¿Pueden los muertos vernos y oírnos?

ACN

* La Iglesia enseña que existe una conexión entre el mundo de los vivos y el de los fallecidos. Esta es una conexión real. Podemos ayudarnos mutuamente

En el Credo, decimos:

Creo en la comunión de los santos».

Esta breve frase resume uno de los misterios más hermosos de nuestra fe: la verdad de la unidad espiritual de todos los miembros de la Iglesia: tanto los que viven en la tierra como los que ya han pasado a la eternidad.

La comunión de los santos no es una metáfora poética ni un piadoso recuerdo de los difuntos, sino un vínculo real que nos une en el único Cuerpo de Cristo, independientemente del tiempo y el espacio.

La muerte no es el final

La Iglesia Católica enseña que existen tres estados:

  • la Iglesia peregrina, quienes aún vivimos en la tierra;
  • la Iglesia sufriente, las almas del purgatorio, purificándose de sus imperfecciones;
  • y la Iglesia triunfante, los santos en el cielo, que gozan de plena unión con Dios.

Juntos, formamos un solo Cuerpo místico de Cristo.

Lo que sucede en una parte afecta al todo: nuestras oraciones, sacrificios, sufrimientos y buenas obras pueden dar fruto no solo para nosotros, sino también para las almas del purgatorio y para toda la Iglesia.

También vale la pena recordar que nosotros también compartimos la comunión de los santos: podemos ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo oración, ayuno, misas y buenas obras por ellas.

Esta no es solo una hermosa tradición, sino una verdadera expresión de amor por quienes aún no han alcanzado la gloria plena.

Al orar por los difuntos, no perdemos tiempo: construimos puentes, fortalecemos comunidades y participamos del misterio de la misericordia de Dios.

La muerte no es el fin.

Para un creyente, esta afirmación implica algo obvio: la muerte no significa aniquilación, sino transición.

Y aunque la frontera entre la vida terrenal y la eternidad parezca infranqueable, la Iglesia enseña que existe una forma de conexión entre el mundo de los vivos y el mundo de los difuntos.

La pregunta de si tenemos contacto con los muertos no es meramente una expresión de curiosidad o sentimentalismo; toca las profundidades de nuestra fe, esperanza y amor. La respuesta, sin embargo, no es sencilla y debe basarse en la enseñanza de la Iglesia, que, por un lado, afirma la existencia de un vínculo espiritual y, por otro, advierte claramente contra las falsas formas de contacto.

No estamos solos

La clave más importante para comprender la relación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos es la doctrina de la comunión de los santos.

Todas las personas bautizadas pertenecen al único Cuerpo místico de Cristo, y este vínculo continúa después de la muerte.

La Iglesia Católica enseña claramente
que tenemos un verdadero contacto espiritual
con quienes están en el cielo.

  • Los santos interceden por nosotros ante Dios, oran por nosotros, interceden y nos apoyan en el camino de la fe.
  • Nosotros, a su vez, podemos recurrir a ellos en oración, pedir su ayuda y agradecer su ejemplo y presencia.

Este contacto con los habitantes del cielo no es meramente una noción piadosa; está profundamente arraigado en la teología de la Iglesia.

Los santos viven en Dios.

Nuestras oraciones a San Juan Pablo II, Santa Rita, San Padre Pío o Santa Teresita de Lisieux no son unilaterales; tienen una dimensión relacional.

La Iglesia también enseña que tenemos un contacto limitado, pero real, con las almas del purgatorio.

  • Limitado, porque no podemos hablar con ellas, no tenemos acceso a sus pensamientos ni recibimos señales de ellas si nos las piden.
  • Sin embargo, es un contacto real porque podemos ayudarlas mediante la oración, el Santo Sacrificio de la Misa, obras de penitencia o indulgencias.

Aunque no pueden ayudarse a sí mismas, están agradecidas y, como creen muchos santos, también pueden obtener gracias para nosotros.

Esta relación es recíproca: las ayudamos y ellas, aunque invisibles, nos apoyan espiritualmente.

Invocando espíritus

Esto no significa, sin embargo, que podamos comunicarnos con ellos por nuestra cuenta.

La Iglesia advierte claramente contra los intentos de invocar los espíritus de los muertos, incluso si la intención parece buena.

Como pecado contra el primer mandamiento, condena toda forma de espiritismo, conjuros, sesiones espiritistas y prácticas esotéricas destinadas a contactar con las almas de los muertos, incluso si involucran a un ser querido. ¿Por qué?

Porque entrar en el mundo espiritual
sin la voluntad de Dios
nos expone a graves peligros,
incluyendo el contacto con espíritus demoníacos
que pueden suplantar
las almas de los muertos.

¿Y qué hay de las almas condenadas?

Ellas, a su vez, están más allá de cualquier contacto: no tenemos acceso a ellas, ni ellas a nosotros.

Dios nos prohíbe el contacto con las almas condenadas porque están completamente separadas de la vida de la gracia.

Como escribió Santo Tomás de Aquino, el infierno es un estado de absoluta soledad, desesperación y odio, sin relación ni amor.

Intentar «contactar» con estas almas no conduce a la verdad, sino al engaño, la falsedad y el daño espiritual.

La Iglesia no define específicamente quién está condenado —después de todo, no existe una lista oficial de almas que han ido al infierno—, sin embargo, enseña con firmeza que el infierno existe y que una persona puede terminar allí por rechazar persistentemente a Dios. Con las almas condenadas, no hay comunidad, ni comunión, ni amor. Hay silencio y oscuridad.

Comunión de los Santos

Muchas personas, tras la pérdida de seres queridos, experimentan un anhelo interior, se hacen preguntas, a veces sueñan y buscan señales. La Iglesia no las rechaza como falsedades, sino que fomenta el discernimiento y la cautela.

  • A veces Dios nos permite sentir la presencia de un ser querido a través de la paz del corazón, la oración y el consuelo interior.
  • A veces, los santos aparecen en las visiones de los místicos.

Sin embargo, estas son situaciones excepcionales, resultado de la acción de Dios, nunca de la iniciativa humana.

  • Muchos santos tuvieron contacto durante su vida con otros santos que ya habían alcanzado la gloria del cielo.
  • Muchos también vieron almas en el purgatorio pidiendo oración y ayuda.

Estos encuentros son testimonio de que la comunión de los santos no es solo una idea abstracta, sino una realidad viva y concreta que trasciende la muerte.

Santa Teresa de Ávila, la gran reformadora carmelita y mística del siglo XVI, tuvo intensas experiencias místicas. Describió no solo la profunda presencia de Dios en su alma, sino también encuentros con Jesús, María y los santos. Uno de sus amigos espirituales fue san José, a quien dirigió muchas de sus oraciones, quien respondió con gracias y guía específicas. Escribió con convicción:

No recuerdo haberle pedido jamás a san José nada que él no me consiguiera».

El Santo Padre Pío, fraile capuchino de San Giovanni Rotondo, también fue reconocido por su contacto con seres celestiales.

Su vida fue un diálogo constante con tres realidades: Dios, las almas del Purgatorio y quienes pedían oración.

No solo veía a su Ángel de la Guarda, sino también a las almas de los difuntos, quienes le pedían que celebrara la misa o rezara por ellos. En una carta, escribió:

Muchas almas del Purgatorio acuden a mí. Piden oración. Veo su sufrimiento. Ya no pueden rezar, pero nosotros sí».

Desde una perspectiva teológica, estas experiencias místicas no son la norma, sino un don.

Dios no permite a todos el contacto con el mundo de los muertos —y con razón—, pues dicha relación requiere pureza de corazón y una profunda unión con Él. Los santos que han recibido esta gracia se convierten en un puente para nosotros: confirman que el cielo y la tierra están más cerca de lo que creemos.

Por P. MATEUSZ SZERSZÉN CSMA.

JUEVES 4 DE SEPTIEMBRE DE 2025.NIEDZIELA.

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