal entendida puede degenerar en una agitación externa, hasta el punto de eclipsar el misterio eucarístico. La auténtica inculturación, nos recuerda el cardenal Sarah, requiere un discernimiento riguroso: purifica la cultura, no la sacraliza.
Más adelante, el artículo informa que una pareja de Berry solicitó una misa al estilo africano para su boda. Esta expresión revela la magnitud del malentendido.
Una misa
no es un espectáculo cultural,
ni una decoración temática.
No se celebra una «boda africana»
ni una «misa francesa»:
se celebra la Eucaristía.
Reducir la liturgia
a un matiz local,
equivale a reducir la fe
a un producto folclórico
y la misa,
a un espectáculo.
El informe analiza las diferencias entre los sacerdotes africanos y los feligreses franceses en cuanto a la confesión, la comunión y la disciplina litúrgica. Una vez más, una perspectiva cultural distorsiona el análisis. El texto sugiere que los sacerdotes africanos padecen cierto rigorismo, mientras que los europeos se caracterizan por la laxitud de algunos. En realidad, el rigor protege el misterio, mientras que la laxitud conduce a su trivialización. El problema no es cultural, sino espiritual.
Permitir que la emoción
reemplace a la adoración,
y que la creatividad prevalezca
sobre la sobriedad sagrada,
es un error fundamental.
El artículo pasa por alto esta fragilidad. Presenta con facilidad el júbilo y el entusiasmo exuberantes como «tesoros africanos» que las parroquias francesas supuestamente descubren con curiosidad.
Pero los sacerdotes africanos no son enviados a «animar el ambiente».
Su misión es
proclamar el Evangelio
y celebrar la misa
como exige la Iglesia,
con fidelidad y reverencia.
Una parroquia no se renueva
fomentando los excesos,
sino devolviendo
el sentido a lo sagrado.
La verdadera cuestión no es celebrar una «Misa Africana» ni una «Misa de Berry», sino la Misa de Cristo, en la belleza y sencillez del Rito Romano.
Es en esta fidelidad donde se encuentra la verdadera comunión entre continentes: no en el exotismo, sino en la adoración.
Por THIERRY BURTIN.
JUEVES 4 DE DICIEMBRE DE 2025.
TCH.

