¿Qué te pide la Palabra de Dios?

Hay voces que acarician y adormecen y voces que despiertan. El adviento no comienza con una voz dulce, sino con una voz que corta como espada, la voz de Juan el Bautista. Dios levanta a un profeta que te mira a los ojos y te pregunta, ¿en qué camino estás andando, en el del bien o en el del mal? Juan el Bautista aparece como figura bisagra.

Con él se cierra el Antiguo Testamento y se abre el Nuevo. Es el último de los profetas y el primero que señala explícitamente, el Señor viene, preparen el camino. Su vida es ya un mensaje, vestido de piel de camello, alimentado de insectos y miel, sin lujos, sin distracciones, totalmente disponible a Dios.

Su voz no es diplomática, es profética, no halaga, hiere para sanar, y su palabra central hoy es esta, conviértanse. A fariseos y saduceos, hombres de religión, pero sin fruto, les lanza un grito que todavía resuena, raza de víboras. Tienen un corazón que muerde, que envenena, que engaña, que se justifica, que huye de la verdad.

Y Juan derriba una gran mentira espiritual de los fariseos que se jactaban, somos hijos de Abraham. Y hoy tú podrías decir como ellos, comulgo, rezo, voy a misa, luego todo está bien. Pero Juan responde con fuerza, el árbol que no da fruto será cortado y arrojado al fuego.

La voz del bautista es una voz chocante, hoy lo tacharíamos de extremista, integrista, fanático, loco, porque su voz es como un látigo que azota nuestros egoísmos, injusticias, maldades e hipocresías. Su voz severa resulta fastidiosa para nuestras conciencias acomodadas, que no quieren saber de exigencias, de juicio, de castigo y que entiende la misericordia de Dios como un salvoconducto de nuestra maldad. Haga lo que haga, pensamos, Dios es misericordioso y me perdonará.

Es más, si en verdad es misericordioso, no tiene más recurso que perdonarme. Si alguien muere, decimos, no te preocupes, ya está en el cielo. Pero esa es una gran mentira.

En realidad, sólo los santos y los que mueren en gracia de Dios y han reparado sus culpas van al cielo. Otros, muchos que mueren en gracia de Dios, pero no han podido reparar el mal de sus pecados, van al purgatorio. Y quien muere empecinado en su pecado y maldad, irá irremediablemente al infierno que es eterno.

Dios es misericordioso, sí, pero también es justo. Y en el Evangelio, una y otra vez, nos habla de juicio y de castigo eterno para aquellos que practican el mal. Y aquí el Evangelio se vuelve absolutamente personal porque Juan te pregunta hoy, ¿cómo estás viviendo? ¿En justicia o injusticia? ¿En el temor de Dios o en la impiedad? ¿En el bien o obstinado en el mal? Adviento no es poesía espiritual, es examen de conciencia.

Juan no denuncia para humillar, sino para que salgas de las mentiras que te mantienen lejos de Dios. Hoy la palabra de Dios no te pide un barniz espiritual, te pide una decisión seria. Conviértete, no pospongas, no racionalices, no te excuses.

Identifica con la luz de Dios el pecado que te está destruyendo, la soberbia que te aleja, la injusticia que practicas, la mentira que toleras, la falta de caridad que arrastras, el egoísmo que no has querido soltar. Cristo viene y viene no sólo a perdonar, sino a renovarte desde lo más hondo. Y viene no sólo para perdonarte, sino para darte el fuego que purifica, el fuego que juzga si lo rechazas.

Para vivir este segundo domingo de adviento con verdad, te propongo dos compromisos. Primero, haz un acto claro de conversión, no vago, no simbólico, real. Ve a confesarte, rompe con un pecado concreto, pide perdón a quien heriste, corta una relación o hábito que te aparta de Dios.

Segundo, pregúntate cada noche, ¿hoy fui trigo o fui paja? La respuesta cambiará tu alma, porque el Señor viene y viene a salvarte. No rechaces su voz, no apagues su luz, no tapes su llamado. Repite en tu corazón esta oración, Señor Jesús, ven, transforma mi vida, arranca de mí lo que no te pertenece y haz mi corazón semejante al tuyo.

¡Feliz domingo, Dios te bendiga!