Por qué los 8.000 millones de población mundial no son un problema para el planeta…como dicen los catastrofistas ecológicos

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* La población mundial ha rebasado los 8.000 millones, pero lejos de producirse el colapso anticipado, cada vez hay menos pobreza y más recursos.

En la década de 1970, el ecologismo de izquierdas empezó a propagar sus tesis en los medios de comunicación de masas, alertando de un futuro de escasez y catástrofes ambientales que nunca se materializaron. Entonces, el Club de Roma predecía que muchos de nuestros recursos naturales se agotarían en la década de 1980 y el biólogo Paul R. Ehrlich profetizaba una implosión demográfica causada por las hambrunas que provocaría el acelerado crecimiento de la población.

Ante tales perspectivas, se popularizó una nueva línea de ataque contra el capitalismo, que ya no cuestionaba su eficiencia productiva, pero sí ponía en tela de juicio su sostenibilidadLa única salida que ofrecían estas voces era la del «decrecimiento»: como sus modelos pronosticaban que vez habría menos recursos naturales para sostener una economía con una población cada vez más grande, tocaba empobrecerse para evitar el colapso.

Han pasado cincuenta años y aquel discurso sigue vigente. Ya no solo es una línea de ataque propia de anticapitalistas como Naomi Klein o de activistas de cartón piedra como Greta Thunberg, sino que también son argumentos que abraza con entusiasmo buena parte de nuestra clase política, como puso de manifiesto la concurrencia de buena parte de los gobiernos del mundo en la cumbre climática COP27 que acogió Egipto hace escasos días.

Unos y otros coinciden en el diagnóstico (vamos al colapso del planeta) y esbozan propuestas similares (intervenir la economía de mercado), obviando que son precisamente los países con un menor grado de capitalismo los que más daño causan en los entornos naturales, como ocurre ahora con China y como sucedió durante el siglo XX en el Este de Europa.

Pues bien, en la última semana se han conocido una serie de desarrollos que refutan las premisas y pronósticos estrella sobre los que se asentó esta visión del mundo. El primero de ellos tiene que ver con la supuesta dicotomía entre el crecimiento demográfico y la sostenibilidad de nuestros modelos socioeconómicos. Hace escasos días, la División de Población de Naciones Unidas certificó que la población mundial ya supera el umbral de los 8.000 millones de personas. Lo vemos en el siguiente gráfico:

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En teoría, ese crecimiento era incompatible con el desarrollo socioeconómico. Sin embargo, la propia ONU ha reconocido que el porcentaje mundial de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza no solo no ha ido a más coincidiendo con el aumento de la población, sino que se ha desplomado. Para ser precisos, en 1970 había una tasa de pobreza del 45%, mientras que los últimos datos publicados sitúan este ratio por debajo del 10%.

Por tanto, aunque la Tierra tiene hoy dos veces más habitantes que hace medio siglo, la pobreza se ha reducido más de un 75% durante el mismo periodo. No solo eso: desde 1970 hasta hoy, la esperanza de vida ha subido para el conjunto de la población de 58 a 66 años, mientras que el PIB per cápita ha pasado de 6.000 a 16.000 dólares.

Este desempeño enlaza, además, con el segundo aspecto que ha quedado refutado en los últimos días: el de la escasez que supuestamente acabaríamos observando en lo tocante al acceso de las principales materias primas. No hay que olvidar que en la década de 1970 se hablaba mucho del «último barril de petróleo» y escenarios similares. Sin embargo, lo que ha ocurrido ha sido muy diferente.

Y es que, como demuestra el Índice de Abundancia que elabora el economista Julian Simon, el stock de reservas probadas de las cincuenta materias primas más empleadas por el hombre no solo no se ha reducido, sino que se ha multiplicado por cinco durante las últimas décadas. Así, por cada punto de crecimiento demográfico ha habido dos puntos de aumento en el volumen de recursos naturales al alcance del hombre.

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Por tanto, en vez de seguir instalados en una mentalidad pesimista que plantea este tipo de debates desde un punto de vista incompatible con el crecimiento económico y el capitalismo, vale la pena revisar las cifras y comprobar que, por mucho que en los años 70 se diesen por buenas las advertencias del Club de Roma y de Paul R. Ehrlich, hoy en día nos encontramos con que tales proyecciones estaban total y absolutamente equivocadas. Razón de más, por tanto, para enarbolar un ecologismo o conservacionismo de corte liberal-conservador, volcado en hacer más con menos, mejorar la eficiencia y avanzar hacia soluciones productivas más sostenibles sin que ello suponga empobrecernos o perder calidad de vida.

Por

Diego Sánchez de la Cruz (*).

MADRID, ESPAÑA.

MIÉRCOLES 23 DE NOVIEMBRE DE 2022.

LIBERTDDIGITAL.

Director de Foro Regulación Inteligente. Investigador asociado del Instituto de Estudios Económicos. Analista económico y político en prensa, radio y televisión. Desde 2013, colabora de forma habitual en Libre Mercado, Libertad Digital y EsRadio. Autor de tres libros “Liberalismo a la madrileña” (Deusto, 2021), “Por qué soy liberal” (Deusto, 2017) y “Sin medias tintas” (Unión Editorial, 2014). Profesor asociado en UCJC y diversas escuelas de negocios. 

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