¿Por qué el diablo odia tanto el Rosario?

ACN

1. El diablo odia el Rosario porque lo aleja. Punto.

Obviamente, la razón reside en que con el Rosario uno se vincula a la Inmaculada Concepción; y —sabemos— Ella es quien, por voluntad de la Providencia, fue investida como la más acérrima enemiga del diablo: « Pondré enemistad entre ti y la Mujer, y entre tu descendencia y la suya. Tú la herirás en el talón, pero ella te herirá en la cabeza» (Génesis 3).

2. Leamos lo que dice san Luis Grignon de Montfort en su Admirable Secreto del Santo Rosario , en el número 108: «

Los demonios (…) temen infinitamente al Rosario. San Bernardo dice que la salutación angélica los persigue y hace temblar todo el infierno. El beato Alano asegura haber visto a mucha gente que se había entregado al diablo en cuerpo y alma, renunciando al bautismo y a Jesucristo, liberada de su tiranía tras abrazar la devoción del Santo Rosario». 

Obviamente, por razones cronológicas, san Luis Grignon no pudo aludir, entre las personas salvadas por el Rosario, también al beato Bartolo Longo (aquel a quien debemos el santuario de Pompeya), quien fue salvado por el Rosario de una durísima obsesión demoníaca.

3. Dado que el diablo odia profundamente el Rosario, se explican sus feroces ataques contra quienes se dedican a esta piadosa práctica.

San Luis Grignon de Montfort escribe en el número 147 de El Admirable Secreto del Santo Rosario :

Si deseas, querido hermano del Rosario, comenzar a servir a Jesús y a María rezando el Rosario diariamente, prepara tu alma para la tentación». 

Y en el número 150 del mismo libro:

(…) el Rosario diario tiene tantos enemigos que considero la gracia de perseverar en él hasta la muerte como uno de los favores más notables de Dios.

4. De ahí el ataque del diablo no sólo a quienes rezan el Rosario, sino también a quienes trabajan por difundirlo.

De nuevo, San Luis Grignon de Montfort, en el número 28 del libro ya citado:

El diablo, celoso de los grandes frutos que el beato Tomás de San Juan, el famoso predicador del Santo Rosario, producía mediante esta práctica, lo redujo, con sus malos tratamientos, a una larga y terrible enfermedad, considerada desesperada por los médicos. Una noche en que creyó morir con certeza, el diablo se le apareció con un aspecto aterrador; pero, alzando devotamente la vista y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que estaba cerca de su cama, exclamó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame, socórreme, oh mi dulcísima Madre!».

En cuanto terminó estas palabras, la Santísima Virgen extendió las manos hacia él desde la santa imagen y le estrechó los brazos diciéndole:

No temas, Tomás, hijo mío, aquí estoy para ayudarte; levántate y continúa predicando la devoción de mi Rosario como has comenzado. Yo te defenderé de todos tus enemigos».

Ante estas palabras de la Santísima Virgen, el demonio huyó. El enfermo se levantó en perfecto estado de salud, dio gracias a su buena Madre con un torrente de lágrimas y continuó predicando el Rosario con admirable éxito.

Por CORRADO GNERRE.

MIL.

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