El cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930) fue un firme defensor del antimodernismo y se opuso a la reconciliación de la Iglesia con los judíos. El Papa León XIV ha pronunciado un panegírico en su honor, centrándose en su modestia.
El Papa León XIV pronunció un elogio fúnebre para el cardenal de la curia española, Rafael Merry del Val, fallecido en 1930. El clérigo fue cardenal secretario de Estado de 1903 a 1914 y posteriormente secretario de la Oficina para la Doctrina de la Fe del Vaticano hasta su fallecimiento. Se le considera representante de una línea política eclesiástica claramente antimodernista y antijudaica.
El Papa honró a Merry del Val por su modestia personal y su compromiso pastoral con la juventud desfavorecida de Roma. El discurso, pronunciado en español, fue publicado por la Oficina de Prensa del Vaticano hoy lunes 13 de octubre de3 2025. El evento consistió en una audiencia para miembros de una asociación española que cultiva el legado espiritual del cardenal.
Reconocimiento a su labor diplomática
El Papa enfatizó que Merry del Val fue «un instrumento dócil al servicio diplomático de la Santa Sede en tiempos muy difíciles» y un pastor incansable. Fue una de las «figuras más importantes de la diplomacia vaticana del siglo XX». León XIV no abordó las controvertidas decisiones eclesiásticas y dogmáticas del cardenal conservador.
Entre otras cosas, Merry del Val consiguió la prohibición de la asociación eclesiástica «Amigos de Israel».
En 1928, esta asociación se esforzó por la reconciliación entre la Iglesia católica y el judaísmo y por superar el veredicto de que los judíos eran deicidas. También abogó por una reforma de la oración del Viernes Santo «por los judíos infieles», impregnada de un espíritu antijudaico y rezada en todas las iglesias católicas durante más de mil años. La oración se modificó gradualmente a partir de 1956 y hoy se refiere respetuosamente a los judíos como aquellos a quienes Dios habló primero.
El discurso del Papa
Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV ha recibido en audiencia a los participantes en el Encuentro de Estudio sobre el Cardenal Rafael Merry del Val ( Familia Merry del Val ), a quienes ha dirigido el siguiente discurso:
¡Buen día!
Queridos hermanos y hermanas:
En la conmemoración del 160 aniversario de su nacimiento, damos gracias al Señor por el siervo de Dios Rafael Mery del Val, quien nació en Londres en 1865, en un entorno donde la apertura al mundo era parte de la vida cotidiana: hijo de un diplomático español y de madre inglesa, tuvo una infancia cosmopolita que lo acostumbró desde muy joven a diferentes idiomas y culturas.
Creció en un ambiente de universalidad, que más tarde reconocería como la vocación de la Iglesia, y esta formación lo preparó para ser un instrumento dócil en el servicio diplomático de la Santa Sede en una época marcada por grandes desafíos.Siendo muy joven, fue llamado al servicio de León XIII para ocuparse de asuntos delicados.
Poco después, fue enviado como delegado apostólico a Canadá, donde trabajó por la unidad de la Iglesia y la educación católica.
Fue alumno de la actual Academia Eclesiástica Pontificia, institución que posteriormente presidiría y que hoy, al celebrar 325 años de historia, recuerda su larga tradición de formar corazones en el servicio fiel y generoso a la Sede Apostólica. Allí comprendió —y transmitió con su ejemplo— que la diplomacia de la Iglesia florece cuando se vive con fidelidad sacerdotal, la de un corazón que ofrece sus talentos a Cristo y a la misión confiada al Sucesor de Pedro (cf. 1 Co 4,1-2).
Tenía apenas treinta y cinco años cuando fue nombrado arzobispo titular de Nicea, y pocos años después, en 1903, con apenas treinta y ocho, San Pío X lo nombró cardenal y secretario de Estado.
Sin embargo, su juventud no fue un obstáculo, pues la historia de la Iglesia enseña que la verdadera madurez no depende de la edad, sino de la identificación con la medida de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13).
Lo que siguió fue un camino de fidelidad, discreción y dedicación que lo convirtió en una de las figuras más significativas de la diplomacia papal del siglo XX.Sin embargo, no fue solo un diplomático de oficina: en Roma estuvo muy presente entre los niños y jóvenes del Trastevere, a quienes catequizaba, confesaba y acompañaba con cariño.
Allí fue reconocido como un sacerdote cercano, padre y amigo.
Esta doble dimensión —la de diplomático de gobierno y pastor accesible— es lo que confiere a su figura una riqueza particular, pues supo combinar el servicio a la Iglesia universal con la atención concreta a los más desfavorecidos (cf. 1 P 5,2-3).Su nombre se ha asociado con una oración que muchos conocemos: las Letanías de la Humildad.
En ellas se aprecia el espíritu con el que ejerció su ministerio.
Permítanme detenerme en algunas de estas letanías, pues describen un modelo válido para todos aquellos que ejercen responsabilidades en la Iglesia y en el mundo, y de manera especial para los diplomáticos de la Santa Sede.
Del deseo de ser estimado… ¡líbrame, oh Jesús!
El deseo de reconocimiento es una tentación constante para quienes ocupan puestos de responsabilidad.
El cardenal Merry del Val lo sabía bien, pues sus nombramientos lo situaron en el centro de la atención mundial.
Y, sin embargo, en lo más profundo de su oración, pidió ser liberado de la aclamación.
Sabía que el único triunfo verdadero es poder decir cada día: «Señor, estoy donde quieres que esté, haciendo lo que me confías hoy».
Esa fidelidad silenciosa, invisible a los ojos del mundo, es lo que permanece y da fruto (cf. Mt 6,4).«Del deseo de ser consultado… ¡líbrame, oh Jesús!».
Fue cercano a Benedicto XV y León XIII, además de colaborador directo de san Pío X. Podría haberse creído indispensable, pero nos mostró el lugar del diplomático: buscar que se haga la voluntad de Dios a través del ministerio de Pedro, más allá de los intereses personales (cf. Flp 2,4).
Quienes sirven en la Iglesia no buscan que prevalezca su propia voz, sino que hable la verdad de Cristo. Y en esa renuncia, descubrió la libertad del auténtico siervo (cf. Mt 20,26-27).Del temor a la humillación… ¡líbrame, oh Jesús!
Tras la muerte de San Pío X, recibió otras asignaciones, pero se esforzó por seguir sirviendo con la misma fidelidad, con la serenidad de quien sabe que todo servicio en la Iglesia es valioso cuando se vive para Cristo.
De esta manera, demostró que su tarea no era un pedestal, sino un camino de entrega.
La verdadera autoridad no se basa en cargos ni títulos, sino en la libertad de servir incluso lejos de los focos (cf. Mt 23,11). Y quienes no temen perder visibilidad se vuelven disponibles para Dios.
«Del deseo de ser aprobado… ¡líbrame, oh Jesús!».
Procuró vivir su misión con fidelidad al Evangelio y libertad de espíritu, sin dejarse guiar por el deseo de agradar, sino por la verdad, siempre sostenida por la caridad. Y comprendió que la fecundidad de la vida cristiana no depende de la aprobación humana, sino de la perseverancia de quienes, unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, dan fruto a su tiempo (cf. Jn 15,5).
Dos frases bastan para resumir su existencia.
Su lema episcopal, que la Escritura atribuye a Abraham (cf. Gn 14,21), fue «Da mihi animas, cetera tolle» o «Dame almas, quítame el resto».
Pidió en su testamento que esta fuera la única inscripción en su tumba, que ahora se encuentra en la cripta de San Pedro.
Bajo la cúpula que preserva la memoria del apóstol, quiso reducir su nombre a esa simple súplica. Sin honores, sin títulos, sin biografía; solo el clamor de un corazón de pastor.La segunda frase es la súplica final de las Letanías:
«Para que otros sean más santos que yo, con tal de que yo sea tan santo como debo, Jesús, concédeme la gracia de desearlo».
Aquí vemos un tesoro de la vida cristiana: la santidad no se mide por la comparación, sino por la comunión.
El cardenal comprendió que debemos trabajar por nuestra propia santidad mientras alentamos la de los demás, caminando juntos hacia Cristo (cf. 1 Tes 3,12-13).
Esta es la lógica del Evangelio y debe ser la de la diplomacia papal: unidad y comunión, sabiendo que cada uno está llamado a ser lo más santo posible.
Queridos hijos de la Familia Merry del Val, que el recuerdo de este miembro de su familia, un verdadero diplomático del encuentro, sea motivo de profunda gratitud e inspiración para todos nosotros, especialmente para quienes colaboran con el Sucesor de Pedro en la diplomacia.
Que la Virgen María, a quien Rafael Merry del Val amó con filial ternura, enseñe a nuestras familias, a los diplomáticos de la Santa Sede y a todos los que sirven en la Iglesia a unir verdad y caridad, prudencia y audacia, servicio y humildad, para que en todo brille solo Cristo.
Muchas gracias.
Oremos juntos como el Señor nos ha enseñado:Padre nuestro…[Bendición]
¡Enhorabuena y gracias de nuevo!
CIUDAD DEL VATICANO.
LUNES 13 DE OCTUBRE DE 2025.

