Los relatos pascuales nos descubren caminos distintos para encontrarnos con el Resucitado. Hoy en el Evangelio escuchamos el relato de los peregrinos de Emaús, ellos fueron testigos excepcionales de la vida de Jesús y también de su Pasión y Muerte y ahora sienten que todo ha terminado en la Cruz. Aquellos dos discípulos, que ante la Pasión y Muerte de su Maestro, ven desmoronadas sus esperanzas y regresan afligidos a sus casas; caminan con la derrota en sus hombros, lamentándose de lo que ha sucedido. Han dejado sus esperanzas en Jerusalén y recorren 11 kilómetros hacia Emaús inmersos en sus tristezas. Aunque escucharon el relato de las mujeres de que “Jesús estaba vivo”; aunque escucharon de labios de Jesús que resucitaría al tercer día, ellos habían dejado sus esperanzas colgadas del madero de la cruz y caminan derrotados; se alejan del lugar del acontecimiento porque la angustia existencial se había apoderado de sus corazones y entristecido su mirada.
El Evangelista nos muestra dos caminos para recuperar la fe en Jesús:
- La escucha de su Palabra. Aunque van derrotados y entristecidos, aquellos discípulos siguen pensando en Jesús, siguen hablando de Él, se siguen cuestionando sobre su persona y es allí cuando el Resucitado se les presenta y acompaña, aunque ellos no lo reconocen. Esto nos lleva a pensar, que allí donde los hombres y mujeres hablamos de Jesús, donde nos preguntamos por el significado de su mensaje, allí se hace presente: “Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estaré yo”. Esto, aunque la tristeza empañe la vista y cueste reconocer su presencia. Recordemos que Jesús camina junto a nosotros, aunque no lo reconozcamos.
- El compartir el pan (Eucaristía). Al llegar a Emaús invitan al caminante a que permanezca: “Quédate con nosotros”. Jesús acepta con agrado, “entró para quedarse con ellos”. Allí en medio de una cena de amigos, allí donde se comparte lo poco que se tiene, en la intimidad de una cena, es allí donde reconocen a Jesús.
Es así que Emaús, el lugar que iba a ser destinado para llorar el fracaso, se convierte en el lugar de la intimidad y del encuentro con la Vida y el Amor. Al escuchar al Peregrino explicar los sucesos de Jerusalén a la luz de las Escrituras, comienzan a sentir algo muy familiar y desaparecen los miedos, se desvanecen los cansancios; se tiene una meta clara, compartir la experiencia que han tenido con aquellos más allegados a Jesús. Empiezan a desandar aquellos 11 kilómetros rumbo a Jerusalén; no hay miedos por la oscuridad de la noche, no existe cansancio en sus cuerpos; la alegría del Resucitado es lo que quema sus corazones, es un gozo que no puede retenerse para sí mismos, hay necesidad de compartirlo, que todos sepan que Jesús está vivo. La premura por el anuncio los invade, ese gozo no puede esperar a ser comunicado.
Reflexionemos en lo siguiente:
1°. Los dos discípulos. Están bien informados de los últimos acontecimientos. Es interesante como Cleofás y su compañero, cuentan la historia, todo sustancialmente exacto pero una narración en la oscuridad; es verdad, falta la luz de la Resurrección. Podemos decir, es la narración de la vida de Jesús al margen de la Resurrección, alejados de la Pascua. Quizá como católicos nos llame más la atención la Pasión y Muerte (viacrucis), que la Resurrección del Señor. Pareciera que con los funerales termina todo, pero no es así, no hemos de olvidar la Pascua; esa actitud del cristiano de vivir en el gozo y la alegría por la Resurrección, fuente de esperanza y de vida.
2°. Jesús. Se une y acompaña, se presenta desinformado, no está al corriente, tiene necesidad de ser informado sobre los acontecimientos sucedidos en Jerusalén. Pero es Él el que explica el sentido de lo que ha pasado. El problema no es aumentar la información, sino entender, interpretar, captar su significado.
3°. Alejamiento. Aquellos dos se alejan del centro de los acontecimientos, se alejan de la comunidad; Jesús los alcanza, los acompaña. Eso nos indica que Jesús nos encuentra no sólo cuando lo buscamos en la comunidad, sino también cuando huimos de la misma. Qué importante es no abandonar la comunidad.
Hermanos, han pasado dos mil años de aquellos acontecimientos, la Iglesia a lo largo de la historia ha buscado actualizar el mensaje cristiano de acuerdo a las situaciones de cada época; de allí que tengamos hermosas encíclicas, bellas cartas pastorales, podemos decir, que por doctrina no nos detenemos; pero algo acontece en nuestro cristianismo, se hincha el cerebro de conocimientos, pero falta la experiencia del Resucitado en nuestros corazones, esa experiencia que transforma nuestras vidas.
Para estos tiempos sinodales, el camino de Emaús, es el ícono de un camino de gracia, en él encontramos algunas luces, como son: la escucha, el diálogo y el discernimiento, que nos ayudan a desinstalar aquellos esquemas que nos llevan a la autorreferencialidad o al hermetismo. Para aprender a caminar juntos, será esencial y significativo renovar el “encuentro personal con Jesucristo” o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él”, cfr. Evangelii Gaudium, número 3.
Hermanos, no bastan las palabras bien dichas, no es suficiente las homilías bien elaboradas, no basta participar de la Eucaristía de manera pasiva; nuestra sociedad necesita tener esa experiencia con Jesús Resucitado; se necesitan cristianos capaces de compartir desde la propia experiencia, lo vivido con Jesús. La doctrina es necesaria, pero no basta, busquemos tener esa experiencia con el Resucitado, una experiencia que se comparte.
Me siguen cuestionando los adolescentes que reciben su confirmación; después de dos años de preparación al sacramento, se llenan de conocimientos y dejan de asistir a las cosas de Dios. ¿Qué pasa? ¿Por qué nuestra doctrina o enseñanza no cambia los corazones? Quizá falta un verdadero encuentro con el Resucitado, darle más importancia al kerigma. A los Agentes de Pastoral, les invito a dejarnos acompañar por el Resucitado y sepamos acompañar en ese camino de nuestro Emaús.
Veamos tres consecuencias en quien se encuentra con el Resucitado:
- Se le abren los ojos. “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. La Eucaristía es un lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado. La fe, la apertura de los ojos a la Verdad, es un acto personal que se vive en comunidad.
- Arde el corazón. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Otro de los lugares privilegiados del encuentro con el Resucitado es la Escritura, la Palabra de Dios.
- Levantarse y volver a la vida de comunidad. “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén”. El encuentro con Jesús Resucitado es un cambio de 180° en nuestras vidas. Dejan la paz de la pequeña villa por la inseguridad de la ciudad. Pero Cristo Resucitado les hace desaparecer los miedos y volver hacia el lugar de donde habían huido. Y ese volver tiene un fin: Anunciar a Cristo, compartirlo, dar testimonio de ÉL.
Preguntémonos hermanos: ¿En el camino de nuestra vida, escuchamos con ardor la Palabra de Jesús? Como los peregrinos de Emaús, ¿nos sentamos a la mesa para la fracción del pan, no para instalarnos en ella? El pan partido y compartido nos invita a reconocer a Jesús y a ponernos en camino para compartir la alegría del encuentro.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

