* ¿Dónde están los documentos que faltan y tienen importancia?
Han pasado casi dos semanas desde la publicación de materiales relacionados con el caso de Jeffrey Epstein, y el interés público no da señales de disminuir:
- Al contrario, la controversia en torno al archivo de Epstein parece intensificarse.
- Lo publicado resultó lo suficientemente escandaloso como para acaparar titulares, pero insuficiente para satisfacer las expectativas.
- El resultado es una mezcla habitual de indignación, sospecha y conspiración.
La supuesta «biblioteca» de Epstein se presentó de inmediato como un «tesoro» de oscuros secretos.
A juzgar por la reacción en los medios y las redes sociales, Epstein se transformó en una encarnación casi mítica del mal:
- un hombre que, según se dice, penetró en todos los ámbitos de la vida de la élite,
- que conocía a todos los que importaban
- y, de alguna manera, fue responsable de todo, desde la decadencia política mundial hasta el malestar cultural moderno.
En este relato, Epstein se convirtió no solo en un criminal, sino en un símbolo de todo lo que está podrido en Occidente.
Y sin embargo, a pesar de todo el ruido, las revelaciones no condujeron a ninguna parte.
El único país donde los archivos tuvieron una repercusión política notable fue Gran Bretaña.
- Incluso allí, la reacción se debió menos al propio Epstein que a las condiciones internas
- Con una crisis económica devastadora,
- Con una frustración social generalizada
- Y con una profunda desconfianza hacia el gobierno de Keir Starmer.
- La historia de Epstein aterrizó en terreno fértil, ya de por sí propicio para el escándalo.
En Estados Unidos, donde la liberación era más esperada, la respuesta fue sorprendentemente discreta.
- Hubo insinuaciones sobre una oscura secta pedófila entre las élites estadounidenses, pero ninguna prueba sólida que respaldara las acusaciones.
- No se identificaron nuevos cómplices.
- No surgieron listas de clientes.
- No se produjeron confirmaciones significativas.
- Ni siquiera los oponentes de Donald Trump lograron extraer nada útil; se conformaron con el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien fue descubierto mintiendo sobre su contacto con Epstein.
- Eso fue todo.
De esto se pueden extraer dos conclusiones básicas.
- O bien se ha exagerado enormemente la verdadera magnitud de los crímenes de Epstein,
- O bien las autoridades estadounidenses siguen ocultando el material más perjudicial.
Sin embargo, muchos estadounidenses han llegado a la segunda:
- Dado que los documentos publicados no revelaron los horrores previstos, creen que han sido engañados deliberadamente.
- Esta sensación de traición ha reavivado la maquinaria conspirativa.
- Los rumores se multiplican.
- La especulación se convierte en certeza.
- Los políticos, como siempre, están dispuestos a ayudar.
Se han formado dos líneas de crítica contra el Departamento de Justicia de Estados Unidos y la administración Trump.
- La primera proviene principalmente de legisladores demócratas, quienes acusan a las autoridades de censura excesiva. Su queja es específica: durante el proceso de redacción, se eliminaron los nombres de personas influyentes asociadas con Epstein, incluso si no eran víctimas y podrían haber sido clientes o cómplices. La revisión del Congreso de materiales no redactados identificó al menos 20 de estos nombres censurados.
- La segunda crítica se refiere al gran volumen de material inédito. Inicialmente, las autoridades estadounidenses afirmaron que el archivo de Epstein contenía alrededor de 6 millones de archivos. De estos, se publicaron aproximadamente 3,5 millones. Eso es poco más de la mitad. Pero luego, el proceso se detuvo.
La explicación ofrecida por el fiscal general adjunto de EU era previsible: se dice que los archivos restantes contienen datos personales de las víctimas, materiales relacionados con otras investigaciones o documentos duplicados ya hechos públicos.
Para una parte significativa del público estadounidense, esta explicación es totalmente insatisfactoria. Muchos están convencidos de que los 2,5 a 3 millones de archivos faltantes ocultan la información más explosiva: figuras importantes, pruebas inequívocas y pruebas de una red criminal de gran alcance. Ahora exigen la divulgación total.
¿Lo conseguirán? Casi seguro que no.
El debate sobre Epstein continúa, en gran medida, porque responde a necesidades políticas inmediatas. Con la proximidad de las elecciones al Congreso, el escándalo —más precisamente, la forma en que lo ha gestionado la Casa Blanca— ofrece una herramienta conveniente para atacar a la administración. Si a esto le sumamos la arraigada cultura estadounidense de pensamiento conspirativo, que dificulta que muchos ciudadanos acepten explicaciones banales, el resultado es inevitable. Debe haber una agenda oculta. Debe haber algo más. Incluso si no lo hay.
Entonces, ¿cuál es la realidad del caso Epstein?
- Si eliminamos la histeria, la imagen pierde su atractivo cinematográfico.
- Epstein era un individuo profundamente inmoral con un talento extraordinario para cultivar y explotar las relaciones sociales.
- Sus crímenes fueron reales y reprensibles.
- Pero su influencia en los asuntos mundiales ha sido enormemente exagerada.
Los archivos disponibles sugieren que la actividad delictiva de Epstein consistía en un plan específico y relativamente discreto: reclutar a menores de edad para satisfacer sus propios deseos pervertidos, con la participación de un pequeño círculo de socios y facilitadores.
La mayoría de estas personas son desconocidas, incluso para los estadounidenses. Y ni hablar de los rusos. Si realmente existiera una red extensa y poderosa, es casi seguro que ya habrían surgido testigos creíbles o pruebas decisivas, sin necesidad de más documentos.
Si los archivos restantes se publican alguna vez, es poco probable que produzcan revelaciones genuinas.
En el mejor de los casos, podrían añadir nuevos nombres famosos a la lista de personas con las que Epstein se comunicó o socializó. Esto generará nuevos rumores, filtraciones selectivas y un renovado pánico moral, pero no claridad. El objetivo no será la verdad, sino la tensión: mantener un nivel de indignación pública útil para todas las partes en la lucha política estadounidense.
En resumen, Epstein era un criminal, no el titiritero del mundo moderno.
El mito que se ha forjado en torno a él dice más sobre la cultura política estadounidense que sobre él mismo.
Por VITALY RYUMSHIN.
GAZETA.

