Experimentando la necesidad que tenemos de Dios, el domingo pasado les invitaba a orar siempre y a apoyar no sólo a los limoneros sino a todos los trabajadores del campo, cuyo producto, además de ser extorsionados por los grupos del crimen, no es valorado ni pagado con precios justos. Precisamente el lunes pasado, un día después, con mucha tristeza nos dimos cuenta de la tortura y muerte del gran líder limonero Bernardo Bravo, quien sin incitar a la violencia levantó la voz mostrando la realidad que vivimos y pidiendo justicia y protección ante la delincuencia y buscando hacer el bien a todos. Lo conocí en tantas reuniones. Le esperaba porque hace como 22 días me dijo que vendría para ver la celebración de una Misa en Catedral por los limoneros, no alcanzó a venir… Pero sí he ofrecido Misas por él. Cuando se elimina así a una persona de valores humanos y cristianos, sí hacen a un lado a la persona, pero sus ideales de paz, de justicia, esos no mueren, se fortalecen en otras tantas personas. Nunca había visto yo esta ciudad de Apatzingán tan triste y sus calles tan solas el día lunes y su noche. La sociedad sabía y sabe qué tipo de persona hemos perdido, valiente, transparente y apasionado por la verdad y la búsqueda del bien de la comunidad. Esto que le sucedió a Bernardo es lo que está sucediendo en estas tierras.
La tristeza envolvía nuestros corazones y aún lo sentimos, pero hemos de dejar a un lado todo lo que nos impida despertar, ver nuestra realidad y seguir en la búsqueda de caminos pacíficos para alcanzar esos ideales de PAZ en la justicia.
En el camino hacia Jerusalén el Maestro enseña a sus discípulos a orar con perseverancia, así en la parábola del juez injusto que reflexionamos el domingo pasado, hoy insiste sobre la oración, desde un punto de vista más particular: La especial atención que merece, de parte de Dios, la oración del humilde y del pobre. Hoy en la parábola del fariseo y del publicano, los dos protagonistas que suben al templo a orar, representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables, pero ¿cuál es la postura acertada ante Dios? Se hace una crítica sobre aquellos que se tienen por justos, por buenos y que creen que cuentan con licencia para juzgar a los demás.
La escena de la parábola es ubicada en el templo, en ese lugar donde de ordinario, sentimos la pequeñez ante la grandeza de Dios; allí donde todos somos iguales, frágiles, frente a Dios Omnipotente.
1°- El fariseo. Es un practicante fiel de su religión. Su oración es de pie, muestra seguridad y sin temor; su conciencia no le acusa de nada. No es hipócrita, lo que expresa es verdad; cumple fielmente la ley mosaica, quizá hace de más. Inicia: “Dios mío te doy gracias”. Casi estamos hablando de un santo. Se siente seguro ante Dios; le habla de sus ayunos y de sus diezmos, pero no le dice nada de obras de caridad, ni de compasión para con los más pobres. Le basta su vida religiosa. Este hombre vive en la ilusión de su inocencia y en esa vida santa no puede dejar de sentirse superior a los demás. No miente en su oración, pero se enreda en el orgullo. Cree que su salvación depende exclusivamente de sus acciones. Su plegaria está centrada en sí mismo, no reza ante Dios sino ante el espejo de su ego; no reconoce necesidad alguna y por eso su oración se convierte en un monólogo autosuficiente. Se basta a sí mismo; podemos ver la arrogancia de la perfección, le está pasando factura a Dios.
2°- El publicano. El publicano era un pecador público, judío cobrador de impuestos para el imperio romano. Precisamente porque se prestaban a servir al imperio romano para cobrar los impuestos eran señalados constantemente como ladrones, injustos y corruptos. No se siente cómodo en aquel lugar, se coloca en un rincón del templo; no se atreve a levantar los ojos del suelo, se golpea el pecho y reconoce su pecado. Quizá se siente incapaz de cambiar de vida y devolver lo robado. Examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecerle a Dios. Su oración brota del corazón, es breve y sincera: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador”. No promete nada, no da explicaciones, sólo se abandona a la misericordia de Dios.
Podemos decir que son dos tipos de oración, pero Jesús concluye su Evangelio con una afirmación desconcertante cuando dice: “Éste bajó a su casa justificado y aquel no”. El fariseo en lugar de orar se contempla a sí mismo; se cuenta su propia historia, llena de méritos; necesita sentirse bien ante Dios y se exhibe como superior a los demás; muestra su autosuficiencia; necesita de aquel pecador para compararse y mostrar ante Dios que es mejor; así se cumple en ellos: “porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. El fariseo, sale del templo como entró, sin experimentar la mirada compasiva de Dios, ya que no lo necesita. Sale orgulloso de sus méritos, de su perfección, se reafirma su arrogancia: “no soy como los demás”.
Recordemos que la parábola fue dirigida porque algunos se tenían por justos. El grupo de los fariseos eran personas religiosas que cumplían lo mandado por la ley; se sentían con derecho a juzgar a los demás; se sentían ya salvados. Su actitud los lleva a una autosuficiencia, no necesitan de Dios, ni de su misericordia.
Hermanos, nosotros podemos correr el riesgo de sentirnos buenos, de pensar que no somos como los demás; de sentir que basta acudir a Misa o rezar el rosario; que, realizando las obras de piedad, o sea, todo aquello que tiene que ver con Dios, ya puedo desentenderme del hermano. Muchas veces que nos confesamos y no encontramos pecado alguno, decimos: “No he robado, no he matado…”. Nunca nos confesamos del pecado de omisión, esa obra buena que pude hacer y no la hice.
No podemos olvidar que lo que justificó al publicano fue su confianza en un Dios misericordioso; ciertamente que nuestra condición humana, frágil, nos conduce al pecado y no somos perfectos, siempre necesitamos de esa mirada misericordiosa de Dios. Es maravilloso hacer oración de agradecimiento a Dios y qué bueno que nos dirijamos a Él reconociendo su obra, por ejemplo: ‘Gracias a ti Señor, no he robado, no he calumniado, he evitado la corrupción; gracias a ti Señor, soy la persona que soy’. Y cuando oremos pensando en nuestras fallas, le digamos: ‘Señor, ten misericordia de mí’.
No olvidemos que aquellos dos personajes suben al templo a orar, cada uno lleva en su corazón su imagen y su modo de relacionarse con Dios. El fariseo sigue enredado en una religión marcada sólo por la piedad ritual; el cumplir normas externas. El fariseísmo es como un virus que ataca permanentemente nuestro corazón y la mejor vacuna para evitar ese virus-tentación es orar siempre y humildemente. El publicano se abre al amor misericordioso de Dios; ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie. Sabe que su condición de recaudador le ha llevado a cometer fraudes, se ha corrompido, sabe que ha estafado y se siente indigno frente a Dios.
Reflexionemos hermanos: ¿Cómo es nuestra oración? ¿Qué imagen tengo de Dios? ¿Desde dónde iniciamos nuestra relación con Dios: desde la autosuficiencia o desde la necesidad de su gracia? El fariseo es un modelo religioso externo, pero cerrado a la misericordia, en cambio el publicano, sin méritos que exhibir, encuentra el corazón del Padre. Su actitud nos invita a acercarnos a la oración sin máscaras, reconociendo que necesitamos el perdón y la misericordia.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


