¿Por qué se llenan de miedo?

Pbro. Hugo Valdemar Romero
Pbro. Hugo Valdemar Romero

En el evangelio de este domingo, se nos narra que después de que Jesús se aparece resucitado a los dos discípulos que iban de camino al pueblo de Emaús, estos vuelven a entusiasmados a contarle a los demás lo que han vivido.

Mientras narran lo ocurrido, Jesús se aparece al grupo y lo saluda diciendo: “La paz esté con ustedes”. Los discípulos quedan atónitos, no pueden creer lo que están viendo, como decimos “es demasiado bueno para ser verdad”. Jesús, que conoce su desconcierto, les dice: ¿Por qué se llenan de miedo? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies, soy yo en persona; toquen, dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como ven que tengo yo”.

Jesús ha resucitado verdaderamente, no en una alucinación de los discípulos; por eso, les muestra las manos y los pies traspasados, el mismo cuerpo que fue torturado y crucificado es el que ha resucitado; no es una resurrección simbólica es una resurrección real y, por si quedara alguna duda, Jesús pregunta si tienen algo de comer y cena con ellos.

El Señor ha vuelto del sepulcro a la vida, está vivo y no sólo lo pueden ver, sino que lo pueden tocar físicamente e incluso come con ellos. Todas estas pruebas dejan en claro que no es una alucinación, sino una realidad. La alegría de los discípulos es enorme, su Maestro y Señor está vivo, ha vuelto del lugar de donde nadie vuelve, está nuevamente con ellos, pero la alegría es aún más grande porque entienden que Jesús, que venció la muerte, también los liberará a ellos de la muerte, no de la muerte física, pero sí de la muerte eterna. Por eso san Pablo escribirá más tarde: “Estamos ciertos que si hemos muerto con Cristo, también resucitaremos con él”.

“Señor Jesús, yo soy tu discípulo, pero me falta tener fe pues sigo teniendo miedo a la muerte. Ayúdame a entender que si vivo en ti,que si me esfuerzo por cumplir tus mandamientos, no debo tener miedo a la muerte pues, después de que tú resucitaste, la muerte ha sido vencida y ahora es sólo un paso para ir a la Casa de tu Padre donde has ido a prepararme una habitación para que, donde tú estás, también esté yo.

El día que yo muera sé que me tomarás de la mano y me rescatarás del poder del abismo y, el último día, tu poder hará que resucite con este, mi cuerpo, pero ya sin defectos, ni limitaciones, pues será un cuerpo glorioso como el tuyo y viviré dichoso a tu lado por la eternidad.

Cuando pienso en mis pecados, temo a tu juicio, a tu justicia, pero cuando pienso en tu misericordia, confío en que te apiadaràs de mí, me perdonarás y me harás vivir contigo para siempre”.

Feliz domingo. ¡Dios te bendiga!

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