¿Qué entiendo por conversión?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el III Domingo del tiempo Ordinario.

Como cada Domingo, la Palabra de Dios nos prepara para entrar en comunión con el Padre por medio de Cristo y de su Espíritu; este Domingo en especial, porque el tercer domingo ordinario de cada año, está dedicado a la Palabra de Dios.

El texto del Evangelio de hoy nos presenta el inicio del ministerio de Cristo, Palabra eterna del Padre, quien interpretando el encarcelamiento de Juan Bautista, como un signo por el que Dios le indicaba comenzar su misión. Abandona la región de Judea y se va a Cafarnaúm, aquella ciudad cosmopolita junto al lago de Galilea, era la región de Palestina que estaba más alejada de la práctica religiosa de Israel, lejos de Jerusalén. Eran tierras de sombras en las que una luz brilló.

La estancia en Cafarnaúm no será estable y cerrada, Jesús adoptará una forma nueva de proclamación de la Palabra: la “itinerancia”. Será una itinerancia permanente durante todo su ministerio, que le liberará de todas las limitaciones de lugar, de vinculaciones familiares y de sujeciones políticas. Su familia es quien le escucha y cumple su Palabra, y su pueblo, donde predica, sin distinción. Desde aquella tierra de sombras donde inicia su ministerio llegará la salvación a todos los pueblos.

El Evangelio de hoy lo podemos dividir en dos momentos:

1°- El llamado a la conversión. La voz del Bautista se apaga y se empieza a escuchar la voz de Jesús; su primer llamado es a la conversión. La situación no es sencilla, se vive en la injusticia y el mal; las cosas no son como las quiere Dios; aquí no reina Dios; por eso inicia su predicación con un grito: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Es la hora de la conversión, hay que abrir los corazones a Dios; el pueblo vive en tinieblas, que son símbolo de la nada, del vacío, de la esclavitud; pero una gran luz aparece, esa gran luz es Jesús, signo de alegría y de liberación que Dios otorgará a Israel.

Recordemos, que en la Iglesia tenemos esa gran luz, es Jesús. No opaquemos esa luz con nuestros protagonismos. Estamos a tiempo de escuchar la Palabra de Jesús: “Conviértanse”; es un llamado muy actual a recuperar la identidad cristiana, que volvamos a las raíces, que seamos cristianos más fieles a Jesús. Para la conversión se necesita honestidad y humildad. La honestidad se centra en la verdad de los hechos y la humildad es para reconocer y tener la valentía de cambiar el rumbo. No tengamos miedo de aceptar que nos hemos equivocado, sólo así podremos dirigirnos a la meta propuesta. Es un llamado que debemos acogerlo, ya que es para nuestro bien y el bien de nuestras comunidades.

2°- Llama a los primeros Apóstoles. La conversión no es sólo un cambio moral o externo, sino la apertura a una persona: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. La llamada de los primeros discípulos es un paradigma de toda vocación. Jesús pasa por nuestra vida, “ve” y “llama”; creo que el centro está en la mirada de Jesús, una mirada que elige y llama. La respuesta de aquellos pescadores fue inmediata: dejar las redes y seguirlo. Hay cosas que tenemos que dejar, rechazar: el pecado, el error, la ignorancia, el temor, el odio, la ambición, la mentira, la corrupción, etc. Dejar todo eso por algo más grande: ¡Cristo!. Ser cristiano es seguir a Cristo por amor. El seguimiento es tan exigente, que se debe dejar incluso la familia, como les pasó a Santiago y a Juan, que dejan a su padre y a los trabajadores en la barca para seguir a Jesús. Él nos llama a todos y como cristianos debemos responder de manera positiva a ese llamado y consiste en avanzar en la vida siguiendo las huellas de Jesús.

¿Qué implica seguir a Jesús?: Desde luego, conocerle, escucharle, configurarse con Él. Seguir a Jesús es creer lo que Él creyó, es dar importancia a lo que Él se la dio, es interesarnos por lo que a Él le interesó; es defender la causa que Él defendió; es mirar las personas como Él las miró; es acercarnos a los necesitados como Él lo hizo; es amar a las personas como Él las amó; es confiar en Dios como Él lo hizo; es padecer como Él padeció…

Recordemos que los primeros cristianos entendieron la vida de fe como una aventura constante de renovación, un irse haciendo “hombres nuevos”.

Es momento de preguntarnos: ¿qué entiendo por conversión? ¿hay algo en mi vida que deba dejar? ¿cómo entiendo el seguir a Jesús en la vida ordinaria? ¿cómo entiendo el hecho de ser cristiano-católico? Jesús nos sigue invitando a vivir un proyecto de vida distinto al que nos presenta el mundo.

Hermanos, miremos nuestra vida como creyentes, preguntémonos: ¿qué lugar ocupa la Palabra de Dios en nuestras vidas? ¿cómo asumimos el camino de discípulos y testigos? Si afinamos nuestro oído y nuestro corazón para reconocer su Palabra, entonces seremos capaces de acogerla y dejaremos que habite en nosotros. Los discípulos hemos de estar habitados por la Palabra y ser dóciles a ella, dejándonos interpelar y transformar por ella. Porque la Palabra de Dios crea, transforma, llama, renueva y salva siempre.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan