Hay muertes trágicas, hay muertes inesperadas, hay muertes que cuestionan y duelen tanto. Hay muertes previsibles, que de alguna manera ya se están esperando. Hay muertes menos aparatosas, pero igualmente dolorosas. Hay muertes que llegan hasta el alma y hay muertes que no nos dejan indiferentes, aunque no se trate de personas realmente cercanas.
Hay ocasiones que alguien muere de manera apacible, sin tantos sobresaltos y dolores, prácticamente como un sueño. Al momento, nos reconforta saber que esas personas no hayan sufrido tanto, pero igualmente nos duele la muerte porque toda muerte es dolorosa y deja a su paso confusión, soledad, frustración y un profundo sentido de orfandad. Suspiramos por una muerte así, menos dolorosa y casi como un sueño, es lo que manifestamos cuando nos atrevemos a referirnos a este tema incómodo.
Aunque haya muertes menos dolorosas, sin embargo, la muerte de un ser querido genera, en sí misma, una experiencia de sufrimiento, confusión, vacío y frustración. Por mucha fe que tengamos no dejará de dolernos y llegará incluso a cimbrar las bases de nuestra vida creyente.
Un sacerdote, gran escritor, Henri Nouwen para ser exactos, platicaba cómo vivió la muerte de su madre. Cuando le avisaron que su mamá estaba agonizando no dudó en salir inmediatamente para estar junto a ella en los últimos momentos de su vida y auxiliarla, como sacerdote, con la extremaunción y el viático para la vida eterna.
En el camino a casa, Henri Nouwen se imaginaba que su madre tendría una muerte tranquila, apacible y sin dolor. Esperaba para su madre una especie de muerte idílica, pues había llevado una vida recta, apegada a Dios y a la Iglesia; había vivido de tal manera que en todo había seguido a Cristo.
En sus categorías religiosas él pensaba que una vida así merecía una muerte tranquila. Estaba seguro de la bondad y de la santidad de su madre. Sin embargo, al llegar junto a su madre agonizante se estremeció al darse cuenta que estaba sufriendo mucho, que estaba muriendo no como él se había imaginado y que espiritualmente se veían las huellas del combate.
Fue entonces cuando después de pasar por un momento de oscuridad, protesta y turbación en la fe -como nos pasa a nosotros cuando vemos el sufrimiento de los enfermos y agonizantes-, de repente le vino la iluminación al reconocer que una vida así como la de su madre, entregada a su fe y siguiendo incondicionalmente al Señor, era la mejor respuesta para calmar las inquietudes de su alma y sobre todo para entender lo que estaba pasando: el estremecimiento del cuerpo, el sufrimiento espiritual, la inquietud interior que enfrentaba su madre, antes de partir de este mundo.
En efecto, llegó a descubrir que su madre estaba muriendo como Jesús, a quien tanto amó y siguió a lo largo de su vida. Si su madre vivió como Jesús, por qué no habría de morir como él. Su madre le había pedido a Jesús le permitiera vivir como él vivió y morir como él murió. Aparentemente, su oración fue escuchada. Ella murió como Jesús quien sudó sangre y experimentó el abandono en los últimos momentos de su vida.
La mayoría de nosotros pedimos que, cuando llegue el momento, tengamos una muerte tranquila, que no se prolongue ni se instale el dolor y que ese momento no genere un sufrimiento mayor ni para nosotros ni para nuestros familiares. No quisiéramos generar tantas molestias, llegamos a decir. Sólo los que llegan a enamorarse de Jesús y siguen incondicionalmente sus pasos, también se atreven a pedirle la gracia de ser fieles hasta el último momento, aun en medio del sufrimiento que acompaña la muerte.
Así que ante la muerte de un ser querido que experimenta en ese último momento, a nivel espiritual, el abandono y la oscuridad de la fe, la pregunta no es ¿por qué le pasa esto si ha sido un buen cristiano? ¿por qué tiene que sufrir una persona que fue buena a lo largo de su vida? Es momento para ser rescatados y sostenidos por el Señor que pasó antes que nosotros por el sufrimiento y la muerte.
Así podemos afrontar la muerte de nuestros seres queridos y la de tantas personas: sin escandalizarnos, sin cuestionar a Dios, sin dejarnos sorprender por el enemigo que en ese momento de mayor indefensión espiritual se acerca para insinuarnos que Dios no está con nosotros.
Quisiera ahora referirme a la trágica muerte del P. Patricio Sánchez Molinari, sacerdote redentorista de Ecuador, quien murió celebrando la santa misa en su parroquia del Perpetuo Socorro de Guayaquil, cuando le cayó encima el crucifijo que se desprendió del ábside del presbiterio.
Como sucede en este tipo de muertes trágicas donde el tentador aprovecha para envenenar y confundir, no han faltado lamentablemente interpretaciones que sugieren un castigo divino, ensuciando el rostro misericordioso de Dios, y mostrando la dureza de corazón ante el dolor de tantas personas que sufren verdaderamente ante tragedias como esta. Algunos se agarran incluso de esta tragedia para hacer propaganda mezquina de sus grupos religiosos, descalificando la fe católica.
Como la madre de Henri Nouwen, el P. Patricio Sánchez Molinari era un sacerdote de corazón humilde y de fe profunda, como destacan sus superiores. Un día antes había celebrado su aniversario sacerdotal. Las palabras que pronunció en la última misa se enmarcan como una especie de testamento espiritual:
“Todos los que estamos aquí algún día vamos a morir… La vida no es solo trabajo, dinero y preocupaciones. Hay que darle tiempo a Dios y a los que amamos”.
Así como muchas personas desean morir sin dolor y de una manera apacible, hay sacerdotes de fe profunda e inconmovible que piden la gracia de morir celebrando la santa misa, al descubrirla como el momento de mayor unión con Cristo Jesús donde vivimos el cielo en la tierra. Ante un peligro, si nos encontramos en el altar, a dónde correr si estamos seguros al lado del Señor que en el sacrificio de la misa se sigue ofreciendo por nosotros.
El santo cura Brochero, sacerdote argentino, señalaba: “Yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta sentado, confesando y predicando el Evangelio”. El P. Patricio, como buen sacerdote, murió en el altar donde tantos sacerdotes anhelan ser recogidos por el Señor. Desea uno seguir al Señor y participar de su luz y de su cruz, de su resurrección y de su pasión por nosotros.
Ante la especulación y la tentación, sobre todo cuando sucede una muerte trágica, es momento de seguir confiando en el Señor y de abandonarnos a sus divinos designios. Quizá el momento de nuestra muerte es el momento donde estamos llamados a vivir plenamente la fe: la confianza incondicional en el Señor.
Decía el cardenal Carlo Maria Martini: “Me he pacificado con el pensamiento de tener que morir cuando comprendí que sin la muerte no llegaremos nunca a hacer un acto de plena confianza en Dios. De hecho, en cada elección desafiante tenemos siempre salidas de emergencia. En cambio, la muerte nos obliga a fiarnos totalmente de Dios”. Hemos visto como tantos hermanos, a pesar de los sufrimientos han luchado hasta el final y han vivido el momento de su muerte agradeciendo y glorificando a Dios, como señala San Ignacio de Loyola: “Como en la vida toda, así también en la muerte, y mucho más, debe cada uno (…) esforzarse y procurar que Dios nuestro Señor sea en ella glorificado y servido, y los prójimos edificados, a lo menos del ejemplo de su paciencia y fortaleza, con fe viva, esperanza y amor de los bienes eternos”.

