Primero yo me cansé de ofenderle, que Él de perdonarme

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Nuestros fieles tienen una cita permanente con Dios a lo largo del año. Esperan, en este caso, la llegada de fiestas y tiempos especiales para renovar los distintos aspectos de la fe. Así están viviendo este mes de junio dedicado a la devoción de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

A lo largo del tiempo hemos visto a distintas generaciones de cristianos que han bebido de esta fuente de salvación. Tantas personas que nos precedieron en la fe, que nos enseñaron la fe, bebieron de esta fuente de salvación. Eran personas y comunidades que estaban arraigadas en el corazón de Cristo.

         Por eso, muchos de los fieles que conocimos y llegamos a admirar en su vida de fe, eran personas que no se desesperaban, que permanecían fieles hasta el final y no renegaban de Dios, porque entendieron que esta fe se vive en la confianza incondicional, en la entrega y la donación.

Comprendieron que esta forma de vivir la fe en realidad es una manera de corresponder al inmenso amor de Dios. No ponían el acento simplemente en su esfuerzo y dedicación, sino en la necesidad de corresponder con amor al amor tan especial que Dios nos ofrece.

Hemos sido tratados con mucha paciencia, con mucho amor, con mucha ternura de parte de Dios y una persona que alcanza a descubrir ese trato especial de Dios en su vida no puede actuar de una manera diferente en la vida de los demás; uno trata de corresponder. Si Dios ha sido paciente con todos, no puede uno ser impaciente con los demás; si Dios nos ha perdonado, incluso injurias muy grandes, no podemos negarle el perdón a aquellos que nos han ofendido en una proporción menor a lo que hemos ofendido a Dios.

         Esas personas y comunidades bebieron de esa fuente y por eso ahí están los frutos y resultados de su fe. En nuestros tiempos ya no todos beben de esta misma fuente. Hemos aislado y escogido algunos aspectos de la fe, dejando de beber de esta fuente de salvación, del costado abierto de nuestro Salvador, de donde salió sangre y agua cuando el soldado lo traspasó con la lanza.

         En nuestros tiempos se ha considerado simplemente como una devoción y se le ha visto de manera marginal, pero el Sagrado Corazón de Jesús ha sostenido la espiritualidad de muchas personas y ha logrado mantener encendida la llama de la fe. Como esas generaciones, necesitamos partir del Corazón de Cristo, teniendo en cuenta su especial devoción en este mes de junio: “He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres”.

Necesitamos partir de Jesucristo y preguntarnos por su infinito amor por nosotros. En su corazón Dios se descubre, no se queda encerrado. ¡Dios se ha descubierto! Es infinitamente superior a nosotros, pero se ha revelado en Cristo. 

         Esta devoción ha sido el alimento y la espiritualidad de muchas generaciones que por eso se distinguieron y nos sorprendieron con su fortaleza y con un trato muy especial, ya que aprendieron directamente de Nuestro Señor Jesucristo y nunca dudaron del amor de Dios. Llegaron a comprender lo que Santa Teresa de Jesús explica de manera conmovedora:

«Fíen de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad… Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé yo de ofenderle, que su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (Vida, 19,15).

         Dios nunca se cansa, siempre está intentando llegar hasta cada uno de nosotros. Cuánta falta nos hace beber de esta fuente, especialmente si en estos tiempos vivimos en el desamor, en el odio y en el resentimiento. Cuánto nos hace falta refugiarnos en el corazón de Cristo para que una vez más aprendamos a amar, y reconozcamos que, aunque nos fallen las personas, aunque no siempre seamos amados como cada quien lo necesita, hay un amor especial, puro e incondicional que nos ha engendrado a la fe y que reconocemos en Cristo Jesús.

         ¿Cómo superar esos problemas de desamor? ¿Cómo arrancar de nuestro corazón el odio y el resentimiento que por muchas razones va llegando a nuestra vida? Refugiándonos en el corazón de Cristo y tomando conciencia de ese amor de predilección que Dios nos profesa a cada uno de nosotros. Nosotros mismos tratando de dar testimonio a los demás podemos ocupar las mismas palabras de Santa Teresa para decir: “Miren lo que ha hecho conmigo, primero yo me cansé de ofenderle, que Él de perdonarme”.

         Cada quien puede reconocer sus ingratitudes en la relación con Dios, sus descuidos e indiferencia en la relación con Dios. A lo mejor durante mucho tiempo anduvimos lejos de Dios y no lo tratamos como Él se merece, pero cuando lo buscamos nos recibió como si nunca nos hubiéramos ido, como si siempre hubiéramos estado a su lado.

         Así es el amor de Dios, uno se cansa primero de ofenderlo que Él de perdonarnos y de buscarnos de muchas maneras en la vida para que seamos engendrados en su santísimo amor.

Que en estos tiempos volvamos a beber de esta fuente de salvación. El costado de Cristo está abierto para alimentarnos a todos y para que contemplando esa herida de amor no dudemos en ocupar un lugar en su sagrado corazón, para que reconsideremos mejor nuestra vida, nuestras propias historias, y aprendamos a amar a los demás con el corazón de Cristo Jesús.

Planteando así las cosas llegamos a reconocer que el corazón de Cristo es lo que necesita esta sociedad donde el sufrimiento, la indiferencia, el desamor y la soledad golpean fuertemente a las personas y a las familias.

Por eso, hay que hacer presente el corazón de Cristo en cada uno de nuestros ambientes. Nuestra convicción es que el mundo necesita a Jesús. Con Jesús se alcanza la paz, se sanan las heridas y se logra el milagro de la reconciliación. No dejemos, pues, de dar testimonio y de esforzarnos para que el corazón de Cristo reine en esta sociedad.

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